Por Roberto Coria

El martes pasado, si un paro cardiaco no hubiera segado su vida el 10 de octubre de 1985, el actor, guionista y cineasta George Orson Welles habría cumplido 99 años de edad. Si hubiera sobrevivido y en qué condiciones físicas estaría, son temas fértiles para la conjetura. Que alcanzara esta meta es improbable, pero no imposible. Nuestra compatriota Lupita Tovar, la memorable Santa y Eva en la versión clásica en habla hispana de Drácula (George Melfrod, 1931), celebrará en unas semanas su cumpleaños número 104. No recuerdo a Welles por sus incontables méritos y aportaciones al cine. Sólo su primer largometraje, El Ciudadano Kane (1941), le valió su ingreso al Olimpo fílmico. Un episodio de los albores de su carrera es completamente pertinente para los intereses de Mórbido y de los amantes del horror y la ciencia ficción. Y es seguro que ustedes lo conocen, pero me es indispensable recuperarlo.

Todo ocurrió la noche del domingo 30 de octubre de 1938. Era una época más simple donde las familias no eran absorbidas por la televisión, el Internet, los videojuegos o los teléfonos inteligentes –esos vampiros de la modernidad-. Reunirse en torno al radio era una forma muy popular de diversión y encuentro familiar, casi la única para sobrevivir las veladas dominicales. Era la víspera de Halloween. En punto de las 8 de la noche (tiempo local) la radiodifusora Columbia Broadcasting System, con sede en la ciudad de Nueva York, anunció el inicio de un episodio más del Mercury Theatre on the Air, el grupo de actores dirigido por Welles que dramatizaban clásicos de la literatura universal, del Drácula de Bram Stoker (interpretado por el propio Welles), Oliver Twist de Charles Dickens, La vuelta al mundo en 80 días de Julio Verne o El Conde de Montecristo de Alexandre Dumas. Welles anunció, luego de su cortinilla de inicio (muchos capítulos eran aderezados por la música de un joven Bernard Herrmann), que representarían una adaptación de La Guerra de los Mundos de Herbert George Wells. Como las grandes audiencias escuchaban el programa del ventrílocuo Edgar Bergen, que se transmitía a la misma hora –Pedro Duque no oculta su sorpresa en su libro Arañas de Marte, videoguía de invasiones alienígenas (Glénat, 1998)-, este anuncio pasó desapercibido. Cuando en sus pausas comerciales el público cambiaba a la estación rival –el zapping existe desde los inicios de la comunicación masiva-, escucharon cómo la supuesta transmisión en vivo desde el Hotel Park Plaza –del recital de la orquesta de Ramon Raquello- se interrumpía para seguir el impacto de un objeto celeste en una granja de Nueva Jersey. Luego, el horror. La gente creyó que escuchaba la crónica real de una invasión extraterrestre, y reacciones histéricas no se hicieron esperar. Dice Duque: “A la mañana siguiente Orson Welles era portada del Times y los juicios por daños y perjuicios comenzaron a llover en su oficina. Algunos eran peregrinos como el de la señora que estuvo punto de ingerir veneno antes de caer en los tentáculos de los lascivos marcianos, la del tartamudo de nacimiento que había gastado más de 2 mil dólares en curar su defecto y por culpa de la emisión de Welles había vuelto a tartamudear, multitud de demandas por fracturas provocadas en los tumultos y algunas por abortos espontáneos”.

El hecho, lejos de debilitar la naciente carrera de Welles, lo puso en el centro de los reflectores. Confirma el poder de penetración de los medios y que una mentira repetida mil veces, como bien saben los poderes fácticos de la actualidad, se convierte en verdad. Sólo basta que la arista más conveniente de un suceso, a través del lector de noticias en turno, sea dada a conocer a gran escala para que el grueso de la población la tome como auténtica e incuestionable. La paranoia despertada por Welles está más vigente que nunca. La abordó, por citar un ejemplo reciente, la amarillenta familia Simpson en la décimo séptima edición de su tradicional Casita del árbol del horror. Este año la veremos nuevamente en las pantallas de cine nacionales gracias a la cinta ¡Están aquí!, escrita y dirigida por Sandra Becerril. Ella me invitó a proporcionar la voz que desataba el pánico, en un claro homenaje a Welles. El venidero 2015 celebraremos el primer centenario de su natalicio. Enseñó a Edward D. Wood, Jr. (Johnny Depp) en la piel del actor Vincent D´Onofrio y gracias al guión de Scott Alexander y Larry Karaszewski para la cinta Ed Wood (Tim Burton, 1994), que “hay visiones por las que vale la pena luchar”. Es una filosofía que resume su espíritu y hay que defender todos los días.

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Roberto Coria es investigador en literatura y cine fantástico. Imparte desde 1998 cursos, talleres, ciclos de cine y conferencias sobre estos mundos en diversas casas académicas. Es asesor literario de Mórbido. Es autor de las obras de teatro “El hombre que fue Drácula” y “Renfield, el apóstol de Drácula”. Escribe el blog Horroris causa. En sus horas diurnas es Perito en Arte Forense de la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal.