Por Roberto Coria

Ya hablé, sin ocultar mi desazón, de la crisis creativa que atraviesa el género en su arista cinematográfica. El otro día Antonio Camarillo, respetado amigo y sospechoso común de estos rumbos Mórbidos, compartió en redes sociales una lista impresionante sobre remakes, reboots, secuelas y demás bichos que se encuentran en desarrollo en este preciso momento. Y seguramente los títulos del recuento aumentan mientras yo escribo y ustedes leen estas líneas. Hace unos días el galardonado actor Dustin Hoffman declaraba que la industria pasaba por su peor momento en los últimos 50 años. Y él sabe un poco del negocio. Esto, si bien es abrumadoramente realista, sólo echa sal a la herida.

¿Cuáles son las causas del desastre? Yo sostengo que en el fondo se encuentran los intereses económicos, que frenan a los grandes estudios y a los creativos para experimentar con nuevas fórmulas que renueven e inyecten bríos a un tema que tradicionalmente se ve con desdén. Lo peor es que lo hacen pese a haber demostrado su enorme potencial financiero. Hagamos un ejercicio de objetividad. Aunque me fascine y ansíe ver nuevamente en acción a sus protagonistas, El Conjuro (James Wan, 2013) no sólo se basa en un caso –supuestamente- real, sino que nos presenta una historia que conocemos muy bien: la familia tradicional que compra una casa aparentemente idílica y es atormentada por fuerzas malignas. La principal virtud de la cinta, cuyo buen ejemplo es tan necesario en estos momentos, es emplear respetuosamente y con gran eficacia recursos que hemos visto en el pasado. Contiene, al menos, un par de escenas verdaderamente escalofriantes. Es una película de horror a la vieja usanza, al estilo de joyas irrepetibles como El bebé de Rosemary (Roman Polansky, 1968) o La Profecía (Richard Donner, 1976). El primer caso ya fue llevado recientemente a la televisión –sin pena ni gloria- y el segundo tuvo un innecesario remake en 2006. Con un gran resultado similar al filme de Wan, El Babadook (2014), escrita y dirigida por Jennifer Kent, nos ofrece una historia completamente nueva que da un giro interesante a la manera en que vemos los libros infantiles.

Mi pregunta es, si no se pretende la innovación, ¿por qué no recurrir a otros temas menos visitados, de los que se puede sacar provecho y –con mucha suerte- hacer aportaciones al mito por sus posibilidades? Regresar a La criatura de la laguna negra (Jack Arnold, 1954) permitiría disertar sobre el poder devastador de la especie humana en la era de Greenpeace y el respeto a la naturaleza, o volver la vista a El abominable hombre de las nieves (Val Guest, 1957) abriría las puertas para discutir sobre la soberbia del hombre de ciencia que no es capaz de reconocer más allá de lo que tiene a la vista. Y ni hablar de los horrores presentados por autores como Howard Phillips Lovecraft, a quien no se le ha hecho suficiente justicia en la pantalla grande. O ahí están otros monstruos clásicos –como el hombre lobo o la momia- que merecen renacer con dignidad “para las nuevas generaciones”. Universal Pictures, el estudio que los vio nacer, ha anunciado sus intenciones de resucitarlos. Novelas que derivarían en películas memorables, abundan. Ya que parece que en lo sucesivo sólo se pretende apostar a la segura, una recomendación. Sobre los inevitables vampiros, leí hace algunos años un libro refrescante del neozelandés David Bishop, Operación Vampiro (Timun mas, 2007), un híbrido muy disfrutable de relato de la Segunda Guerra Mundial y chupasangres, con aparición de Adolfo Hitler incluida.

En estos experimentos reposa el futuro del género. El horror está afuera.

__

Roberto Coria es investigador en literatura y cine fantástico. Imparte desde 1998 cursos, talleres, ciclos de cine y conferencias sobre estos mundos en diversas casas académicas. Es asesor literario de Mórbido. Escribió las obras de teatro “El hombre que fue Drácula”, “La noche que murió Poe” y “Renfield, el apóstol de Drácula”. Condujo el podcast Testigos del Crimen y escribe el blog Horroris causa. En sus horas diurnas es Perito en Arte Forense de la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal.