Por Roberto Coria

Sé que todo lo que se publique en la red las siguientes dos semanas quedará sepultado dos veces. Primero por las fiestas de fin de año y luego por la euforia que despierta el fenómeno Star Wars. Así que seré breve.

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Se piensa que los niños son personajes primordiales en la temporada navideña. Y esto es difícil de refutar si recuerdan su tierna infancia, concretamente las noches previas a la llegada de Santa Claus o los Reyes Magos. Esto, obviamente, antes de que la realidad derrumbara la ilusión. Pero en perspectiva esa mezcla de expectación, ansiedad, emoción y fantasía son difíciles de experimentar nuevamente en otros períodos de nuestras vidas. Pero no podemos permanecer instalados en ese momento. El paso del tiempo es inevitable. La vida te obliga a crecer. No sólo física, sino intelectual y emocionalmente. Y a veces, por fortuna en pocas ocasiones, el camino se desvía.

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Pensar en esto es oportuno, inevitable, cuando recuerdo una película que –para mi sorpresa- muchos no han visto y que es al antídoto perfecto para combatir la melcocha de estos días: Tenemos que hablar de Kevin (We need to talk about Kevin, Lynne Ramsay, 2011), la cual me comprueba que no es necesario recurrir a un fantasma o un vampiro para producir horror. Básicamente es un gran flashback donde conocemos la trágica historia de Eva Katchadourian (Tilda Swinton), otrora brillante escritora de viajes y mujer cuya vida parece marcada por el color rojo (de la tradicional Tomatina valenciana a las manchas de la deshonra en su nueva casa). Ella y su eventual esposo Frank (John C. Reilly) son “bendecidos” con un pequeño vástago, Kevin (Jasper Newell de niño, Ezra Miller de adolescente), quien desde sus primeros años tiene una conducta poco común –solapada por su padre- que rebasa peligrosamente los arranques propios de su edad y desencadenan en una masacre semejante a la cometida por Eric Harris y Dylan Klebold en la Escuela Preparatoria Columbine el 20 de abril de 1999. Eva vive –si a eso se llama vivir- en un entorno suburbano que la estigmatizó, está consumida por el alcohol, los antidepresivos y el remordimiento. No obstante, la fuente de sus penas le da la única esperanza para seguir adelante. Como estoy seguro sucede a casi todas las mamás.

Con esta recomendación me despido. Entreguémonos al descanso o los excesos, según lo prefieran. Les deseo a todos lo mejor en la antesala de 2016. Nos leeremos el primer jueves de enero.

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Roberto Coria es investigador en literatura y cine fantástico. Imparte desde 1998 cursos, talleres, ciclos de cine y conferencias sobre estos mundos en diversas casas académicas del país. Es asesor literario de Mórbido. Escribió las obras de teatro “El hombre que fue Drácula”, “La noche que murió Poe” y “Renfield, el apóstol de Drácula”. Condujo el podcast Testigos del Crimen y escribe el blog Horroris causa, convertido ahora en un programa radiofónico que concluyó su primera temporada de vida. En sus horas diurnas es Perito en Arte Forense de la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal.