Por Roberto Coria

Hablar de La masacre de Texas nos llevará, inevitablemente, al viejo tema de los remakes (uso deliberadamente el anglicismo, pues casi todos lo aceptan). También los llaman, en la era de la corrección política, reelaboraciones. Coloquial y despectivamente, refritos. Este último calificativo tiene base en nuestra renuencia a aceptarlos, cosa parcialmente comprensible. Tendemos a formarnos un criterio en base a la experiencia, y de ésta hemos aprendido que muchos suelen ser malos, terribles, lamentables e irrespetuosos con la obra que los origina. Esto es ultrajante. Más cuando se realizan con un propósito meramente comercial. Porque siendo abrumadoramente realistas, la sangre vende. Si no fuera así, los estudios jamás habrían resucitado a Michael Myers, Jason Voorhees, Freddy Krueger y al maloso que hoy nos ocupa. Quiero defender a las minorías, porque no todos merecen ser menospreciados simplemente por tratarse de una nueva versión de una historia que conocimos y admiramos. Tomemos el caso de Drácula. Hacerlo sería descalificar el trabajo que Gary Oldman hizo en 1992, o la actuación de Sir Christopher Lee en 1957 y colocarlos por debajo de la interpretación de Bela Lugosi de 1931. Todos son vampiros memorables, con características distintas pero que se colocan dignamente en la misma posición en nuestra memoria y afectos.

En un momento del metraje de la reelaboración para el nuevo milenio de La masacre de Texas (Marcus Niespel, 2003), el enorme asesino conocido como Leatherface fabrica una máscara con la piel de su víctima anterior. Cuando ha terminado, retira de su cabeza la que usaba previamente para colocarse la nueva. Antes de ello observamos su tétrico rostro grisáceo, carcomido por una enfermedad de la piel. Esta exhibición fue severamente criticada por los aficionados de la cinta original. En ella el homicida jamás muestra su cara. Y tal vez eso –y no su sierra de cadena- sea lo más aterrador. Para Tobe Hooper el mal no tiene rostro, adopta el del fruto de sus apetitos. No sabemos si la deformación del asesino es física o mental y eso es, al menos para mí, lo más inquietante.

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La cinta de Nispel fue producida por Michael Bay, -el cuestionado pero eficaz mago de la estética visual y los blockbusters- y coproducida por Kim Henkel y Hooper, lo que asegura fidelidad a su visión. Tal vez por ello el resultado es afortunado en muchos sentidos: se trata de una producción modesta –para los parámetros de nuestros tiempos- que se desarrolla en la época de la versión original, cuenta con un reparto de –casi- desconocidos y tiene algunas adiciones interesantes, como el malvado Sheriff Hoyt interpretado por el veterano R. Lee Ermey, quien repite en cierta medida los matices de su Sargento Hartman en Cara de guerra (Full metal jacket, 1970) de Stanley Kubrick y vuelve a contar con la narración de John Larroquette al inicio y final de la historia, lo que le da un estilo casi documental. Era inevitable, siguiendo la costumbre de las mejores slasher movies, añadir corderos de sacrificio atractivos –“algo de carne”- a esta puesta al día, y para ello está su protagonista Jessica Biel, quien presume su bella figura sin ser el principal atributo de su personaje. Ahora las cosas son distintas. No es una simple scream queen ni sólo el atractivo visual de la película, sino que tiene un papel activo en su supervivencia. Pero lo mejor, a pesar de la cuestión de su rostro, fue que respetó la imagen de Leatherface, ahora interpretado por el actor Andrew Bryniarski. El mítico Gunnar Hansen, el maloso original, tiene una pequeña aparición en La masacre de Texas 3D (Texas Chainsaw 3D, John Luessenhop, 2013), película que mencioné la semana pasada. Y por supuesto, no podía faltar una gran sierra de cadena. Sobre ella, y las armas de elección de los asesinos slasher, les platicaré la semana siguiente.

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En resumidas cuentas, no debemos generalizar. Dicen que “el que pega primero, pega dos veces”, cierto. Pero el que disfrutemos un remake bien hecho no es un atentado contra una obra que siempre será insustituible, ni mucho menos nos convierte en traidores.

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Roberto Coria es investigador en literatura y cine fantástico. Imparte desde 1998 cursos, talleres, ciclos de cine y conferencias sobre estos mundos en diversas casas académicas. Es asesor en materia literaria de Mórbido. Escribió las obras de teatro “El hombre que fue Drácula”, “La noche que murió Poe” y “Renfield, el apóstol de Drácula”. Condujo el podcast Testigos del Crimen y escribe el blog Horroris causa. En sus horas diurnas es Perito en Arte Forense de la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal.