Por Roberto Coria

Pongámonos serios un momento.

El horror que disfrutamos, el que está plagado de fantasmas, vampiros y hombres lobo, es inofensivo respecto al que nos aguarda en la realidad y podemos tener la desgracia de conocer de frente en cualquier momento. Éste nos causa temor pero también posee un carácter lúdico. Sabemos que sólo basta cerrar un libro, salir de la oscuridad de la sala de cine o presionar la tela de un control remoto para que el monstruo en turno desaparezca. En resumidas cuentas es mejor que el que conocemos en las noticias cotidianas, que vemos en los titulares de la nota roja en todos los rincones del planeta. Los que me siguen, saben que trabajo en un lugar donde soy testigo de lo peor del ser humano todos los días. En retrospectiva eso es uno de los factores por los que me parecen tan atractivos los horrores de la imaginación: son metáforas que hablan estupendamente de las zonas oscuras del hombre. Las abuelas nos advierten sabiamente que hay que tener más miedo de los vivos que de los muertos. Un gigantón putrefacto con máscara de hockey y machete en mano no me intimida en la comodidad de mi butaca. En cambio se vuelve brutalmente real como lo demuestra el ataque registrado el 23 de marzo pasado en Manchester, Inglaterra, donde un hombre fue agredido en la puerta de su casa por un sujeto enloquecido que usaba el arma y atuendo del homicida de Viernes 13. Socialmente hablando, el horror de las bellas artes es una válvula de escape de lo tangible. Prefiero en cualquier momento a sus terribles protagonistas que a un hombre que porta una pistola y pretende quitarme mi billetera. En estos tiempos difíciles, las novelas, teleseries y películas de horror son algo importante, necesario y digno.

Si retrocedemos podemos encontrar una enorme cantidad de obras artísticas que nos acercan a los horrores de los que hablo, desde William Shakespeare y la tragedia isabelina, al Teatro de Grand Guignol, las películas de Alfred Hitchcock o el asesino antropófago creado por Thomas Harris. E insisto. Los ejemplos sobran. Uno de mis favoritos, como también saben mis adeptos, es la creación de los estadounidenses Bob Kane y Bill Finger. Lo he dicho en muchas ocasiones. “Tercera víctima y único sobreviviente de un doble homicidio, nacido del horror y modelado por la pérdida y la disciplina, Batman posee un especial significado en una época donde el crimen es parte de nuestra vida diaria”. Es miembro distinguido de una limitada estirpe de superhéroes de historietas que no poseen poderes sobre humanos. Hablo de los que no son Dioses caídos a la Tierra, no fueron fortuitamente mordidos por una araña radioactiva, expuestos accidentalmente a rayos cósmicos en el espacio o su naturaleza no fue modificada en un laboratorio, acercándolos a la omnipotencia. No sólo son los poseen una mayor complejidad psicológica, sino los que su vulnerabilidad los aproxima más a los lectores. Sabemos que Supermán nunca será lastimado por una bala; en cambio Frank Castle, alias The Punisher, puede morir si recibe una. Están expuestos a los peligros que podemos correr tú o yo. Y aun así, su sentido de heroísmo y determinación –o serios trastornos psicológicos- los llevan al límite.

Reflexiono todo esto porque acabo de ver la primera temporada de la encarnación televisiva de un personaje injustamente tratado por el cine en tiempos recientes, un caso que sobrepasó todas mis expectativas y establece una analogía que debería cumplirse siempre: la Justicia es ciega. Pero hablaré de ello la siguiente semana.

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Roberto Coria es investigador en literatura y cine fantástico. Imparte desde 1998 cursos, talleres, ciclos de cine y conferencias sobre estos mundos en diversas casas académicas. Es asesor literario de Mórbido. Escribió las obras de teatro “El hombre que fue Drácula”, “La noche que murió Poe” y “Renfield, el apóstol de Drácula”. Condujo el podcast Testigos del Crimen y escribe el blog Horroris causa. En sus horas diurnas es Perito en Arte Forense de la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal.