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Este es el corolario de una de las semanas más interesantes y satisfactorias que he vivido en tiempos recientes.

La única manera en que podía terminar una jornada tan intensa –como aquella que un grupo de jóvenes terribles experimentó hace 200 años en una noche tormentosa-  era con una lluvia torrencial. Como anuncié en mi entrega anterior, tuve el honor de acompañar a los escritores mexicanos Rosa Beltrán, Hernán Lara Zavala, Bernardo Ruiz y Vicente Quirarte en El nacimiento del monstruo: verano de 1816 en Villa Didati, actividad organizada por la Dirección de Literatura de la UNAM, su programa Universo de Letras y Descargacultura.unam. El escenario, la sala Carlos Chávez del Centro Cultural Universitario, estaba repleto. No sólo completó al máximo su capacidad, sino que obligó a nuestros anfitriones a realizar una proyección simultánea en su vestíbulo, con personas que lamentablemente tuvieron que seguirla en las afueras del inmueble. La abrumadora respuesta me alienta, pues definitivamente demuestra que los diletantes del género –como ustedes y yo- no estamos solos.

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El acto, en palabras de Myrna Ortega –directora de Descargacultura.unam y una de sus principales promotoras-, fue un cadáver exquisito en el más estricto sentido del término. El director de teatro Eduardo Ruiz Saviñón le presentó la idea, que inicialmente se presentó en abril pasado durante la Fiesta del Libro y la Rosa, y se enriqueció cuando sus participantes realizaron aportaciones. Él nos coordinó a todos, diseñó un trazo escénico y aderezó la presentación con sonidos e iluminación que transportaban al espectador a esa ocasión memorable.

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Al término, Ana Luisa Campos y los organizadores ofrecieron un atractivo cóctel que rendía homenaje al espíritu de los integrantes de ese cónclave legendario, que incluía scones de queso cheddar barnizados con mantequilla de pimentón picante –tan británicos como Lord Byron, quien era conocido como “el Diablo que cojea”-,  aceitunas empanizadas rellenas de picadillo de carne de res, pancetta paté y hongos, acompañadas con un aioli de tomillo –en alusión a las raíces italianas de John Polidori- y jícamas con una crema de aguacate, coronadas con ajonjolí morado. Este último entremés recuerda a Mary Wollstonecraft Godwin Shelley, una mujer poco ortodoxa para su época, que fue heredera de los ideales de una mujer formidable que exigía la igualdad de derechos para sus congéneres. El aperitivo rescataba los colores de las sufragistas inglesas (blanco, morado y verde). Finalmente, disfrutamos de esferas de queso con hierbas y un corazón de betabel asado con vinagreta de cítricos. Esto tiene una poderosa justificación: como cuenta la romántica leyenda, el corazón de Percy Shelley era incombustible.

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Las fotografías que acompañan este artículo fueron tomadas por el estupendo equipo de Descargacultura.unam, al que agradezco infinitamente su apoyo.

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Roberto Coria es investigador en literatura y cine fantástico. Imparte desde 1998 cursos, talleres, ciclos de cine y conferencias sobre estos mundos en diversas casas académicas del país. Es asesor literario de Mórbido. Escribió las obras de teatro “El hombre que fue Drácula”, “La noche que murió Poe” y “Renfield, el apóstol de Drácula”. Condujo el podcast Testigos del Crimen y escribe el blog Horroris causa, convertido ahora en un programa radiofónico. En sus horas diurnas es Perito en Arte Forense de la Procuraduría General de Justicia del que anteriormente era conocido como Distrito Federal.