Por Roberto Coria

Parecería que en esta ocasión me meteré en los terrenos de mi ilustre colega Edgar Beltrán y su estupenda columna Desde el quirófano, que también pueden leer semanalmente en estos rumbos.

La incursión parte de la curiosidad por explorar las razones que llevaron al desafortunado Erik, tal como lo creó Gaston Leroux en 1910, a esconderse tras una máscara y deambular por en la penumbra de los túneles bajo el Teatro de la Ópera parisino. Razones no le faltaban. Y si no lo creen, pregunten a la bella Christine Daaé, tal como la leímos hace un par de semanas. Recordemos el testimonio de José Buquet, otra de las personas que lo observó:

Sus ojos están tan hundidos que no se distinguen sus pupilas inmóviles. No se le ven, en suma, más que dos grandes cuencas negras como en los cráneos de los muertos. Su piel, que está estirada sobre los huesos como un parche de tambor, no es blanca, sino de un amarillo sucio; su nariz es escasa, que no se la ve de perfil, y la ausencia de la nariz es lo que más desagrada ver. Sólo tres o cuatro largas mechas oscuras sobre la frente y detrás de las orejas constituyen su cabellera.

Sabemos que esto no se debió a incendios o terribles accidentes, como ha popularizado el cine, sino obedece a razones puramente congénitas. Y explorando los posibles padecimientos que pudieran justificar su condición, tendríamos que remitirnos a una enfermedad que lo emparenta con los vampiros que tanto adoramos: la porfiria.

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Al respecto la Wikipedia –recurso al alcance de todos- dice que “las porfirias son un grupo heterogéneo de enfermedades metabólicas, generalmente hereditarias, ocasionadas por deficiencia en las enzimas que intervienen en la biosíntesis del grupo hemo (componente de la hemoglobina, parte esencial de los glóbulos rojos)”. Y dentro de su rareza encontramos a una de las más comunes, la Porfiria cutánea tarda (PCT). Esta suele manifestarse con fotosensibilidad y lesiones dérmicas que se manifiestan hacia los 40 o 50 años de edad. También es denominada como porfiria hepatocutánea tarda, no sólo porque es una porfiria hepática sino también por estar asociada a alteraciones en la función del hígado. De ahí el tono amarillento que menciona Leroux y la urgencia de ocultarse de la luz del sol.

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Basta ver fotografías de personas que sufren este mal para imaginar el aspecto que hizo a Erik ocultarse del mundo. Irónicamente el aspecto que concibió el gran Lon Chaney es el más cercano a esta idea.

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Roberto Coria es investigador en literatura y cine fantástico. Imparte desde 1998 cursos, talleres, ciclos de cine y conferencias sobre estos mundos en diversas casas académicas. Es asesor en materia literaria de Mórbido. Es coautor de la obra de teatro “Yo es otro (Sinceramente suyo, Henry Jekyll)”. En sus horas diurnas es Perito en Arte Forense de la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal. Su próximo curso, Fantasmas bajo la luz eléctrica, comenzará en febrero en la Casa Universitaria del Libro.