Por Roberto Coria

Concluyo la pausa que propició el gran Federico Curiel. Regreso ahora al pesimismo. Cuando investigaba –con motivo de mi entrada sobre La carretera de Cormack McCarthy- en la red sobre películas de desastre, ese subgénero de la ciencia ficción que se nutre del drama y el horror –aunque estos pueden ocupar el centro de la trama-, encontré la clasificación de la Wikipedia. Como entes sociales, siempre nos atrae la desgracia ajena, y en el caso del cine podemos presenciarla desde la seguridad de nuestra butaca. La taxonomía de este recurso de Internet me pareció interesante, a pesar de incluir cintas que no siempre encajan en los rubros que enuncia. También me brindó la pauta para crear una propia. Cual “Índice de maldad”, la someto a su consideración.

1. DESASTRES NATURALES. No hay fuerza más inclemente y poderosa que la naturaleza. Frente a ella, a pesar de nuestros portentosos avances tecnológicos, sólo podemos sentir respeto y humildad. No obstante, la indiferencia, ignorancia y codicia del ser humano han atentado indiscriminadamente contra ella. He aquí su venganza.

1.1. Desastres ambientales. Son dramas de supervivencia donde grupos humanos, grandes o pequeños, sufren diferentes embates de la naturaleza. Pueden ser:

1.1.1. Avalanchas. La película homónima de 1978 (Avalancha, Corey Allen) es la representante ideal.

1.1.2. Terremotos. Terremoto (Mark Robson, 1974) es un gran ejemplo. La Ciudad de México ha vivido las consecuencias de éstas catástrofes, como bien recuerdan las personas de mi generación. Hablo de terremotos causados por la naturaleza, no de los provocados por explosiones atómicas o dispositivos arrancados de películas de espionaje, como la bomba atómica que Lex Luthor detonó en Supermán (Richard Donner, 1978).

1.1.3. Meteoros. Una de las primeras películas que vi en esos monstruosos reproductores betamax, en mi tierna infancia, fue precisamente Meteoro (Roland Neame, 1979), estelarizada por Sean Connery. Otra película que se toma en serio el tema, con todo y su absurdo cómico y sus impresionantes efectos especiales –para la fecha-, es Armageddon (Michael Bay, 1998). No olvidemos Impacto profundo (Mimi Leder, 1998).

1.1.4. Volcanes. Volcán (Mick Jackson, 1997) y El pico de dante (Rogar Donaldson, 1997), son dos ejemplos de cine de desastres de los años finales del milenio pasado. El jefe de los servicios de emergencia de Los Ángeles (Tommy Lee Jones) en la primera, y un vulcanólogo (Pierce Brosnan) en la segunda, son los responsables de salvar el día.

1.1.5. Inundaciones y olas devastadoras. Retratos de hechos de la vida real, como el terrible tsunami –o surimi, según una voluptuosa “cantante” y “actriz”- que destruyó buena parte de Tailandia.

1.1.6. El mar todopoderoso. Una tormenta perfecta (Wolfgang Petersen, 2000) muestra claramente el poder absoluto del inquilino más grande de este planeta –ocupa do terceras partes de él-. En este sentido, algunas películas de desastres de transportación náutica se colocan en esta categoría.

1.1.7. Calentamiento global. Sus efectos sitúan este fenómeno en esta categoría, pero me parece más adecuado ubicarlas los desastres causados por el hombre.

1.1.8. Tornados. Claramente ilustrados en la película homónima (Tornado, Jan DeBon, 1996).

1.2. Incendios. Cuando el fuego es causado por causas naturales (un rayo que inicia un incendio que devasta una gran área boscosa, por ejemplo). De no ser así, son iniciados por hombre.

1.3. Animales y plantas. Los pájaros (1963) de Alfred Hitchcock y su curioso homenaje El fin de los tiempos (M. Night Shyamalan, 2008) demuestran cómo la naturaleza puede cansarse de nosotros. Tarántula (Jack Arnold, 1955), Enjambre (Irwin Allen, 1978), Piraña (Joe Dante, 1978) y Aracnofobia (Frank Marshall, 1990) son ejemplos notables del pavor ancestral a ciertas especies animales.

