Por Roberto Coria

Antes de continuar con Leatherface, Michael Myers, Jason Voorhees, Freddy Krueger y sus simpáticos colegas, algunos apuntes de Criminalística. El Real Diccionario de la Lengua Española establece que un arma es un “instrumento, medio o máquina destinados a atacar o a defenderse”, mientras complementa que un arma blanca es un “arma ofensiva de hoja de hierro o de acero, como la espada”. Juventino Montiel Sosa, en el segundo tomo de su libro sobre la materia (“Criminalística”, Limusa, 1990) nos ofrece una definición más robusta: “arma blanca es todo instrumento configurado por una hoja o cuerpo de metal con punta, filo o bordes romos y con un mango o empuñadura del mismo o de otro material”. Ahora que lo pienso, nunca he encontrado una fuente certera que hable del origen del calificativo. La mayoría de los autores coinciden en calificarlas así por el destello que produce el metal al enfrentarse a una fuente de iluminación, visualmente equivalente al blanco. Éstas, a diferencia de otros agentes vulnerantes, exigen la proximidad física para provocar daños en la víctima. Un francotirador puede apostarse a la distancia y asesinar limpiamente a su presa. Es por ello que las armas blancas llegan a considerarse “armas de honor”, porque el portador necesariamente requiere la cercanía física, confrontar a su oponente y exponerse a su inevitable resistencia. Quien las usa está dispuesto a ensuciarse. Es por ello que la Psicología les confiere una connotación sexual: simbólicamente sustituyen al miembro viril y representan la violación, la profanación del cuerpo. Hablan de intimidad y posiblemente de un mayor encono contra la persona agredida. En ese sentido el malévolo Guasón que interpretó el malogrado Heath Ledger, en Batman: el Caballero de la Noche (Christopher Nolan, 2008), pregunta a su custodio “¿quieres saber por qué uso un cuchillo? Las pistolas son muy rápidas. No puedes saborear todas las pequeñas emociones. En sus últimos momentos, las personas se muestran como realmente son. De algún modo, conocí a tus amigos mejor que tú”. Indudablemente los cuchillos intimidan a muchas personas. Por ello son los instrumentos de trabajo perfectos para los asesinos slasher y se han convertido en un distintivo siempre ligado a su personalidad, en su “marca registrada”.

Antes de continuar hay que considerar que el calificativo de arma depende del motivo para las que fueron fabricadas o la intención de quien las usa. Una pistola fue creada con el expreso propósito de lastimar al otro, sea o no en legítima defensa. Un cuchillo de cocina, un picahielo o un desatornillador fueron creados para ayudarnos en tareas domésticas, pero también pueden lastimar-e incluso privar de la vida- a alguien. De acuerdo a sus características, las armas blancas pueden dividirse en:

1. Armas punzantes. Agentes puntiformes como un picahielo, instrumento que al penetrar no corta ni desgarra, sino que separa las fibras elásticas y demás elementos titulares de la piel, y al retirarse se retraen por su elasticidad normal. En este tipo de lesiones la hemorragia o sangrado es interno. La bella novelista Catherine Tramell (Sharon Stone), cual viuda negra, usaba un picahielo para eliminar a sus amantes en Bajos instintos (Paul Verhoeven, 1992). En nuestro país, ahora que estamos a días de celebrar de nueva cuenta el inicio de nuestra Guerra de Independencia, los malvados protagonistas de Muñecos infernales (Benito Alazraki, 1961) despechaban con largas agujas a sus víctimas.

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2. Armas cortantes. Instrumentos que tienen filo, como una navaja, un cuchillo, una hoja de rasurar, fragmentos de vidrios u  hojas de lata. Su mecanismo de producción es la presión y el deslizamiento de la cara afilada. Para ejemplificar éstas usemos el guante de Freddy Krueger (Robert Englund o Jackie Earle Haley, según prefieran) cuando torturaba a sus víctimas. Sin hundirles sus cuchillas, por supuesto. Pero ya llegaremos a Freddy.

3. Armas punzo cortantes. Son agentes vulnerantes con filo que producen heridas con un orificio alargado por la hoja del arma y que al tiempo que perfora, corta. Éstas tienen bordes romos y ángulos agudos y regulares, según el número de filos del arma. La profundidad de la herida dependerá de la longitud de la hoja del artefacto. Regresemos al guante de Freddy, pero esta vez cuando hunde sus garras en sus víctimas. Otro buen ejemplo es el cuchillo de carnicero de Norman Bates en Psicosis (Alfred Hitchcock, 1960) o el que Michael Myers utiliza en Halloween (John Carpenter, 1978).Cosa aparte es el cuchillo de cazador del asesino conocido como Ghost face en Scream, grita antes de morir (Wes Craven, 1996). Ese sí puede considerarse cabalmente como arma blanca, pues fue fabricado para ese fin.

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4. Armas punzo contundentes. Como una varilla o un desatornillador de punta plana. Objetos que no tienen un vértice agudo pero que pueden penetrar en una superficie corporal por efecto de una contusión.

5. Armas corto contundentes. Son agentes que cortan por efecto de su peso y la contusión, como el machete que bien conocieron las presas de Jason, el hacha que usó Patrick Bateman (Christian Bale) en Psicópata americano (Mary Harron, 2000) o la sierrra de cadena de nuestro querido Leatherface. Estas últimas son máquinas que operan por un motor eléctrico o de gasolina que propulsan una cadena a la que están sujetas una serie de cuchillas o dientes que giran a alta velocidad.

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Regresando a nuestro país, los cuchillos de obsidiana que utilizaban muchas culturas prehispánicas para realizar sus sacrificios rituales, podría llevarnos a imaginar una nueva clasificación, armas punzo corto contundentes. Además de la naturaleza puntiforme y cortante del instrumento, su peso interviene en la producción de sus lesiones. Esencialmente son rocas ígneas volcánicas que pertenecen al grupo de los silicatos. Podemos verlos en acción en La cabeza viviente (Chano Urueta, 1963), en la no estrenada El Grito (Gabriel Beristáin, 2002) o en la novela Toda la sangre de Bernardo Esquinca.

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Esto puede remontarnos a las raíces del tradicional pozole, platillo recurrente en estos días. Pero esa es otra historia.

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Roberto Coria es investigador en literatura y cine fantástico. Imparte desde 1998 cursos, talleres, ciclos de cine y conferencias sobre estos mundos en diversas casas académicas. Es asesor en materia literaria de Mórbido. Escribió las obras de teatro “El hombre que fue Drácula”, “La noche que murió Poe” y “Renfield, el apóstol de Drácula”. Condujo el podcast Testigos del Crimen y escribe el blog Horroris causa. En sus horas diurnas es Perito en Arte Forense de la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal.