Por Roberto Coria

unnamed-3Comienza 2014. Retomo lo interrumpido por fantasmas navideños y la euforia de las celebraciones. Hablábamos de la monstruosidad física según la clasificación de José Antonio Molina Foix. Y al platicar sobre este rubro, inmediatamente evoco la imagen del desgraciado Erik, ese ser deforme y sublime –ese Ángel de la Música- que habitaba los subterráneos de la Casa de la Ópera de París según nos lo presentó el periodista y escritor Gaston Leroux (1868-1927) en su novela Le Fantôme de l'Opéra, publicada por entregas entre 1909 y 1910. Posiblemente pocos hayan leído el maravilloso texto de Leroux, narrado como una investigación, muy en deuda con su pasión por los relatos policíacos, y nutrida de testimonios de primera mano. Esto es un triunfo inicial que le da verosimilitud periodística. Y cómo evitar la atracción inmediata. Afirma el autor que

“El fantasma de la Ópera existió. No fue en modo alguno, como se ha creído mucho tiempo, una inspiración artística ni una superstición. Sí, existió en carne y hueso, aunque tomaba todas las apariencias de un verdadero fantasma”.

Los testimonios sobre avistamientos del Fantasma abundan desde sus primeras páginas:

“¿Todo esto era en serio? La verdad es que la imaginación del esqueleto había nacido de la imaginación de José Buquet, jefe de los tramoyistas, que lo había visto realmente. Había tropezado con el misterioso personaje en la escalerilla que desde la escena baja directamente a los fosos, y lo había contemplado durante un segundo, antes de que el Fantasma huyera, y conservaba un recuerdo increíble de aquella visión”.

unnamed-1Y en verdad, todos lo hemos visto. Miles de cinéfagos alrededor del mundo recuerdan el momento en que la bella Christine Daaé (Mary Philbin) desenmascara el terrible rostro de Erik (Lon Chaney) en la joya homónima que Rupert Julian dirigió en 1925. Es un momento imperecedero, emblemático, evocado incontables ocasiones. ¿Cómo olvidar su recreación a cargo de los Gremlins en su segunda aventura (Joe Dante, 1990) o por el patriarca de la amarillenta familia Simpson? Regresemos a la descripción que hizo Leroux del momento:

“Pero antes de morir, quise conocer, para conservar la imagen en mi última mirada, aquellos rasgos desconocidos a los que debía haber transformado el fuego del arte eterno. Quise ver el rostro de la Voz, e instintivamente, mediante un gesto que no pude contener, ya que no era dueña de mí, mis dedos ágiles arrancaron la máscara... ¡Horror!, ¡horror!... ¡Horror!

Christine se detuvo ante aquella visión a la que aún parecía querer apartar con sus manos temblorosas, mientras que los ecos de la noche, al igual que habían repetido el nombre de Erik, repetían tres veces: ¡Horror, horror, horror!”

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Contrariamente a la creencia popular, la fealdad de Erik no se debe a un accidente, ni a un incendio. Se inscribe en la mejor tradición de los Fenómenos de Tod Browning de los que ya ha hablado. El meollo de su tragedia es que nunca pudo recibir ninguna muestra de amor –ni siquiera de su propia madre- debido a su tétrico aspecto, que el autor siempre describe como el de “un esqueleto que camina”, o “un cadáver sin nariz, con ojos y mejillas hundidas, de piel amarillenta y apergaminada”. Las causas de su deformidad siempre serán terreno fértil para la conjetura.

Continuaremos hablando de esta querida figura en las próximas semanas.

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Roberto Coria es investigador en literatura y cine fantástico. Imparte desde 1998 cursos, talleres, ciclos de cine y conferencias sobre estos mundos en diversas casas académicas. Es asesor en materia literaria de Mórbido. Es coautor de la obra de teatro “Yo es otro (Sinceramente suyo, Henry Jekyll)”. En sus horas diurnas es Perito en Arte Forense de la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal.