Pennywise2

De niño, caminando por los pasillos de VideoCentro y tocando con la punta de los dedos las cajas de los VHS como se tocan los arbustos de la calle al pasar - hay una necesidad inexplicable en sentir la caja de las películas - buscaba una nueva película de terror y pedí a mis papás me rentaran “Eso” (It)

“¿Eso? ¿Cuál eso? ¿Qué es eso? ¿el payaso se llama ‘Eso’?” Creo que a todos nos causó la misma tonta pregunta al principio. Pero la rentas porque te dijeron que es sobre un payaso maldito; diabólico, y TODOS le tiene miedo a los payasos. Y de niños, ciertamente, no salimos decepcionados. Después de verla, en la tranquilidad de nuestro cuarto oscuro antes de dormir, recordamos su sonrisa de hiena con colmillos salientes y ojos de fulgurante amarillo. Al bañarnos, en el segundo en que cerramos los ojos, con la vulnerabilidad de la desnudez y el comienzo de la vergüenza, fantaseamos con que algo saldrá de la coladera, ocultándose entre el vapor, mordiéndonos o castrándonos.

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Empieza nuestra aversión a los payasos, que es todo un apartado cultural de la modernidad. Parte también de un miedo primario, miedo a ver al monstruo que tanto tememos y que hemos construido en nuestra cabeza, un monstruo de Frankenstein hecho de retazos de todas nuestras feas visiones y peores recuerdos, emergiendo del closet de nuestro cuarto, debajo de nuestra cama o a últimas, llamándonos con engaños de lo profundo de una cloaca.

Pasa el tiempo y Eso aparece una vez más cuando somos adolescentes. La volvemos a ver, llamados por el eco apenas nostálgico de la bestia que nos asustaba en la infancia. Y sucede que nos sentimos muy decepcionados: “¿Cómo es posible que Eso me diera miedo de niño? Eso no es nada. Qué feos efectos especiales. Se ve barata. Se ve chafa. Que mal hecha está esa araña. ¿Y por qué unos adultos le temen a una araña? Qué final tan cursi.”

Nos creemos muy inteligentes. No hay miedo. Eso está dormido. Le hemos quitado toda la fuerza que le dimos, porque como nos han enseñado otras películas de terror, el monstruo muere cuando le quitamos toda la energía con la que lo alimentamos durante años.

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Más años pasan y ya como adultos vemos nuevamente la película del payaso; estamos en otra etapa y hemos superado esa edad en la que creemos que lo sabemos todo y que nada nos asusta. La edad en que sabemos de facto que no somos inmortales y que el tiempo es un monstruo que, como en el almohadón de plumas de Horacio Quiroga, crecerá y crecerá, alimentándose de nuestra energía y finalmente matándonos, si no logramos entenderlo en su magnitud, procesarlo.

Aún encontramos efectos especiales malogrados, pero Eso nos habla de una manera completamente diferente. En un universo que podría ser paralelo y nos espejea momentos de películas como Stand by me o inclusive, en términos recientes, Stranger Things, nos habla sobre el verdadero monstruo, la quintaesencia del terror, creciendo con nuestras gotas de sangre desde la infancia: la adultez.

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Eso representa los miedos más intrínsecos, arraigados y recalcitrantes en lo profundo del alma y que como lo plantea la premisa, regresará cada cierto tiempo, pues si no se mata por completo, sólo hibernará en lo profundo de la cloaca, engañándonos, transfigurando, tomando formas diferentes, pero que esconden debajo la misma negrura (miedo a la sexualidad, a abrirnos con el otro, a ser ridiculizados, a sentirnos vulnerables, absorber lo peor de nuestros padres, convertirnos en ellos y morir solos. Como es habitual en cualquier adaptación, la novela de Stephen King establece una visión y la teleserie de los 90 la digiere, pero en ambas subyacen tales aspectos, así como un elemento primordial: la fuerza de la amistad como bóveda energética contra el mal

¿Que nos dirá ahora la nueva adaptación de ESO, después del camino andado reconociendo al monstruo maquillado de payaso? ¿Veremos algo más?