Por Roberto Coria

Algo quedó establecido. En la historia de la criminalidad pocos casos son tan interesantes como el de Jack el destripador. Su cacería propició que Scotland Yard, incapaz de aprehender al responsable, acudiera incluso a Arthur Conan Doyle, quien sugirió se tendiera una trampa al criminal disfrazando policías como mujeres de la calle y dotándolos de zapatos con suelas de goma –para que sus pasos no los anunciara en las calles-. Sobra decir que ni el padre de Sherlock Holmes, con sus brillantes sugerencias, no logró ayudar significativamente. Durante décadas, el destripador ha capturado la imaginación de miles de personas en todo el mundo y ha inspirado las más variadas e insólitas teorías sobre su persona y motivaciones. Muchos de sus estudiosos son artistas. Al ser uno de los episodios más oscuros y fascinantes de la nota roja británica, es comprensible que Alan Moore se haya interesado por él. Con la colaboración del dibujante Eddie Campbell concibió la serie de historietas Desde el infierno, compilada como una novela gráfica y transformada por Hollywood en una deslumbrante película (Desde el infierno, Albert y Allen Hugues, 2001). Es cierto que no es completamente fiel a la fuente original, pero respecto a ella me cuesta trabajo comprender completamente el descontento del señor Moore. Pese a todo es una gran película. He aquí algunas consideraciones sobre la historia –novela gráfica y película-:

1. Una de las virtudes de Desde el infierno es que está apoyada en una extensa investigación bibliográfica hecha por su autor, Alan Moore, que da verosimilitud histórica al relato. Los dibujos de Eddie Campbell gozan de exactitud en los más insignificantes detalles y gozan de extensas anotaciones –hechas por Moore- en un brillante apéndice final.

2. La historia toma su título –muy afortunadamente- del membrete de la única carta que los expertos atribuyen al asesino, la famosa carta remitida “Desde el infierno”. Una escena eliminada –y que contiene el DVD Región 1 de la cinta- muestra a personas de diferentes posiciones –un clérigo, un obrero y un ama de casa- atribuyéndose de manera epistolar la autoría de los crímenes. Porque se tiene la idea, incluso, que el nombre “Jack el destripador” fue creado por la prensa.

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3. Alan Moore tomó una de las más populares teorías de los motivos tras los crímenes, la del complot entre la Casa Real y la Masonería para encubrir los amoríos y boda religiosa ilícita de Eduardo Alberto Víctor, Duque de Clarence, y potencial heredero de la Corona. Ésta ha resultado increíblemente popular por dos razones: tenemos una desconfianza natural en nuestras instituciones y porque elaborar teorías de conspiración es un pasatiempo tan arraigado en la sociedad occidental como ver la televisión e ir a misa.

4. El flujo temporal del relato original, que inicia en 1924, es sustituido en la adaptación cinematográfica por una narración lineal situada en 1888, con una gran figura (Johnny Depp) como protagonista. Éste no se parece en nada al Frederick Abberline histórico o al del cómic –hombre robusto y maduro-. Tampoco tiene visiones ni es adicto al opio como plantea la película, ni se encuentra sentimentalmente atraído por una de las eventuales víctimas del asesino (Heather Graham). Pero el personaje, torturado por la muerte de su esposa e hijo por nacer, está perfectamente delineado y resulta convincente. El guión de Terry Hayes y Rafael Yglesias ofrece algunos parlamentos brillantes. Cuando el destripador confronta a Abberline, el villano le dice “algún día los hombres mirarán hacia atrás y dirán que yo di a luz al siglo XX”; Abberline le responde, resuelto, “tú no vas a ver el siglo XX”. Estas sin dudas inspiradas sin duda por su parte final donde el villano, sumido en su locura, tiene visiones anticipatorias con Mira Hindley e Ian Brady, los asesinos de los páramos, y Peter Stutcliffe, el destripador de Yorkshire.

5. Muchos personajes son suprimidos o minimizados en la cinta. John Merryck, “el Hombre elefante”, aparece brevemente como un fenómeno para inspirar que las clases acomodadas hagan donaciones al Hospital de Londres y en algunas visiones de Abberline. En las historietas ocupa un papel más grande. Sucede lo mismo con el pintor Walter Sickert –señalado por la novelista Patricia Cornwell como el responsable de los delitos-, cuya presencia es eliminada por los guionistas. Otra gran omisión fue la del psíquico victoriano Robert James Lees, quien hace equipo con Abberline para dar solución al misterio. Por el contrario, el personaje del médico forense que vomita al contemplar la obra del macabro artista es una adición afortunada. Representa la reacción de la sociedad ante esos homicidios, insólitos en la época. El rol del Sargento George Godley (en la película se llama Peter y lo interpreta Robbie Coltrane) es magnificado. Ofrece momentos de humor negro a la historia y es el comparsa que el protagonista requiere para apoyarse en su investigación. Es el contrapeso al libertinaje del héroe drogadicto.

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6. En la novela gráfica, conocemos la verdadera identidad del destripador casi desde el inicio de la historia. La cinta, por el contrario, gira en torno al descubrimiento y aprehensión del criminal, incluyendo múltiples sospechosos. Esto es comprensible en un planteamiento cinematográfico. Revelar al asesino, en esa vertiente argumental, estropearía la sorpresa de la audiencia que se esfuerza por descubrir al responsable de los delitos al mismo tiempo –o antes- que el protagonista.

7. La novela gráfica es rica en detalles de los asesinatos. La película se los reserva. Sólo vemos el cuchillo del asesino centellar en la oscuridad, un corte en un cuello o a una víctima en una cama fuera de cuadro.

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8. El desenlace de Abberline es heroico y romántico en la película –incluso en su final alternativo, disponible en DVD-. En la novela gráfica es más bien amargo: es el de un anciano consumido y resignado ante las fuerzas oscuras detrás de las muertes de unas desafortunadas mujeres.

9. El vestuario de Kim Barret, el Diseño de Arte de Martin Childs y la música de Trevor Jones son brillantes. Logran transportarnos con éxito a la Inglaterra victoriana y brindan suspenso y vigor a la historia.

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Sin duda alguna la aportación de Alan Moore al enigma de Whitechapel es, como tantas otras de su tipo, memorable y disfrutable. Asegura que el misterio siga vivo.

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Roberto Coria es investigador en literatura y cine fantástico. Imparte desde 1998 cursos, talleres, ciclos de cine y conferencias sobre estos mundos en diversas casas académicas. Es asesor en materia literaria de Mórbido. Es coautor de la obra de teatro “Yo es otro (Sinceramente suyo, Henry Jekyll)”. En sus horas diurnas es Perito en Arte Forense de la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal.