Por Eric Ortiz García

Mientras que el legendario Takashi Miike estará presentando en Fantastic Fest su película número 100, Blade of the Immortal, un contemporáneo de Afganistán igual de prolífico -aunque solo conocido a nivel local- protagoniza el genial documental The Prince of Nothingwood.

La directora Sonia Kronlund conocía el Afganistán que todos ubicamos, el de la guerra y la interminable violencia, pero una vez ahí se dio cuenta de la existencia de un cineasta que había realizado alrededor de 110 películas a pesar de la realidad de su país. Salim Shaheen es un héroe del cine de guerrilla, aunque su caso es realmente extremo: no solo está acostumbrado a trabajar sin presupuesto sino que, por ejemplo, en alguna ocasión su filmación fue interrumpida por una explosión, un hecho de terror puro que no lo privó -ni a su leal crew- de completar la película en cuestión.

Sin duda The Prince of Nothingwood es una historia tan inspiradora y fascinante como extravagante. El propio Shaheen es un personajazo excéntrico, y su cine no se queda atrás. Aunque si están acostumbrados a ver filmes de la India -llenos de color,  números musicales y acción- inmediatamente van a reconocer la gran influencia que la cinematografía popular de dicho país ha tenido en Shaheen, desde que era niño y entraba sin pagar a los cines para ver producciones indias.

The Prince of Nothingwood fue filmada mientras Shaheen realizaba cuatro cintas simultáneamente, pero Kronlund decidió seguir una filmación en particular: la de una película basada en la vida de Shaheen. Una elección inteligente porque así escuchamos los relatos del cineasta afgano y luego vemos escenas que los recrean con toda la dramatización que requiere el cine popular; esto es algo que le brinda aún más frescura al documental.

Ciertamente al seguir la creación de una película muy personal para Shaheen, Kronlund logra indagar en varios aspectos de la vida de su protagonista, como su etapa en el ejército y su interés inicial por el cine. Por muchas cuestiones la labor de la cineasta francesa resultó complicada y por ende valiosísima. Shaheen, para empezar, es un tipo de carácter fuerte, a quien de pronto vemos mandar al crew de la documentalista en beneficio de su propio filme. Y luego está la dificultad de laborar en territorio afgano, donde las mujeres carecen de muchas libertades y la inseguridad se respira en el aire.

Si bien la directora siempre es tratada con respeto, no debió ser fácil para ella ver las costumbres de la cultura afgana reflejadas en una filmación. Ella atestigua las limitantes que sufren las mujeres y cómo es un hombre (el carismático y afeminado actor de confianza del director) quien interpreta a la madre de Shaheen; aunado a la facilidad con la que usan animales para sus películas (“¿tienes problema si matamos a una gallina?” le pregunta el prolífico cineasta), o los riegos que toman al filmar en zonas peligrosas o con soldados reales. A su vez, Kronlund trata de adentrarse lo más posible al lado personal de Shaheen, sin juzgar y respetando los límites: Shaheen, por ejemplo, no deja que la directora filme ni a sus dos esposas ni a sus hijas.

Pero dentro de todo esto, The Prince of Nothingwood nunca deja de resaltar la importancia de un cineasta, literalmente dispuesto a morir por su arte, que logra conectar con la gente normal, y que a través de los años les ha brindado algo diferente al horror de la guerra. Vaya, ¡hasta un entrevistado talibán nos comparte la conexión que tiene con la cinematografía de Shaheen! El poder del cine en su máxima expresión.