Por Roberto Coria 

Tomo un instante de su tiempo para hablar del sentimiento amor-odio que tengo por Walt Disney. Confieso que jugó un papel decisivo en mi interés por la fantasía desde temprana edad. Las visitas al extinto Cine Continental de esta gloriosa y decadente Ciudad de México, recinto sagrado que está a punto de ser derrumbado, son parte de mi formación como amante del Séptimo Arte. Y lo mismo ocurrió a muchos, pese a que comúnmente lo nieguen. En ese espacio nació mi romance con la literatura y la razón que me hizo despreciar muchos productos del estudio cinematográfico. Basta leer Cenicienta –en la versión de su preferencia, sea la escrita por Charles Perrault o los Hermanos Jacob y Wilhelm Grimm- para darse cuenta de las enormes diferencias respecto a lo que conocimos en la pantalla grande: adaptaciones edulcoradas de relatos que nos ayudaban a lidiar con los temores de nuestra infancia en la transición a la adolescencia. En muchos modos no podemos culpar a Disney. Esa fue la fórmula que le permitió convertirse de un humilde dibujante en un magnate que conquistó todos los medios de comunicación. Supo beneficiarse de la inocencia de los niños y los bolsillos de sus padres para construir un gran negocio. Y eso no lo que me disgusta. Ya lo dijo el Guasón del difunto Heath Ledger: “si eres bueno en algo, nunca lo hagas gratis”. Lo que me causa serios conflictos es que lo comercial corrompa la esencia de las cosas. De ahí viene mi temor por su reciente adquisición de Marvel Comics, los Muppets y la franquicia Star Wars. Me indigna profundamente ver al robot R2-D2 con unas orejitas de Mickey Mouse.  El voraz aparato mercadológico de Disney ya está en marcha. En breve, hordas de aficionados se deleitarán con el Epidosio VII de la saga espacial. Pero no me distraigo.

No hay que perder de vista que los cuentos de hadas, en su forma original, no son cosa de niños. Los Grimm nos mostraron un universo plagado de mujeres perversas y ambiciosas, brujas caníbales, bestias terribles y todo tipo de atrocidades, muy lejanos de la dulce versión Disney. Y es que la infancia es un territorio fértil para el horror. Lo demuestran, mejor que nadie, los niños de la calle, las víctimas de los apetitos non sactos de algunos miembros de la Iglesia católica, las víctimas y los victimarios del bullying escolar o los sicarios pre adolescentes de los que tanto hablan los medios de comunicación en tiempos recientes.

Mañana se estrenará una nueva cinta que es parte de una tendencia (comercial a todas luces) de resucitar a los clásicos, haciéndolos atractivos para los nuevos consumidores. Se trata de Maléfica  (Robert Stromberg, 2014), antagonista de la ya clásica película animada La bella durmiente, dirigida en conjunto por Clyde Geronimi, Les Clark, Eric Larson y Wolfgang Reitherman en 1959; sobra decir que es uno de los bienes más preciados de la casa del ratoncito. Quizá lo más destacable de este intento es que la interpreta la galardonada Angelina Jolie, en el que parece un papel hecho a la medida. Hay dos errores comúnes sobre Maléfica: ella no es una bruja ni es mencionada en ninguna de las versiones del relato clásico, tal como nos lo recuerda Bruno Bettleheim en su indispensable libro Psicoanálisis de los cuentos de hadas (Crítica, Barcelona, 1999). Ella es un producto Disney. Se trata de un hada despechada y despreciable que lanza una maldición contra una bella muchacha en los albores de su pubertad, todo por no haber sido invitada a su bautizo. La narración, claramente alegórica y llena de símbolos, es una de las más visitadas en la niñez de muchos. Continúa Bettelheim, "a pesar de las enormes variaciones en cuanto a los detalles, el argumento central de todas las versiones [...] es que, por más que los padres intenten impedir el florecimiento sexual de su hija, éste se producirá de forma implacable". Porque el pinchazo en el dedo de la protagonista, cuyo nombre varía dependiendo del país, no es otra cosa que la primera menstruación. He ahí mucho de lo maravilloso de los cuentos de hadas.

Regresando a la designación de Jolie, me parece tan acertada como que Boris Karloff encarnara en el teatro al mítico Capitán Garfio en 1950 o que Mónica Bellucci y Charlize Theron vistieran las ropas de la Malvada Reina en Los hermanos Grimm (Terry Gilliam, 2005) y Blanca Nieves y el Cazador (Rupert Sanders, 2012), respectivamente.

Creo que esto es sólo el inicio, porque Maléfica -según lo anticipan los avances de la película- cuenta con todos los elementos para convertirse en un éxito. Seguramente podremos ver, en un futuro no distante, la historia de Cenicienta desde el punto de vista de la nefasta Madrastra, la odisea fantástica del niño que se negaba a crecer a través de la perspectiva del malvado Capitán Garfio y sus alegres piratas o los acontecimientos de La Sirenita desde los ojos de la bruja Úrsula.

¿Les parece atractiva la posibilidad? ¿A quiénes les gustaría ver en esos papeles?

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Roberto Coria es investigador en literatura y cine fantástico. Imparte desde 1998 cursos, talleres, ciclos de cine y conferencias sobre estos mundos en diversas casas académicas. Es asesor en materia literaria de Mórbido. Escribió las obras de teatro “El hombre que fue Drácula”, “La noche que murió Poe” y “Renfield, el apóstol de Drácula”. Escribe el blog Horroris causa. En sus horas diurnas es Perito en Arte Forense de la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal.

¿Imaginaste que las malas del cuento alguna vez soñaron con un final feliz? Te invitamos a leer la historia detrás de Maléfica.