por Roberto Coria

“El bien no hace gran literatura”, afirma mi amigo Vicente Quirarte. Los ejemplos de esto abundan. Pero lo podemos comprobar cotidianamente en los kioscos de periódicos, donde los peatones interrumpen el camino a sus labores para observar, algunos cautivados y otros con repulsión, la primera plana de los tabloides sensacionalistas que muestran el homicidio más brutal de la jornada. Curiosamente, la contraportada suele exhibir a una mujer voluptuosa en un breve atuendo. Eros y Thanatos, las dos pulsiones más elementales del ser humano. Desde los inicios del siglo pasado, una forma literaria ha retomado las oscuras  de acciones de los individuos convertirse en algo que ya es conocido como True crime, o crímenes verdaderos, donde el autor –en muchas ocasiones un periodista, en otras alguien relacionado con el medio legal- hace un recuento detallado de las atrocidades cometidas por alguien, desde un enfoque estrictamente objetivo, sin juicios ni emotividades. Estas investigaciones llegan a madurar en novelas verdaderamente memorables, como la novela A sangre fría (1966) de Truman Capote, libro que inaugura la llamada non-fiction novel y una de las obras fundamentales de la literatura norteamericana del siglo XX. Describe el terrible asesinato de la familia Clutter en la pacífica comunidad de  Holcomb, Kansas, ocurrido el 15 de noviembre de 1959, a manos de Richard Hickock y Perry Smith. He aquí una pregunta inquietante: ¿tuvo que morir violentamente una familia para que un escritor creara una obra maestra?

Edward GeinLa muy reciente película Hitchcock (Sacha Gervais, 2012) propone un cuestionamiento similar. Su guión, escrito por John McLaughlin, parte del libro Alfred Hitchcock and the Making of Psycho de Stephen Rebello, y como tal tiene el acierto de comenzar la mañana del 16 de mayo de 1944 en una granja en el poblado de Plainfield, Wisconsin, donde los hermanos Henry y Edward Gein queman maleza en su propiedad. Súbitamente, cual Caín, Ed golpea mortalmente en la cabeza a su hermano con su pala. La cámara hace un travelling donde Alfred Hitchcock (Anthony Hopkins), como en su programa televisivo, nos saluda cordialmente e introduce la historia mientras bebe con delicadeza una taza de té, como todo buen británico. Aunque no se tiene plena certeza de ello y la Policía calificó el hecho como un accidente, suele atribuirse a Ed el homicidio del mayor de los Gein como el inicio de su breve carrera homicida. Y dice el cineasta “agradezcamos la credulidad de la Policía de Plainfield. Pues si hubieran detenido a Ed por el crimen, no tendríamos nuestra película”. Naturalmente habla de Psicosis (1960), pero también de sus cimientos, la novela homónima de Robert Bloch –otrora discípulo de Howard Phillips Lovecraft- y profundamente inspirada en la carrera criminal de Gein, un caso escandaloso que estremeció a la sociedad de su época. No por su número comprobado de víctimas –dos-, que es ínfimo en comparación a otros notables asesinos, sino por lo que representó. Nadie pensaba que en una pacífica comunidad rural, en el idílico Estados Unidos de los años cincuenta, pudieran producirse tales horrores. El guionista Robin Wood lo calificó como “el sueño americano convertido en pesadilla”.

Mucho se ha escrito sobre Gein, en la realidad y la ficción. Uno de los mejores estudios que se ha hecho sobre él lo debemos a Harold Schetcher titulado Deviant, the shocking trae story of Ed Gein, the original Psycho:

Pero el evento que verdaderamente inmortalizó a Eddie fue, por supuesto, su aparición en 1960 en el consumado filme de terror Psicosis, basado en la novela que Robert Bloch modeló a partir de materiales del caso Gein. Aunque no hay indicaciones  de que Eddie haya visto –o incluso sabido de- la adaptación cinematográfica que sus crímenes inspiraron, la película de Hitchcock lo transformó de una leyenda local hasta una imperecedera parte de la mitología popular norteamericana. […] Eddie Gein se había convertido en el “verdadero Norman Bates”.

Su figura fue modelo de otras notables creaciones, desde el asesino Leatherface de La masacre de Texas (Tobe Hooper, 1974), el necrófilo Ezra Cobb (Roberts Blossom) de la cinta Deranged: The confessions of a necrophile (lan Ormsby y Jeff Gillen, 1974) o el sastre homicida James Gumb en la novela El silencio de los corderos de Thomas Harris. Físicamente Gein, quien alegó demencia por sus crímenes y fue confinado en una institución psiquiátrica, murió por una insuficiencia respiratoria el 26 de julio de 1984 a la edad de 77 años.  No sólo se salió con la suya, obtuvo una infame forma de inmortalidad.