Una pequeña pausa, porque pensaba seguir con el fin del mundo. Por fortuna hay cosas más gratificantes. Que una película como Santo contra el cerebro diabólico (Federico Curiel, 1961) fuera proyectada (en 16 milímetros, como se debe) en un recinto sagrado como la Cineteca Nacional, es motivo de mi más profunda alegría. Legitima todo en lo que creo. Eso ocurrió la noche del lunes, cuando acompañé a Pablo Guisa, a Rosana Curiel, a Álvaro Curiel de Icaza y a Armando Vega Gil para presentar un libro que me enorgullece por tres aspectos: el primero es el inmenso cariño que me une a la familia Curiel. El segundo es el especial aprecio que siento por el homenajeado y su obra, que nutrieron mi imaginación infantil. El tercero es porque una pequeña parcela de esta obra es de mi autoría.

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Curiel, la nueva coedición del Instituto Mexicano de Cinematografía, el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, editorial Sétis y Mórbido, es un compendio que nos acerca a las obsesiones de un cineasta poco conocido y valorado en el panorama nacional, Federico Curiel Espinosa de los Monteros, mejor conocido como Pichirilo. Su obra, generalmente menospreciada por las altas esferas del séptimo arte, tiene muchas aristas que merecen ser analizadas. Todas emanan del carácter multifacético del cineasta, miembro de una estirpe poco frecuente. No sólo dirigía, sino tenía una prolífica carrera como guionista, compositor,  ilustrador –pues le debemos  los carteles de sus cintas y populares historietas de su tiempo- y actor. Era, como bien lo describió Pablo Guisa en su texto en el libro, “un charrito renacentista”. Y pese a que el tema –la fantasía y el horror- no domina la producción fílmica de Curiel, son sin duda los géneros por los que es mejor recordado. Diría, incluso, en los que lo percibo más cómodo. Sobre uno de sus trabajos que más aprecio, escribí en mi turno lo siguiente:

En los minutos iniciales de La maldición de Nostradamus (1959), el Profesor Durán (Domingo Soler), reputado académico y dirigente de una sociedad que combate la superstición, ofrece una recepción para celebrar la fiera conferencia que ofreció esa misma tarde. Por la vestimenta de los convidados, asumimos que nos encontramos a finales del siglo XIX o principios del XX. Tras unos minutos de charla banal, el tema se desvía hacia la cruzada del anfitrión, quien niega rotundamente la existencia de lo sobrenatutral, incluidos los vampiros humanos. En la siguiente escena, como una clara objeción a lo dicho por el sabio, vemos la perturbadora mirada del mítico Germán Robles, quien ganara el reconocimiento internacional en el papel del Conde Lavud en El vampiro (Fernando Méndez, 1957), como el malvado protagonista Nostradamus, descendiente –convertido en vampiro- del famoso matemático, astrólogo y profeta del siglo XVI. La postura de Durán resume el pensamiento del hombre moderno frente a lo que no puede comprender, ante la irrupción de lo extraño en el universo doméstico. Afortunadamente, este enfrentamiento ha producido obras memorables en las bellas artes. Afortunadamente Federico Curiel Espinosa de los Monteros –Pichirilo para sus más cercanos- fue uno de los pocos cineastas mexicanos que lo entendió muy bien.

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Mi contribución sólo habla de uno de sus temas. De sus otros rostros, expertos y amigos hablan profusamente. Su hija, Rosana Curiel Defossé, nos ofrece, desde la emotividad consanguínea y su buen oficio de escritora, memorias desde la voz heredada. Su nieto, el cineasta Álvaro Curiel de Icaza, director de Acorazado (2012) hace un recuento de todas sus virtudes cinematográficas. El experto en cine de luchadores José Xavier Návar un vistazo a una de sus incursiones más recordadas, la que lo coloca en el “Olimpo del pancracio fílmico”. El crítico de cine Hugo Lara explora su faceta actoral. Armando Vega Gil, prolífico escritor y fundador de la mítica agrupación musical Botellita de Jerez, nos habla precisamente desde este campo, de sus “rancheras”. Mi cofrade Antonio Camarillo explora los finos lindes entre el horror y la comedia en el cine de Pichirilo. Gonzalo Rocha habla de uno de sus personajes más heroicos, el Látigo Negro, y de sus dotes como dibujante. Para finalizar, Rosana y Andrés Paniagua abren el baúl de los recuerdos, que contiene las fotografías, recortes de periódico, ilustraciones, documentos, páginas de guiones y demás materiales que embellecen este libro indispensable para recuperar figuras de nuestro cine. Yo remato mi parcela, dedicada a sus vampiros tan queridos, con lo que creo resume el sentir de todos los involucrados:

Como Nostradamus exigía se honrara a su antepasado, los que aquí contribuimos buscamos se reconozca la vida y obra de Federico Curiel. Él, como Fernando Méndez, Juan Bustillo Oro, Chano Urueta, Alfredo B. Crevena, Alfonso Corona Blake, Rafael Baledón, la dinastía Cardona y Carlos Enrique Taboada, confió en las inmensas posibilidades del horror y la fantasía y reconoció el objetivo principal de la cinematografía: entretenernos más allá de academicismos. Su cine puede ser cuestionado y descalificado por muchos, pero sus carencias son compensadas con creces por su honestidad y pasión. Pichirilo –porque sus devotos nos ganamos el derecho de llamarlo así- y sus ilustres contemporáneos no sólo contribuyeron al esplendor y posterior supervivencia de una industria. Llegaron a lo más inocente y maravilloso que poseemos: nuestra imaginación y nuestra capacidad de asombro. Como sus vampiros, y por todos sus méritos, Federico Curiel es eterno.