Por Roberto Coria

Lincoln00Ayer se cumplieron 150 años del asesinato de Abraham Lincoln, su decimosexto Presidente, el rostro de su centavo y su billete de cinco dólares y uno de sus personajes más reverenciados y queridos. Antes de que se preocupen, una aclaración. No pretendo convertir este espacio en una sucursal del History Channel. Lo que no podemos dejar de reconocer es que figuras de su tamaño siempre serán atractivas desde muchas aristas. Y es que uno de tantos caminos que puede tomar la ficción contemporánea es centrar su atención en personajes históricos. Eso exige al autor apegarse en la medida de lo posible a hechos que son del conocimiento popular en aras de lograr verosimilitud y la complicidad del espectador. Identifico dos formas básicas de este tipo de historias:

1. Las que son fieles a los acontecimientos que documenta la historia y emplean el juego de la imaginación para explicar momentos poco conocidos. En El cuervo, guía para un asesino (James McTeigue, 2012), los guionistas Ben Livingston y Hannah Shakespeare, a pesar de las incontables licencias que se toman, respetan que Edgar Allan Poe (John Cusack) fuera encontrado moribundo en la banca de un parque de Baltimore y que llamara insistentemente a un tal Reynolds en su lecho de muerte. Pero la figura histórica no debe ocupar siempre el primer plano. En su novela El Alienista (1994), Caleb Carr tomó a Theodore Roosevelt –vigésimo sexto Presidente de los Estados Unidos- en sus días como Jefe de Policía de la Ciudad de Nueva York y lo conviertió en aliado de su ficticio protagonista Laszlo Kreizler en la cacería de un asesino en serie. Las posibilidades son infinitas.

2. Que la figura histórica sea un mero pretexto para crear un universo completamente nuevo, donde no necesariamente hay un respeto notable por los acontecimientos que documentan los libros, ofreciendo la posibilidad de realidades alternativas. En Hombres X, primera generación (Matthew Vaughn, 2011), los personajes de Marvel cómics alternan espléndidamente sus correrías con la actuación de John F. Kennedy en la Crisis Cubana de Misiles.

En esa última línea ubico a Lincoln. No me extenderé a sus numerosos pasos por las bellas artes, desde la película clásica de D.W. Griffith (1930) al kilométrico drama de Steven Spielberg (2012). Y ni hablar de sus apariciones en el viejo serial de ciencia ficción El túnel del tiempo o en las amarillentas aventuras de la familia Simpson. Me interesa el caso de Abraham Lincoln, cazador de vampiros (2012), dirigida y producida por el esteta ruso del cine de acción Timur Bekmambetov (responsable del díptico Guardianes de la noche y Se busca), con el endoso del buen nombre de Tim Burton y a partir de un guión de Seth Grahame-Smith –basado en su novela homónima- se convierte en un gran divertimento, una pirotecnia visual que se adhiere perfectamente al estilo desmedido y estridente del artista. En un universo paralelo, Lincoln (Benjamin Walker), ya como Presidente de los Estados Unidos, escribe sus memorias en su apacible en su despacho. En ellas revela su oficio no conocido por la posteridad. Desde su infancia en 1818 es testigo de las enormes injusticias de la clase privilegiada. Pero no sólo eso. Descubre que su mundo alberga otro tipo de horrores, unos que viven ocultos en las sobras y se alimentan de sangre. Cuando en su adolescencia intenta hacer justicia a la memoria de sus padres, el misterioso Henry Sturges (Dominic Cooper) lo salva del atroz terrateniente Jack Barts (Marton Csokas), quien es nada menos que un vampiro. Bajo la tutela de Sturges aprende a combatir a estas amenazas. Elige un hacha como herramienta de trabajo, cuya hoja recubre ceremoniosamente de plata. En medio de sus nuevos deberes como cazador de vampiros, encuentra tiempo para estudiar Derecho y conocer el verdadero amor en la figura de la bella Mary Todd (Mary Elizabeth Winstead). Pero el malvado Barts es sólo la punta del iceberg. Detrás de todo se encuentra el malvado Adam (Rufus Sewell), líder de un clan de vampiros con poderosísimos intereses. El conflicto deriva en uno de los episodios más dolorosos de la historia del país vecino: la Guerra de Secesión (1861-1865), un conflicto del que dependía que “Estados Unidos fuera un país que perteneciera a los vivos”.

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La espectacularidad de la puesta en escena de Bekmambetov, la vertiginosa cámara de Caleb Deschanel, la briosa partitura de Henry Jackman contrastan a la perfección con homenajes a clásicos como La danza de los vampiros (Roman Polanski, 1967), Vampiros en la Habana (Juan Padrón, 1985) o a tantas memorables persecuciones en el techo de un tren en movimiento. Sobre todo, a pesar de tomar notables desviaciones con la Historia y la figura mítica que tan bien conocemos, es respetuosa a máximas que estableció Bram Stoker en la novela canónica del tema: “Aunque no pertenece a la naturaleza debe, no obstante, obedecer a algunas de las leyes naturales. No sabemos por qué”. Como nos enseñara Anne Rice, hay cosas que un vampiro no puede hacer.

El desenlace es el mismo que aparece en los libros de texto: la fatídica noche del 15 de abril de 1865 en el Teatro Ford de Washington, el actor y espía confederado John Wilkes Booth y su cobarde disparo a la cabeza del mandatario. A diferencia de la novela, y con la posibilidad de obtener la vida eterna, Lincoln elige el destino del hombre común. Del héroe. Aunque como bien advierte la novela de Grahame-Smith, “hay hombres demasiado interesantes para dejarlos morir”.

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Roberto Coria es investigador en literatura y cine fantástico. Imparte desde 1998 cursos, talleres, ciclos de cine y conferencias sobre estos mundos en diversas casas académicas. Es asesor literario de Mórbido. Escribió las obras de teatro “El hombre que fue Drácula”, “La noche que murió Poe” y “Renfield, el apóstol de Drácula”. Condujo el podcast Testigos del Crimen y escribe el blog Horroris causa. En sus horas diurnas es Perito en Arte Forense de la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal.