Por Roberto Coria

El 13 de noviembre pasado, el mismo día que Mórbido se disponía a iniciar su séptima emisión, se cumplieron 40 años del asesinato de la familia DeFeo. Ellos habitaban la casa ubicada en el número 112 de la avenida Ocean, en la pacífica comunidad de Amityville, Long Island, New York. El responsable de la matanza fue Ronald Joseph DeFeo, Jr. Lo apodaban “Butch” y era el primogénito del clan conformado por Ronald DeFeo, su esposa Louise y sus cuatro hijos Dawn, Allison, Marc y John Matthew. Este brutal crimen significó el inicio de una leyenda que ha nutrido el imaginario popular y derivó una exitosa novela –llevada al cine, con remake incluido- , El horror de Amityville de Jay Anson, que da cuenta de los eventos sobrenaturales padecidos por los posteriores habitantes del lugar, la familia Lutz. Pero ya regresaremos a ellos.

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Resulta curioso que la mayor parte de las historias de fantasmas, esas que nos acecharon desde nuestra infancia, tienen su origen en un caso criminal. Eso las vuelve horrendamente atractivas, imperecederas. Antes de continuar debo aclarar que no soy un hombre supersticioso. En 18 años de trabajo para la Procuraduría de Justicia capitalina, he visto los delitos más aberrantes. Recuerdo especialmente uno de ellos, un quíntuple homicidio. El escenario, una residencia que conoció el esplendor durante la década de los sesenta, que parecía arrancada de una película de Mauricio Garcés, fue incendiado por el perpetrador en un fallido intento por destruir evidencia. Cuando los investigadores pudimos ingresar al lugar, percibí un ambiente opresivo más allá de lo que había conocido antes. Y mis compañeros coincidieron con la sensación. Y era más intensa en la espaciosa habitación de la víctima sobre la que el homicida descargó su mayor furia, un niño de siete años con síndrome de Down que recibió una cuantiosa herencia. El cuarto, de dos niveles, estaba repleto de muñecos de peluche. Era como si los ojos de todos los juguetes se posaran sobre ti, vigilantes, juzgándote por profanar un lugar que alguna vez conoció la felicidad. Mientras escribo esto, evoco la experiencia y no puedo reprimir un escalofrío.

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Situaciones semejantes sobran en todo el mundo, desde el mítico caso del Fantasma de Atenodoro, o la muy doméstica leyenda colonial del Fantasma de Don Juan Manuel. Y ni qué decir de nuestra tradicional Llorona, quien vaga sin descanso clamando por sus hijos muertos. Su historia varía según la región, pero ese sería motivo de otra Tinta negra.

Regresando al crimen de los DeFeo, inconsistencias en la versión de Ronald, quien en un principio pregonaba su inocencia, llevaron a la verdad irrefutable. Él fue responsable del hecho. Tenía 23 años en ese momento. Hoy tiene 63 y purga 6 condenas consecutivas de cadena perpetua en la correccional Green Haven en Beekman, Nueva York. Ha cambiado su dicho a lo largo de los años. En algún momento incriminó a su difunta hermana Dawn como cómplice. La relación antagónica con su asfixiante padre –quien era irracionalmente severo-, sus conflictos con la figura de autoridad, su alcoholismo y su adicción a la heroína y al LSD se encontraron entre las razones que lo llevaron a matar a los suyos. Luego están las voces que aseguró escuchar en su cabeza y le ordenaron cometer la masacre, según sus declaraciones iniciales. Su historial de abuso de drogas y su afición por las armas de fuego explican su decisión, lúcida claramente. Pero siempre pervivirá la duda. ¿Esas voces de las que habló provenían de su cabeza o eran un simple intento por evadir su responsabilidad?

Como sea, la tragedia pervive. Ese será el pretexto para hablar de lugares de infame memoria las siguientes semanas.

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Roberto Coria es investigador en literatura y cine fantástico. Imparte desde 1998 cursos, talleres, ciclos de cine y conferencias sobre estos mundos en diversas casas académicas. Es asesor en materia literaria de Mórbido. Escribió las obras de teatro “El hombre que fue Drácula”, “La noche que murió Poe” y “Renfield, el apóstol de Drácula”. Condujo el podcast Testigos del Crimen y escribe el blog Horroris causa. En sus horas diurnas es Perito en Arte Forense de la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal.