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Siempre sentiré una especial gratitud hacia el actor británico John Henry Brodribb. El viernes pasado se cumplieron 111 años de su muerte física. Sus restos –sus cenizas- yacen en la majestuosa Abadía de Westminster, en Londres. Su nombre de nacimiento tal vez no diga gran cosa a muchos, pero la cosa cambiará al leer su sobrenombre artístico, Henry Irving, y más cuando diga que fue jefe del autor irlandés Bram Stoker por poco más de 27 años. La fotografía que incluyo, tomada en algún momento de 1891, es uno de los pocos testimonios donde los vemos juntos. Su diferencia de estaturas es notable: Bram rozaba el metro con noventa centímetros, mientras Irving era más bajo que él. El eterno Hugo Gutiérrez Vega nos ofrece un lúcido retrato suyo:

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Sir Henry Irving fue el patriarca de una familia teatral. Se llamaba John Brodribb y, por sus indiscutibles méritos, se le permitió usar el nombre de Henry I. En 1895 fue nombrado caballero del Imperio Británico (fue el primero de la profesión cómica que recibió tamaña distinción) y recibió doctorados Honoris causa por las universidades de Dublín, Cambridge y Glasgow. En su tiempo se le comparaba con Mounet-Sully, el gran actor francés, y sus composiciones de personajes hacían que algunos críticos recordarán a Kean y a Garrick, los geniales actores británicos.

Sir Henry pertenece a esa raza de hombres de teatro en el sentido más estricto del término. Siguieron su camino, algunos años más tarde, sus hijos y nietos, así como actores como Richardson, Guiness, Olivier, Gielgud, O' Toole, Burton, Finney y Bates entre otros maestros de la escena londinense. La vida de Sir Henry estuvo ligada al hermoso Lyceum, teatro que pereció en un incendio horriblemente real. Ahí representó sus personajes shakesperianos, el Jingle en la adaptación teatral del Pickwick, de Dickens, el protagonista de esa curiosidad que es Una historia de Waterloo , la única pieza teatral de Sir Arthur Conan Doyle, así como varias obras de Sardou, de Merivale y la adaptación de Wills al Fausto de Goethe.

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En 1867, luego de que un joven Stoker –de 20 años-, durante sus días como estudiante en el prestigiado Trinity College, lo viera actuar como el Capitán Absolute en la obra Los rivales de Richard Brinsley Sheridan, representada en una gira en El Teatro Real de Dublín, sucedió algo importantísimo en el incipiente escritor: se consolidó el amor por las artes escénicas que inició a través de los relatos de su padre Abraham Stoker. En ese instante inició una travesía que lo llevaría a convertirse en crítico, cuentista, gerente del Teatro Lyceum y secretario particular de Irving. Más que eso, comenzó el viaje que lo llevaría a escribir Drácula.

¿Por qué mi deuda impagable con él? De su marcial –tiránica en muchos momentos- relación con su empleado surgió uno de los personajes más importantes de la cultura contemporánea, uno que a sus primeros 119 años de vida –o no vida- posee lecturas inagotables.

¿Habría escrito Bram Stoker su novela más importante de no conocer a Irving y migrar de su país natal? Sin duda alguna. Pero sería muy diferente. No poseería ese matiz inolvidable y estremecedor que le caracteriza. Toda obra de arte posee rasgos autográficos. Su sola línea “Este hombre me pertenece” habla contundentemente del dominio que ejercía sobre Bram su vampiro de la vida real, y es evidente que su apellido tiene el mismo número de letras que el de su atormentado protagonista Jonathan Harker. De hecho, Stoker y Harker suenan muy parecido.

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La noche del 13 de octubre de 1905, durante una gira que se vio forzado a hacer tras el incendio que dejó herido de muerte al imponente Lyceum, y al recitar las líneas finales de su personaje, Irving cayó en su campo de batalla, el escenario. Al presentarse en el lugar, Bram permaneció a su lado, como un fiel escudero velando los restos de su Caballero.

Hoy en día Irving goza de un reconocimiento internacional muy merecido que se limita a los círculos especializados en las artes escénicas, mientras el de Stoker es casi universal. Pero posiblemente no lo habría alcanzado sin él. Para finalizar, me parece oportuno reproducir las palabras que puse en labios de la virtuosa actriz Ellen Terry (1847-1928) en el planteamiento teatral que escribí hace unos años.

Tú comenzaste a morir esa noche, Bram. Recibiste más condolencias que la esposa e hijos del Todopoderoso. En muchas maneras, y con justicia, te convertiste en su familiar más cercano. Rendir tributo a su memoria fue tu cruzada. El que sobrevive lo hace para contar la historia, ese fue tu último deber para con el maestro, Henry Irving, el más grande actor de su época, el hombre que fue Drácula. Tu Drácula.

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Roberto Coria es investigador en literatura y cine fantástico. Imparte desde 1998 cursos, talleres, ciclos de cine y conferencias sobre estos mundos en diversas casas académicas del país. Escribió la puesta en escena “El hombre que fue Drácula”. Es asesor literario de Mórbido. Condujo el podcast Testigos del Crimen y escribe el blog Horroris causa, convertido ahora en un programa radiofónico. En sus horas diurnas es Perito en Arte Forense de la Procuraduría General de Justicia del que anteriormente era conocido como Distrito Federal.