1.4. Monstruos. Grandes amigos de Mórbido. Los producidos por la naturaleza, como muchos de los que aparecen en la obra del inglés William Hope Hogdson. En Terror profundo (Stephen Sommers, 1998) unos malvados monstruos marinos hacen estragos sobre un moderno trasatlántico.

1.5. Epidemias. Tienen que ser por causas naturales, como la influencia H1M1 (¿fue natural?). Si no, entran en las producidas por el hombre.

1.6. Desastres espaciales. Nuevamente, tienen que ser ocasionados por la naturaleza, no por extraterrestres ni alienígenas. Si no, los debemos al hombre.

 

2. DESASTRES CAUSADOS POR EL HOMBRE. Esta categoría se inscribe dentro de los mitos de Frankenstein: la creación que se rebela contra su creador. La arrogancia del hombre, orgulloso de su conocimiento y tecnología, propicia los más grandes males a través de:

2.1. Materiales peligrosos

2.1.1. Desastres químicos y epidemias. Exterminio (Danny Boyle, 2002) da cuenta de un desastre epidemiológico –iniciado por ambientalistas recalcitrantes que liberan monos infectados- que diezma a casi toda la población del archipiélago británico en los 28 días del título original. Junto con REC (Plaza y Balagueró, 2007) es uno de los mejores especimenes de cine de zombis –sin utilizar el apelativo- del nuevo milenio. La Amenaza de Andrómeda (1971 y remake televisivo de 2008), basada en la novela de Michael Crichton, Epidemia (Wolfgang Peetersen, 1995) y Soy Leyenda (Francis Lawrence, 2008) pertenecen a esta corriente.

2.1.2. La rebelión de las máquinas. Muy emparentada a los mitos de Frankenstein.  Terminator (James Cameron, 1984) y la trilogía Matrix (hermanos Wachowski, 1999 y 2003) son los mejores exponentes de esta corriente. Ambas abrevan de la imaginación de Phillip K. Dick, William Gibson y algunos de los mejores representantes de la ciencia ficción literaria. Las máquinas, creadas por el hombre para facilitar su existencia, alcanzan un gran nivel de desarrollo, toman conciencia de su superioridad y resuelven que la humanidad es un peligro para su supervivencia y el entorno. Por ello deciden aniquilarnos o nutrirse de nosotros. Cría cuervos…

2.1.3. Desastres nucleares. Un día después (Nicholas Meyer, 1983) nos muestra las consecuencias de un tema que engendró las más notables cintas de horror de los 50s y un subgénero del cine de ciencia ficción japonés conocido como Kagigu eiga –de monstruos gigantes- que tiene en Godzilla a su más notable representante.

2.1.4. Incendios. Un título lo resume todo: Infierno en la torre (John Guillermin e Irwin Allen, 1974).

2.1.5. Calentamiento global. En El día después de mañana (Roland Emmerich, 2004) todo tipo de desgracias, desde enormes marejadas hasta una anticipada glaciación, son producto de la alteración del clima causada por el calentamiento global. Lo mejor de la película: al final, los países subdesarrollados son la salvación del primer mundo.

2.1.6. Monstruos gigantes. Godzilla (Ishiro Honda, 1954), en esencia, es un común y natural lagarto que alcanzó una proporción colosal y destructiva por estar sometido a la radiación de pruebas atómicas realizadas por el hombre. Igual ocurrió con su remake estadounidense (Emmerich, 1998). Es representante de toda una vertiente de cintas que proliferaron en los años cincuenta y sesenta. Las causas que originaron a su colega y heredero norteamericano, el monstruo de Cloverfield (Matt Reeves, 2008), no han sido aclaradas –no sabemos si es de este mundo, si lo creó la milicia o es una especie desconocida por del hombre-, por lo que reservo su clasificación. El cine de monstruos gigantes es otra historia (y que merecerá futuras entrada de este espacio).

2.2. Desastres de transportación. Las cosas a veces salen mal.

2.2.1. Aeroplanos. De ¡Viven! (Frank Marhall, 1993) al popular serial televisivo Lost, las desgracias aéreas son un prólogo excelente para todo tipo de aventuras. Presagio (Alex Proyas, 2009) muestra una excelente secuencia de un avión que se estrella. Las torres gemelas (Oliver Stone, 2006) y Vuelo 93 (Paul Greengrass, 2006) reviven un caso tomado de la horrible realidad –pues ésta supera a la ficción-, donde un conocido grupo terrorista estrella aviones de pasajeros contra conocidos blancos de Estados Unidos. El drama de los pasajeros o los supervivientes es el centro de la película.

