por Roberto Coria

Una opinión unánime entre los admiradores del tema es que Alien, el octavo pasajero, la cinta que el virtuoso británico Ridley Scott nos entregó en 1979, es una obra perfecta. Representa el mejor matrimonio entre géneros cinematográficos. Es una pieza de ciencia ficción pero también se inscribe en la mejor tradición del relato de horror, con clarísimos cimientos en la tradición gótica. Pero ya llegaremos a ello. Pedro Duque confirma el sentir de la generalidad en Arañas de Marte (Glénat, 1998): “no sólo fue una inflexión en el género, sino también dio al aficionado en las monster movies lo que le venían prometiendo durante más de tres décadas y casi nunca se cumplió: un monstruo auténticamente terrorífico, abundante gore y emociones que congelaban las palomitas en las tripas”. Nos llevaría mucho desmenuzar los elementos de su vigencia de casi cuatro décadas: la mano firme de Scott, la estética opresiva e inquietante que procede de la imaginación del finado artista suizo Hans Rudolf Giger y su mítico Xenomorfo animado por –el también desaparecido- genio italiano de los efectos especiales Carlo Rambaldi y que fue dotado de vida por el nigeriano Bolaji Badejo (fallecido también), el inmenso y herrumbroso Nostromo –que no es diferente del Castillo de Otranto de Anne Radcliffle- propiedad de la malvada corporación Weyland (antes de fusionarse con la compañía Yutani) diseñado por Michael Seymour, la opresiva cinematografía de Derek Vanlint, la inteligente visión de sus productores David Giler y Walter Hill, el contundente guión de Dan O´Bannon y Ronald Shusett (también difuntos, colmo del horror), el reparto de camioneros espaciales integrado por el galllardo capitán Dallas interpretado por Tom Skerritt, la timonel Lambert encarnada por Veronica Cartwright, el ingeniero Brett de Harry Dean Stanton, el oficial ejecutivo Kane caracterizado por John Hurt, el oficial científico (y “persona sintética”) Ash de Ian Holm, el ingeniero en jefe Parker de Yaphet Kotto y, la más famosa integrante de la tripulación, Sigourney Weaver como la oficial Ripley. Ella recibió el grado de teniente en sucedáneas entregas y, en las ponderadas palabras del crítico de cine Rafael Aviña (en El cine de la paranoia, Times editores, 1999), “propició un nuevo arquetipo del cine de los 80-90: la mujer retadora de la falocracia”. Y olvidé mencionar al gatito Jones –interpretado por cuatro felinos idénticos-, que en un acto de justicia debería ser conocido como “el noveno pasajero”.

La creación de Scott ha propiciado una redituable saga integrada por tres películas (de las que hablaré la siguiente semana), cómics –se enfrentó a Batman, por citar sólo un caso-, videojuegos, dos decepcionantes pero a veces divertidos crossovers (Alien contra Depredador) y una suerte de precuela (cuya continuación Alien: Covenant está en camino). Es innecesario decir que todos palidecen frente a su fascinante hermana mayor. De ello platiqué la tarde del pasado sábado con Blanca López, Antonio Camarillo y Raúl Camarena, enormes conocedores del fenómeno, en el cierre del festival que el entusiasta colectivo Vocoder le dedicó a este espécimen fundamental del Séptimo Arte. Como leí antier –la confirmación de un remake de Memento de Christopher Nolan-, y haciendo a un lado los futuros esfuerzos de Scott, no descarto una reelaborción de Alien dentro de algunos años. Esa es a la vez la pesadilla suprema y un sueño inalcanzable.

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Roberto Coria es investigador en literatura y cine fantástico. Imparte desde 1998 cursos, talleres, ciclos de cine y conferencias sobre estos mundos en diversas casas académicas del país. Es asesor literario de Mórbido. Escribió las obras de teatro “El hombre que fue Drácula”, “La noche que murió Poe” y “Renfield, el apóstol de Drácula”. Condujo el podcast Testigos del Crimen y escribe el blog Horroris causa, convertido ahora en un programa radiofónico que concluyó su primera temporada de vida. En sus horas diurnas es Perito en Arte Forense de la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal.