Por Roberto Coria

Muy recientemente discutí con grandes amigos –cinéfagos irredentos- sobre el abuso que se ha hecho de populares monstruos que han fortalecido su permanencia en el imaginario popular gracias a la literatura, el cine y la televisión. Los primeros son los vampiros. Y les siguen –en tiempos recientes- los zombis, quienes son utilizados en numerosos medios –casi hasta el hartazgo- y se acercan a un peligroso desgaste. Si estos furores son cíclicos, ¿hacia dónde puede voltear el creador de los territorios fantásticos? Acaba de estrenarse Titanes del pacífico (Pacific rim, 2013), el más reciente largometraje de nuestro paisano Guillermo del Toro, una gran exploración al subgénero del kaiju, esas cintas originarias de la cultura nipona que centran su historia en el ataque de monstruos gigantes a las grandes urbes. Godzilla (Ishirō Honda, 1954) esta vez el ejemplo más reconocido en este rubro. Pero no me concentraré hoy en esto. Busco posibilidades de renacimiento. Y la figura del hombre lobo es la primera que me viene a la cabeza.

Esto no es extraño. Las creencias de la transformación de hombres y mujeres en bestias son tan antiguas como la humanidad misma. Encontramos pruebas de ello en obras literarias como la Epopeya de Gilgamesh, el Antiguo Testamento y la Odisea. Entre esta variedad de seres terribles sobresale precisamente la figura del licántropo. El término proviene de la leyenda del rey Licaón y se utiliza para designar a la persona que por diversas causas (una maldición, magia, el ataque de otro de estos seres, cuestiones hereditarias o trastornos mentales) sufre una metamorfosis que lo convierte en un lobo sediento de sangre. El hombre lobo es un reflejo de nuestra esencia primitiva, la pasión incontenible, el triunfo del instinto salvaje sobre la razón.

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Si bien la tradición oral y la literatura nos han ofrecido grandes historias desde El lobo blanco de las montañas Hartz (1839) de Frederick Marryat a El ciclo del hombre lobo (1983) de Stephen King, la cinematografía es responsable de enriquecer su mito, en gran medida por la posibilidad del impresionante despliegue de efectos especiales para las secuencias de la transformación. La imagen de una mujer desvalida perseguida por uno de estos monstruos en un páramo desolado, a la luz de la luna llena, es un tour de force para muchos cineastas y familiar para todos nosotros. Ya en el año de 1913 se había realizado una primera aproximación fílmica de dieciocho minutos al tema, titulada Werewolf, seguida de dos o tres cintas francesas, pero no fue hasta el año de 1935 en que el mito se estableció plenamente con la estupenda cinta The Werewolf of London de Stuart Walker, y se consolidó en 1941 con el estreno de The Wolfman de George Waggner, protagonizada por el memorable Lon Chaney, Jr. como el atormentado Lawrence Talbot. Disfruté enormemente su remake (Joe Johnston, 2010), pero esa es otra historia.

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Romasanta, la caza de la bestia

Abundaré sobre esta interesante figura en entradas posteriores. Diré para finalizar que una bocanada de aire fresco –sangre fresca, si quieren- nos la ofreció en el año 2004 el español Paco Plaza –co director de REC- en Romasanta, la caza de la bestia, cinta protagonizada por el británico Julian Sands en el papel de Manuel Blanco Romasanta, uno de los asesinos en serie más infames que nos ha entregado la península ibérica. Más allá, forma parte de esos seres tenebrosos conocidos como sacamantecas, equivalentes al coco o el hombre del costal en nuestras latitudes. En el libro Los duendes de los sueños (Martínez Roca, 1996) Jesús Callejo los define como. “todo aquél ser que mata, destripa y despanzurra a sus víctimas”. También es conocido como Sacaúntos, el Hombre del Saco, el Tío Camuñas, El Bute, el Tío Saín, el Tío Garrampón o Tío del sebo. Sin abundar en sus antecedentes o su profesión homicida, Romasanta no deja de llamar mi atención por su confesión al ser capturado: “Fui víctima de una maldición familiar que me convirtió en hombre lobo. La primera vez que me convertí fue en la montaña de Couso. Me encontré con dos lobos grandes de aspecto feroz. De pronto me caí al suelo, sentí convulsiones, me revolqué tres veces sin control y a los pocos segundos yo también era un hombre lobo. Estuve cinco días merodeando con los dos, hasta que volví a recuperar mi cuerpo”. Precisamente en esa tónica se mueve la cinta de Plaza. Al final el espectador se queda con la duda de si el asesino era realmente un licántropo o todo ocurrió en su cabeza. Esa es sólo una de las posibilidades que nos ofrece ese monstruo. Hace un par de semanas me enteré del nuevo proyecto de un joven cineasta mexicano. El renacimiento del lobo apenas comienza.