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Esta Tinta negra de cada jueves se vuelve hoy multicolor. Siempre he pensado que la figura del monstruo, tan estudiada y celebrada en estos rumbos, es una alegoría perfecta para todo lo que sale de la norma impuesta por una supuesta mayoría y que, indignantemente, es víctima de lo peor de los seres que se dicen “humanos”. Esa es una de las razones por las que todos los que somos diferentes a la colectividad nos sentimos tan identificados con ella. Debe ser un sentimiento similar al de la comunidad de personas Lesbianas, Gays, Bisexuales y Transgénero, que recientemente celebraron su anual marcha del orgullo en diferentes ciudades del planeta. A diferencia de lo que muchos opinan –pues contradictoriamente deberían abrazar la armonía-, tener una preferencia sexual distinta –que no daña físicamente a nadie- no te convierte en una mala persona. Aprendí de un hombre muy sabio que la tolerancia es la máscara hipócrita de la intolerancia. No hablo de ser condescendiente, sino de tener respeto por los que se oponen a tu pensamiento.

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Esta ignorancia, lamentablemente, ha sido generacionalmente promovida por muchas religiones y gobiernos. Casos de injusticias sobran. Recordemos a los británicos Oscar Wilde o Alan Turing, hombres a los que debemos, desde sus distintas trincheras, algunas de las contribuciones más brillantes de nuestro tiempo. Para finalizar las actividades que conmemoraron los primeros 200 años de la mítica reunión en Villa Diodati, tuve el gusto de presentar –junto a Abraham Castillo- la película Dioses y Monstruos (1999), drama conjetural sobre los últimos días de James Whale, el padre del Frankenstein cinematográfico. La cinta es orgullosamente gay en todos los sentidos. Whale fue un artista que nunca renegó de su orientación en una época donde esto no era cabalmente aceptado, al igual que su laureado intérprete Ian McKellen. Su director Bill Condon, su productor ejecutivo Clive Barker y Christopher Bram, autor de la novela que la origina, son homosexuales. El genio y el virtuosismo rebasan todos los prejuicios.

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Digo todo esto por la polémica que se suscitó hace unos días cuando el actor  George Takei, quien interpretara al navegante Hikaru Sulu en la mítica teleserie –convertida posteriormente en serial cinematográfico- Viaje a las Estrellas (Star Trek), criticara que su personaje –hoy encarnado por el actor John Cho- fuera presentado como una persona homosexual en la venidera tercera entrega del renacer fílmico de la historia, Star Trek: Beyond. Lo curioso es que Takei, quien en 2005 aceptó públicamente su preferencia sexual y desde entonces se convirtió en un importante activista a favor de los derechos de los que son  como él, criticó severamente que el guión del actor y escritor Simon Pegg y Doung Jung faltara al respeto a la intención de su creador Gene Rodenberry.

A primera vista, en una era donde el cambio de géneros, razas o ideologías se hace con intenciones meramente políticas o comerciales, el reclamo de Takei parecería justificado. Pero el espíritu de lo planteado por Rodenberry es la inclusión. La cúpula de la intrépida tripulación de la nave espacial USS Enterprise está conformada por estadounidenses, un vulcano, un asiático, una afroamericana, un escocés y un ruso. Mayor interculturalidad es imposible. Es por ello que la adición de un personaje homosexual es natural e inevitable en el siglo XXI. Yo no creo que Pegg, hombre inteligente y respetuoso de la ciencia ficción y el horror, haya sucumbido a lo vulgar y lo predecible. Para mí es un declarado homenaje a la valentía de Takei.  Y así lo reconoció. “Es desafortunado que la versión para cine del universo más inclusivo y tolerante de la ciencia ficción no haya mostrado un solo personaje LGBT hasta ahora. Pudimos haber presentado a un nuevo personaje gay, pero él o ella habría sido definido, primariamente, por su sexualidad, visto como el personaje gay, en lugar de ser simplemente quienes son”.

Juzgaremos el resultado en unas semanas.

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Roberto Coria es investigador en literatura y cine fantástico. Imparte desde 1998 cursos, talleres, ciclos de cine y conferencias sobre estos mundos en diversas casas académicas del país. Es asesor literario de Mórbido. Condujo el podcast Testigos del Crimen y escribe el blog Horroris causa, convertido ahora en un programa radiofónico. En sus horas diurnas es Perito en Arte Forense de la Procuraduría General de Justicia del que anteriormente era conocido como Distrito Federal.