2.2.2. Automóviles y camiones. Máxima velocidad (Jan DeBon, 1994) suele considerarse dentro de este rubro, pero no olvidemos que es un maniático (Dennis Hooper, que en paz descanse) quien instaló una bomba en el autobús manejado heroicamente por Keanu Reeves y la hoy laureada Sandra Bullock.

2.2.3. Barcos y submarinos. La aventura del Poseidón (Roland Neame, 1972) y su infame remake. La taquillera Titanic (Cameron, 1997) y todas sus versiones previas son obvias.

2.2.4. Naves espaciales. Ejemplo claro: Apolo 13 (Ron Howard, 1995). La desgracia de esta nave, tomada de la vida real, se debió íntegramente a causas mecánicas, no a meteoros ni a criaturas alienígenas.

2.2.5. Trenes. Un desastre ferroviario es mostrado en El protegido (Shyamalan, 2000). Debemos a nuestro cine otro espécimen, La bestia negra (Gabriel Soria, 1939).

2.2.6. Parques temáticos. Más allá de Oestelandia (Michael Crichton, 1979), con Yul Brynner, cuenta la historia de unos robots que animan un parque de diversiones y se vuelven contra los visitantes, historia parodiada en Los Simpson. Jurassic Park (Spielberg, 1993) ingresa parcialmente en esta clasificación, no por su causa –dinosaurios creados genéticamente- sino por sus consecuencias.

 

3. DESASTRES SOBRENATURALES. Cuando el fin de la humanidad es causado por designios divinos, monstruos gigantes o invasiones extraterrestres.

3.1. La ira de Dios. Si el Creador contempla el desastre en que hemos convertido su obra, debe sentirse muy molesto. Por ello desata las más variadas formas de destrucción, desde sus hordas angelicales (Legión de ángeles, Scott Stewart, 2009) hasta plagas apocalípticas (Prueba de fe, Stephen Hopkins, 2007).

3.2. Por intervención extraterrestre. Representada por la trama planteada en pleno periodo victoriano por H. G. Wells y sus incontables revisiones, de Marcianos al ataque (Tim Burton, 1996) y El día de la Independencia (Emmercich, 1996) hasta el remake de El día que la tierra se detuvo (Scott Derrickson, 2009).

3.3. Monstruos. Cuando el origen de estos seres obedece a razones sobrenaturales.

Si analizamos todas las anteriores, podemos establecer una receta argumental.

1. La presentación. Los protagonistas, uno por uno, se presentan ante nosotros, con sus conflictos personales, manías y fobias, con el fin de ganar nuestra simpatía o despertar nuestra más profunda aversión.

2. Los avisos. El fenómeno destructor, causado o no por el hombre, comienza a anticipar su llegada. Los protagonistas pasan por alto estas advertencias. Algunos las perciben con suspicacia y otros advierten al mundo del inminente caos, pero son tachados de locos, como López Obrador.

3. El desastre. Se desata la destrucción. Vemos muchas muertes. Nuestros protagonistas emprenden un peregrinar lleno de riesgos para asegurar su supervivencia. Se someten a los más increíbles peligros.

4. La depuración. Varios de nuestros protagonistas mueren. Algunos heroicamente, otros por azares del destino, unos pocos porque lo merecen (según el espectador).

5. La resolución. El ánimo de los protagonistas parece desmoronarse, pero sacan fuerza de flaqueza. Están resueltos a sobrevivir.

6. La inyección de emoción. Para aumentar la tensión, el fenómeno destructor ataca de nuevo (una réplica de terremoto, la segunda erupción de un volcán, o un nuevo ataque extraterrestre, por ejemplo), pero nuestros héroes siguen adelante, facilitada su odisea con el costo humano de un valiente.

7. La luz al final del túnel. Luego de la tormenta viene la calma. Nuestros héroes –los sobrevivientes- recuperan la paz que el fenómeno destructor les arrebató. Casi siempre resuelven sus dramas individuales (conflictos de pareja, filiales o de trabajo) gracias a la experiencia.

Esta fue mi humilde clasificación y la receta que identifiqué para escribir una película de desastres. Depende de ustedes renovar la fórmula. Ahora, regresemos a la sangre.