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El ánimo festivo domina el ambiente, así que seré breve. El pasado martes 13 de septiembre se cumplieron los primeros 100 años de vida de Roald Dahl, uno de los narradores más talentosos del siglo XX. Tal vez su nombre diga poco a muchas personas, pero si menciono algunos de los títulos de su amplia bibliografía –James y el durazno gigante (1961), Charlie y la fábrica de chocolate (1964), El gran gigante bonachón (1982), Las brujas (1983), y Matilda (1988)- nos podremos dar una idea de su trascendencia. En el mundo occidental se celebró con incontables actividades el llamado Roald Dahl Day. Y naturalmente, Mórbido lo recordará en su venidera emisión.

roald-dahl-02aEncontraremos afinidad con él desde su primer libro, Los Gremlins (1942), que trata de esas traviesas criaturas que infestaban los motores de los aviones de la Real Fuera Aérea donde sirvió –porque fue un hombre de acción en su juventud- y de las que nuestro admirado Joe Dante conoce un poco. Fue publicado en Estados Unidos por la compañía de Walt Disney, quien pretendía convertirla en un largometraje animado. Su intención nunca prosperó. De haber sucedido, la Historia sería muy diferente.
roald-dahl-03Su obra en conjunto es del interés de todo diletante de lo fantástico, pero especialmente relevante para nuestros temas es una de sus facetas que más admiro: el cuentista malicioso y brillante que fascinó a Alfred Hitchcock y lo llevó a la pantalla chica en 6 ocasiones en su mítico programa Hitchcock presenta. Posiblemente así se sintió atraído por la televisión, cuando en Reino Unido se convirtió su antología Relatos de lo inesperado en un serial que se transmitió de 1979 a 1988. Su episodio La máquina de sonido, en el que un botánico inventa un dispositivo que le permite escuchar a las plantas, es simplemente aterrador –para carnívoros y vegetarianos por igual-:

La pequeña aguja se deslizaba lentamente por el disco, y de pronto oyó un grito, un impresionante grito agudo; se sobresaltó y se agarró con fuerza a la mesa. Miró a su alrededor como si esperase ver a la persona que había gritado. No había nadie a la vista excepto la vecina en el jardín, y ella no lo había hecho. Estaba inclinada sobre unas rosas amarillas, que cortaba y ponía en su cesta.

 

 

Por esa y muchas otras razones, debemos inmensa gratitud a Roald Dahl. Siempre se rehusó a tratar a los niños de manera condescendiente, como criaturas frágiles e irracionales a las que había de proteger a toda costa de los horrores de la realidad. Es por ello uno de los autores de literatura infantil más respetables y alabados de todos los tiempos. Porque si algo nos legó es la certeza de que sin importar cuán horrible pueda ser este mundo, lo maravilloso siempre es posible.

 

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Por ello, Ana Luisa Campos le preparó un pastel de chocolate amargo –digno del mismísimo Willy Wonka- y con el ya clásico retrato que dedicó a Dahl su ilustrador de cabecera Quentin Blake, parte importantísima de  su legado. Y no es por presumir, pero estuvo delicioso.