Por Roberto Coria

Sé que para la colectividad el amor está en el aire, como nos enseñó el cantante escocés-australiano John Paul Young. Es cierto que el amor puede ser algo sublime, pero también tortuoso y sombrío. En su nombre se han realizado acciones notables, pero también se han cometido los crímenes más monstruosos. Eso nos lo han enseñado muy bien la realidad y las bellas artes. El insidioso Iago llamó “el monstruo de los ojos verdes” a uno de sus hijos más torcidos, los celos, en Otelo (1653) de William Shakespeare. Pero pasemos por alto la fecha empalagosa, los ositos de peluche, los chocolates y los ramos de flores y sigamos hablando de El hombre invisible (1897), la novela de H. G. Wells que nos ocupó la semana anterior. Su aparentemente inmaterial protagonista, Griffin, tiene la inevitable necesidad de revelar sus secretos. Yo le llamo Síndrome del Enemigo de James Bond. Veamos qué tiene que decirnos:

¿Sabes que dejé medicina para dedicarme a la física, no? Bien, eso fue lo que hice. La luz. La luz me fascinaba. La densidad óptica es un tema plagado de enigmas. Un tema cuyas soluciones se te escapan de las manos. Pero, como tenía veintidós años y estaba lleno de entusiasmo, me dije: a esto dedicaré mi vida. Merece la pena. Ya sabes lo locos que estamos a los veintidós años. […] Me puse a trabajar como un negro. No llevaba ni seis meses trabajando y pensando sobre el tema, cuando descubrí algo sobre una de las ramas de mi investigación. ¡Me quedé deslumbrado! Descubrí un principio fundamental sobre pigmentación y refracción, una fórmula, una expresión geométrica que incluía cuatro dimensiones. Los locos, los hombres vulgares, incluso algunos matemáticos vulgares, no saben nada de lo que algunas expresiones generales pueden llegar a significar para un estudiante de física molecular. En los libros, ésos que el vagabundo ha escondido, hay escritas maravillas, milagros. Pero esto no era un método, sino una idea que conduciría a un método, a través del cual sería posible, sin cambiar ninguna propiedad de la materia, excepto, a veces, los colores, disminuir el índice de refracción de una sustancia, sólida o líquida, hasta que fuese igual al del aire, todo esto, en lo que concierne a propósitos prácticos […] La visibilidad depende de la acción que los cuerpos visibles ejercen sobre la luz. Déjame que te exponga los hechos como si no los conocieras. Así me comprenderás mejor. Sabes que un cuerpo absorbe la luz, o la refleja, o la refracta, o hace las dos cosas al mismo tiempo. Pero, si ese cuerpo ni la refleja, ni la refracta, ni absorbe la luz, no puede ser visible. Imagínate, por ejemplo, una caja roja y opaca; tú la ves roja, porque el color absorbe parte de la luz y refleja todo el resto, toda la parte de la luz que es de color rojo, y eso es lo que tú ves. Si no absorbe ninguna porción de luz, pero la refleja toda, verás entonces una caja blanca brillante. ¡Una caja de plata! Una caja de diamantes no absorbería mucha luz ni tampoco reflejaría demasiado en la superficie general, sólo en determinados puntos, donde la superficie fuera favorable, se reflejaría y refractaría, de manera que tú tendrías ante ti una caja llena de reflejos y transparencias brillantes, una especie de esqueleto de la luz. Una caja de cristal no sería tan brillante ni podría verse con tanta nitidez como una caja de diamantes, porque habría menos refracción y menos reflexión. ¿Lo entiendes? Desde algunos puntos determinados tú podrías ver a través de ella con toda claridad. Algunos cristales son más visibles que otros. Una caja de cristal de roca siempre es más brillante que una caja de cristal normal, del que se usa para las ventanas. Una caja de cristal común muy fino sería difícil de ver, si hay poca luz, porque absorbería muy poca luz y, por tanto, no habría apenas refracción o reflexión. Si metes una lámina de cristal común blanco en agua o, lo que es mejor, en un líquido más denso que el agua, desaparece casi por completo, porque no hay apenas refracción o reflexión en la luz que pasa del agua al cristal; a veces, incluso, es nula. Es casi tan imposible de ver como un chorro de gas de hulla o de hidrógeno en el aire.

Pero como lo que mal empieza, mal acaba,

Y, mirando hacia donde ella señalaba, todos vieron, débil y transparente, como si fuera de cristal, que se distinguían perfectamente las venas, las arterias, los huesos y los nervios, la silueta de una mano flácida e inerte. A medida que la miraban, parecía adquirir un color más oscuro y parecía volverse opaca […] Y así, lentamente, empezando por las manos y los pies, y siguiendo por otros miembros, hasta los puntos vitales del cuerpo, aquel cambio tan extraño continuaba su proceso. Era como la lenta propagación del veneno. Primero se empezaron a distinguir los nervios, blancos y delgados, dibujando el entorno confuso y grisáceo de un miembro, después, los huesos, que parecían de cristal, y las arterias; luego, la carne y la piel; todo ello como una bruma, al principio, pero después, rápidamente, denso y opaco.

Inadvertidamente pasé por alto la presencia del hombre invisible en la cinematografía nacional. En 1958 Alfredo B. Crevena dirigió El hombre que logró ser invisible a partir de un argumento de Alfredo Salazar. El solvente Arturo de Córdova interpretó al desafortunado Carlos, quien ingirió la fórmula desarrollada por su hermano Luis (Augusto Benedico), luchó por demostrar su inocencia en un crimen que no cometió y eventualmente cayó en las garras de la locura.

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También en habla hispana, el español Fernando Savater dio voz a la creación de Wells en el monólogo vigésimo sexto de su indispensable libro Criaturas del aire (Destino, 1979). Recuperemos una parte muy pertinente en estos días donde cupido revolotea impunemente:

Ahora podré dedicarme sin cesar a contemplarte. Seré tu testigo incansable y por fin veré todo lo que de tu vida desconozco, las mil cosas que antes escaparon por mi obsesión de hacerme notar. ¡Qué infinito alivio despreocuparme para siempre de la mejor forma de presentarme ante ti! Sólo aspiro a ser tu acechador.

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Basta por ahora de invisibilidades. La siguiente ocasión recordaremos a otro científico loco indispensable, imaginado por uno de los maestros indiscutibles del horror. Una pista antes de terminar: vivió en Providence, Rhode Island.

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Roberto Coria es investigador en literatura y cine fantástico. Imparte desde 1998 cursos, talleres, ciclos de cine y conferencias sobre estos mundos en diversas casas académicas. Es asesor literario de Mórbido. Escribió las obras de teatro “El hombre que fue Drácula”, “La noche que murió Poe” y “Renfield, el apóstol de Drácula”. Condujo el podcast Testigos del Crimen y escribe el blog Horroris causa. En sus horas diurnas es Perito en Arte Forense de la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal.