Por Roberto Coria

Es imposible negar que el zombi es uno de los monstruos consentidos de esta era, uno explotado insaciablemente por casi todos los medios de comunicación: libros, marchas, películas, programas de televisión y videojuegos. Conserva su capacidad de atemorizarnos porque simboliza algunos de los temores más perturbadores del hombre moderno: la pérdida de la identidad, el intelecto, el alma y los sentimientos, la alineación, el terror de las masas. Lo tuvimos muy presente en los días de la relativamente reciente alarma sanitaria por influenza AH1N1. ¿Recuerdan el panorama de la ciudad de México? Las calles estaban desoladas y las poquísimas personas que deambulaban por ellas usaban cubre bocas. Un escenario extraído de una película de horror.

Pero si nos atenemos al folclor y las tradiciones afroantillanas, el término zombi –que posiblemente procede del congolés nvumbi o cuerpo sin alma, o de la voz nsumbi o demonio- sería más aplicable a los seres que aparecían en películas como Zombi blanco (Victor Halperin, 1932), Yo anduve con un zombi (Jacques Turneour, 1943), La plaga de los zombis (John Gilling, 1966) o La serpiente y el arcoiris (Wes Craven, 1988). Sin embargo la costumbre nos hizo asociarlo a los de cadáveres reanimados de La noche de los muertos vivientes (George Romero, 1968) cuando, por la forma en que éstos se transforman y es bien acotado en fuentes contemporáneas como Exterminio (Danny Boyle, 2002) o REC (Paco Plaza y Jaumé Balagueró, 2007), se denominarían mejor como infectados.

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Para disipar estas dudas, y como un homenaje a las demostraciones médicas tan populares en el período victoriano, discutiré mañana con Edgar Beltrán, entusiasta del horror, médico y autor de la columna hermana Desde el quirófano, y con ayuda de un voluntario real, sobre las implicaciones médicas, folclóricas y sociales del tema,  en el marco de la sexta emisión de Mórbido. Porque el zombi permanece especialmente vigente ahora que el hombre está inmerso en un creciente proceso de deshumanización. La violencia instintiva y sin sentido forma parte de nuestra cotidianeidad, nos rodea y devora a plena luz del día, sin advertencia previa. Están todos invitados.

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Roberto Coria es investigador en literatura y cine fantástico. Imparte desde 1998 cursos, talleres, ciclos de cine y conferencias sobre estos mundos en diversas casas académicas. Es asesor en materia literaria de Mórbido. Escribió las obras de teatro “El hombre que fue Drácula”, “La noche que murió Poe” y “Renfield, el apóstol de Drácula”. En sus horas diurnas es Perito en Arte Forense de la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal.