Por Roberto Coria

Desde los primeros momentos de La isla del Dr. Moreau (1896), la tercera novela del indispensable escritor inglés Herbert George Wells, su paisano de la ficción Edward Prendick advertía que algo anómalo ocurriría a bordo del navío que acababa de salvarle la vida:

Al salir del camarote encontramos en la escala de toldilla a un hombre que nos impedía el paso. Estaba de pie en la escala, de espaldas a nosotros, mirando por el hueco de la escotilla. Era un hombre deforme, bajito, ancho, torpe y encorvado, con el cuello peludo y la cabeza hundida entre los hombros. Llevaba una sarga azul marino y tenía una espesa mata de pelo negro. Los perros invisibles gruñeron ferozmente y él retrocedió al instante, rozando la mano que había alargado para apartarlo de mí. Se volvió con la rapidez de un animal.

Y aunque gracias a la cultura cinematográfica conocemos la funesta odisea que le esperaba, parodiada incluso por la amarillenta familia Simpson, no todos hemos visitado su procedencia. Ya acotamos que Moreau (el autor nunca le dio un nombre de pila) era un reputado viviseccionista, caído en desgracia por sus terribles teorías y métodos de investigación. En el capítulo 14 del texto, recibe la oportunidad de explicar sus acciones al protagonista, que justifica en aras de su aportación a la ciencia:

Por mi parte, no acabo de entender por qué nadie ha intentado lo que yo he hecho aquí […] Las criaturas que usted ha visto son animales viviseccionados y vueltos a esculpir para dares nuevas formas. A ello, al estudio de la plasticidad de las formas vivas, he dedicado mi vida. He estudiado durante años y mis conocimientos han aumentado poco a poco. Veo que está usted horrorizado y, sin embargo, no le estoy diciendo nada nuevo. Todo estaba ya en la anatomía práctica hace años, pero nadie se atrevió a intentarlo. No es sólo la forma exterior de un animal lo que puedo transformar. La fisiología, el ritmo químico de la criatura, también pueden ser susceptibles de una transformación duradera […] Las posibilidades de la vivisección no terminan en la simple metamorfosis. A un cerdo se le puede educar. La estructura mental es aún menos determinada que la corporal.

Los fatales resultados de su arrogancia perviven hasta nuestros días, con una lectura muy relevante en la era de los excesos de la ingeniería genética. Esa fue una de las aportaciones que el guión de Richard Stanley y Ron Hutchinson dieron a la fallida adaptación cinematográfica de 1996, de la que ya hablamos: Mureau combinaba DNA humano con desafortunados animales. En el segundo volumen de su Liga de los Caballeros extraordinarios (2002-2003), los talentosos Alan Moore y Kevin O'Neill dieron a Moreau, quien ahora daba a sus creaciones el aspecto de seres surgidos de cuentos para niños, la redención al poner su locura al Servicio de su Majestad y de toda la Humanidad. Pero esta apariencia inofensiva no resta lo irresponsable a sus intenciones, con consecuencias que bien aprendió su brillante antecesor Víctor Frankenstein. Al igual que él, Moreau nunca anticipó la magnitud de sus acciones:

Hasta ahora nunca me habían preocupado los aspectos éticos de la cuestión. El estudio de la Naturaleza vuelve al hombre tan cruel como la propia Naturaleza. Yo he seguido adelante sin tener en cuenta nada más que la cuestión que perseguía, y el material ha… ido acumulándose en el interior de aquellas cabañas…

Basta por ahora de Moreau. Recordemos a otro ilustre científico loco, hijo también de Wells. Pero eso será la siguiente semana.

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Roberto Coria es investigador en literatura y cine fantástico. Imparte desde 1998 cursos, talleres, ciclos de cine y conferencias sobre estos mundos en diversas casas académicas. Es asesor literario de Mórbido. Escribió las obras de teatro “El hombre que fue Drácula”, “La noche que murió Poe” y “Renfield, el apóstol de Drácula”. Condujo el podcast Testigos del Crimen y escribe el blog Horroris causa. En sus horas diurnas es Perito en Arte Forense de la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal.