por Roberto Coria

Macario (1960) es sin duda una de las películas favoritas de todos. Su dirección, fotografía, la construcción de su guión, sus locaciones y el desempeño de su cuadro actoral son impecables. Lo comprobé en el inicio de la octava edición de Mórbido, donde un público –mayormente integrado por jóvenes- que puede disfrutarla sin ningún problema en su hogar, se reunió para maravillarse con ella en un teatro lleno. Para obtener un panorama más amplio sobre la cinta, es necesario acudir al libro El cine de Ignacio López Tarso de Susana López Aranda (Universidad de Guadalajara, 1997), donde el actor reconoce que es una de las obras más celebradas de su filmografía, que le permitió estar en lugares que de otra manera no habría conocido y le valió merecidos reconocimientos nacionales e internacionales.

Hace más de una década, la tarde del sábado 29 de octubre de 2005, Casa del Lago de la Universidad Nacional Autónoma de México rindió un homenaje a López Tarso. En un diálogo que sostuvo con el escritor Vicente Quirarte y su servidor, el histrión nos reveló a los privilegiados asistentes algunas anécdotas del rodaje de la película. Confesó algunas de las estrategias que su director, Roberto Gavaldón, empleó para dar verosimilitud a muchas de las escenas. El hombre, artista estricto y apasionado, de la más severa reputación, exigió a su protagonista reflejara auténtica hambre en la memorable escena donde devora el guajolote. Para ello le prohibió probar alimentos durante el rodaje. Tras muchos intentos fallidos, el cinefotógrafo Gabriel Figueroa se dio por vencido pues las condiciones de iluminación no eran las óptimas, así que dio por terminado el día laboral. López Tarso se entregó inmediatamente a un atracón de barbacoa, cosa que lo dejó sin deseos ni capacidad de probar un bocado más. Cuando terminó, Figueroa avisó intempestivamente que el clima había mejorado y que iban a reanudar la actividad, cosa que lo puso en el mayor aprieto. Después habló de la insistencia de Gavaldón de que cargara una auténtica pila de maderos, con la intención de que su enorme peso hiciera trabajar los músculos de sus pantorrillas y el esfuerzo fuera visible a cuadro. La parte más emotiva del acto fue cuando tocó el tema de su coprotagonista, la ejemplar Pina Pellicer, dueña de una belleza discreta y melancólica. Ella se quitó la vida en 1964, a la edad de 30 años. Con Pina volvió a trabajar en el drama Días de Otoño (1962), nuevamente bajo las órdenes de Gavaldón.

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En tiempos recientes, López Tarso ha llevado al teatro al personaje en Macario, el ahijado de La Muerte, bajo la batuta de Eduardo Ruiz Saviñón, en compañía de su hijo, el también talentoso actor Juan Ignacio Aranda, Gabriela Pérez Negrete y la música en vivo de Guillermo Gonzales Phillips. Esto prueba que las grandes creaciones poseen vidas inagotables.

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Roberto Coria es investigador en literatura y cine fantástico. Imparte desde 1998 cursos, talleres, ciclos de cine y conferencias sobre estos mundos en diversas casas académicas. Es asesor literario de Mórbido. Escribió las obras de teatro “El hombre que fue Drácula”, “La noche que murió Poe” y “Renfield, el apóstol de Drácula”. Condujo el podcast Testigos del Crimen y escribe el blog Horroris causa, convertido ahora en un programa radiofónico que recién concluyó su primera temporada de vida. En sus horas diurnas es Perito en Arte Forense de la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal.