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De la vasta y diversa bibliotec a que nos dejó, nada me gusta más que su narración de algunos milagros atroces. The Time Machine, The Island of Dr. Moreau, The Plattner Story, The First men in the Moon. Son los primeros libros que yo leí; tal vez serán los últimos...

-Jorge Luis Borges

 

Un día como ayer, hace 150 años, en el pequeño poblado de Bromley, en Kent, Inglaterra, nació Herbert George Wells. Cuando pienso en él, inevitablemente lo relaciono con sus contemporáneos Bram Stoker y Robert Louis Stevenson. No lo digo porque se hayan conocido físicamente, o porque exploraran temas similares, ni porque les deba algunas de las narraciones más entrañables de las que tengo memoria. Lo hago porque adquirieron su amor por la literatura en su tierna infancia, postrados en una cama, rodeados por cuatro paredes opresoras. Mientras otros padecimientos aquejaron a los pequeños Bram y Robert, a “Bertie” (como le decían en su casa) una fractura –mal atendida- en la pierna le ocasionó una larga y dolorosa convalecencia que lo arrojó a los brazos de los libros. Y creo que todos podemos sentirnos agradecidos por ello.

 

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En 1899, Oscar Wilde calificó a Wells como “un Julio Verne científico”. Ambos autores, Wells y Verne, siempre competirán por el título de ser fundadores de un género artístico –la ciencia-ficción, naturalmente-. Pero esa es otra larguísima historia. Lo cierto es que ambos escribieron narraciones extraordinarias, completamente vigentes en nuestro tiempo, con lecturas inagotables. Aunque el británico nos legó una infinidad de novelas, estudios históricos (Breve Historia del Mundo, 1919-1920), brillantes textos científicos (Anticipaciones de la reacción del progreso Mecánico y Científico sobre la marcha de la vida y el pensamiento humanos, 1901) y eruditos ensayos sobre política y religión, tres de sus obras me son especialmente significativas por su relación con nuestros intereses Mórbidos: La isla del doctor Moreau (1896), El hombre invisible (1897) y La guerra de los mundos (1898).

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De ellas –y en los dos primeros casos, de sus enloquecidos protagonistas- he hablado ampliamente en este espacio. Mientras esas dos historias son dignísimas sucesoras del Frankenstein de Mary Shelley y nos invitan a la reflexión sobre los límites y las implicaciones éticas y morales de los avances científicos, la última es el reflejo perfecto del miedo del hombre al cambio, lo nuevo e incierto, la amenaza que llega más allá de nuestro universo doméstico. Si alguien duda sobre su poder, basta con recordar el pánico que un joven actor llamado Orson Welles propagó gracias a las ondas radiales la noche del 30 de octubre de 1938, y del que también escribí en el pasado.

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Creo que no necesitamos viajar en el tiempo para anticipar la perdurabilidad de lo imaginado por Wells. Cuanto salió de su mente nos sucederá a todos. Maravillará a generaciones posteriores a la nuestra. Siempre representará el triunfo de la razón y la imaginación, territorios que pueden coexistir si se visitan con inteligencia y sensibilidad.