Por Roberto Coria

Los vampiros son mi primer romance literario. Son el tema con que más me he vinculado a través de cursos, conferencias y obras de teatro. Aunque he estudiado otras figuras, no puedo resistir el llamado de la sangre. Eso comprueba el embrujo que ejerce en casi todos los aficionados del horror. Hoy escribo de él nuevamente por el avance trailer le dicen hoy- de la teleserie que la cadena estadounidense NBC estrenará en breve. El proyecto es protagonizado por el irlandés Jonathan Rhys Meyers, mejor conocido por su interpretar al Rey Enrique VIII en el drama The Tudors. Curioso. Ahora tiene el difícil reto de encarnar al Rey de los Vampiros con digitad y eficiencia. Las imágenes trazan un vínculo con el personaje histórico que inspiró en parte a Bram Stoker para concebir su creación más perdurable. Sin duda alguna, la figura más relacionada con el vampirismo, gracias a la imaginación del autor irlandés, es Vlad Drácula, quien nació en algún momento de 1431. Su padre, Vlad Dracul, adquirió este nombre cuando en el mismo año recibió la Orden del Dragón del santo emperador romano Segismundo de Luxemburgo, nombrándolo defensor de las fronteras de Transilvania.

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Vlad Drácula simplemente heredó el nombre de su padre, no se le adjudicó a causa de su notable crueldad como mucha gente supone. En su libro Dracula, a biography of Vlad the impaler, los antropólogos Raymond McNally y Radu Florescu citan al profesor Constantino C. Giurescu, decano de los historiadores rumanos:

El nombre Drácula pertenece a la categoría de los sufijos romanos que terminan en ulea, tales como “mamulea”, “tatulea” y “radulea”. Dracula, o más específicamente “Draculea”, significa, de este modo, hijo del diablo, así como Tatulea quiere decir hijo de Tatul. Drácula fue el hijo del diablo, ya sea porque su padre haya sido un malvado, se le haya visto o se le haya hecho aparecer como un ser malvado. Más probablemente, a causa de que la Orden que heredó de su padre tenía un símbolo malvado.

Los cronistas rumanos se referían a Vlad mayormente no como Drácula, sino como Tepes, el Empalador (tse-pesh significa estaca en la lengua rumana) en alusión al método favorito del príncipe de imponer la muerte lenta a sus enemigos. Se dice que Vlad aprendió y perfeccionó este método de tortura en su infancia, mientras era prisionero -junto con su padre y su hermano Radu- del sultán Murad II en Turquía.

Vlad heredó el trono de su padre y gobernó la región de Valaquia en intervalos de 1456 a 1476. Su reinado fue una especie de puritanismo calvinista caracterizado por su conducta despiadada hacia los enemigos de su nación o a quienes juzgaba culpables de inmoralidad o pereza. A la caída de Constantinopla en 1453 inició una guerra sin cuartel contra los invasores turcos que prosiguió hasta su muerte.

dracula01La fama que Drácula ha ganado gracias a sus hábitos crueles y poco ortodoxos lo ha relacionado con la figura del vampiro. Sin embargo debemos aclarar que, a diferencia de los asesinos que examinaremos posteriormente, Drácula nunca tuvo hábitos hematófagos; aunque de todos es conocido un famoso grabado que le muestra disfrutando de una suntuosa cena al fresco frente a un bosque de cadáveres empalados, uno de sus placeres más apreciados. Era extraordinariamente cruel, como muchos gobernantes de la época, y hasta nuestros días es considerado un héroe nacional en su país, una especie de caudillo renacentista de nuevo estilo. Sobre sus métodos de tortura cita Ralf-Peter Märtin en su libro Los Dracula, Vlad Tepes el empalador y sus antepasados lo siguiente:

He aquí una detallada descripción de las distintas formas de ejecución empleadas por Vlad y, por supuesto, de su método preferido, el empalamiento: decapitar, mutilar narices, orejas, órganos sexuales y labios, cegar, estrangular, ahorcar, quemar, hervir, despellejar, asar, desmembrar, clavar, enterrar vivo, apuñalar, arrojar a las fieras, dejar caer a las víctimas sobre palos puntiagudos, obligarlas a comer carne humana, someterlas al tormento de la rueda, marcarlas al hierro candente, untar las plantas de los pies con sal o miel y darlas a lamer a los animales.

Vlad murió en combate entre diciembre de 1476 y enero de 1477. Existen muchas versiones al respecto. La más popular es que fue asesinado sus propios soldados, quienes le confundieron con un enemigo turco durante la batalla. Otra sugiere que fue a manos de Basarab Laiota, un contendiente a su trono, los turcos y los voyardos. Una crónica de la época narra el hecho:

Apoyado por los turcos, Basarab Laiota regresó, y durante la batalla que tomó lugar, los voyardos asesinaron a Vlad con sus lanzas, no sin antes que el príncipe masacrara a 5 de sus asesinos...Tepes no pudo siquiera llamar a sus tropas.

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El cuerpo de Vlad fue decapitado y su cabeza enviada a Constantinopla, donde fue exhibida a la usanza turca para anunciar la muerte del Empalador –algunas versiones indican que fue enviada al Sultán turco quien celebró su muerte durante tres días-. De acuerdo con la tradición, el cuerpo de Drácula yace enterrado en el monasterio de Snagov, lugar construido por órdenes suyas.

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Pero regresemos al nuevo Drácula televisivo. El proyecto, pese al deslumbrante espectáculo visual que promete, provoca mis más grandes reservas. No por las capacidades de Rhys Meyers, que creo es un actor competente, sino por la aportación que haría al mito. No digiero a un vampiro haciéndose pasar por un inventor estadounidense para infiltrarse en la sociedad británica, para comenzar. El eje será, como en el guión que escribió James V. Hart para Drácula de Bram Stoker (Francis Ford Coppola, 1992), una historia de amor y reencarnaciones. Y aunque la estatura e incontables méritos de la cinta que dirigió uno de los mejores cineastas vivos me hace pasar por alto esta licencia, Drácula no es una historia de amor. La insistencia me alarma por la proximidad al fenómeno Crepúsculo. Ya conoceremos el resultado. Lo único incuestionable es la perdurabilidad del vampiro.