Por Roberto Coria

Tras haber sido derrotado por Batman –en el ovacionado episodio Corazón de hielo de su caricatura noventera-, el científico Victor Fries, conocido comúnmente como el Capitán Frío –o Mr. Freeze, para ser correctos -, se arrastra trabajosamente hacia el responsable de la muerte de su esposa y su trágico estado físico, quien minutos atrás estuvo a punto de ser asesinado por el aparente villano. Éste clama desesperado. “Esto no puede terminar así. ¡Venganza!”. El héroe le corrige. “No, justicia”.

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La venganza es una de las emociones más antiguas del ser humano. Ha sido retratada desde la tragedia griega y el teatro isabelino, por sólo citar dos ejemplos. Sin ella muchas obras de William Shakespeare carecerían de intensidad y contundencia. Ésta se convierte, incluso, en un placer. Titus Andrónicus alimenta, sin que ella lo sepa, a la Reina de los Godos con sus propios hijos, quienes ultrajaron y mutilaron a la hija del general romano. Podríamos iniciar en este punto un debate sobre la legitimidad de algunas venganzas, como la de Edmundo Dantés –en El Conde de Montecristo-, o la del supuesto terrorista conocido como V en la estupenda novela gráfica de Alan Moore y David Lloyd.

En la literatura ha tenido especiales manifestaciones, desde el Capitán que buscaba vengarse de la ballena blanca que devoró su pierna, tan similar al pirata que deseaba asesinar al niño eterno que cortó su mano y alimentó con ella a un cocodrilo, o el genio científico, “oriundo del país de los oprimidos”, que hundía barcos del Imperio Británico con su inolvidable submarino o el magnate desfigurado que quería alimentar a enormes cerdos con su victimario, el más famoso asesino serial de la ficción. Esto último fue un pequeño examen para los lectores de este espacio.

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Pensar en la venganza como un sentimiento natural tras ser víctima de una desgracia provocada, exige ver Los crímenes del Museo de Cera (House of wax, Andre de Toth, 1953), donde el mítico Vincent Price interpretaba al profesor Henry Jarrod, habilidoso escultor de figuras de cera que abrió un local muy similar al de Madame Tussaud y fue horriblemente desfigurado luego que su deshonesto socio causó un incendio en el lugar para cobrar el seguro. No consumiré su valioso tiempo hablando de su nefasto remake de 2005, pero sí diré que influyó el argumento de una de las joyas del cine mexicano de luchadores, Santo en el museo de cera (Alfonso Corona Blake, 1963), con el maravilloso Claudio Brook como su semejante de estas latitudes. En El abominable Dr. Phibes (Robert Fuest, 1971) Price interpretó al músico –nuevamente deformado- Anton Phibes, quien urdía una elaborada venganza contra los médicos responsables de la muerte de su esposa, acto que continuó en su secuela El Dr. Phibes ataca de nuevo (Robert Fuest, 1972), donde además trataba de revivir a su amada.

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En esos casos, haciendo a un lado las leyes y atendiendo exclusivamente a la naturaleza humana, la venganza puede ser un castigo más que merecido. Al final, como dice un viejo proverbio Klingon, “la venganza es un plato que se sirve mejor frío”.

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Roberto Coria es investigador en literatura y cine fantástico. Imparte desde 1998 cursos, talleres, ciclos de cine y conferencias sobre estos mundos en diversas casas académicas. Es asesor en materia literaria de Mórbido. Escribió las obras de teatro “El hombre que fue Drácula”, “La noche que murió Poe” y “Renfield, el apóstol de Drácula”. Escribe el blog Horroris causa. En sus horas diurnas es Perito en Arte Forense de la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal.