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Jamás podré agradecer la enorme influencia que Edgar Allan Poe ha ejercido en mi vida creativa. Considero que todos tenemos una deuda impagable con él. Desde que lo conocí, cuando era un niño, sus relatos cautivaron mi imaginación y ocuparon sin tregua mis pesadillas. Por sólo mencionar a una de sus creaciones, El corazón delator (1843), el cuento sigue estremeciéndome hasta sus últimas líneas. Una de sus maravillosas adaptaciones animadas, dirigida en 1953 por Ted Parmelee, cuenta con la inolvidable narración del actor inglés James Mason. El viernes pasado se cumplieron 167 años de la muerte física de Poe. A la fecha, estudiosos alrededor del mundo siguen formulando todo tipo de teorías para explicar su partida: asesinato, conspiraciones, envenenamiento por mercurio o monóxido de carbono, un tumor cerebral, rabia, sífilis, epilepsia, meningitis, la tuberculosis que tanto le arrebató, pero sobre todo hablan de su alcoholismo y su alma torturada.

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Y aunque muchos pueden argumentar que se ha dicho todo sobre él, se mantiene siempre vigente en la cultura popular. No sólo está presente en la portada de La banda de los corazones solitarios del Sargento Pimienta (1967), el mítico álbum de la agrupación británica The Beatles, en las letras de Relatos de misterio e imaginación (1976), el disco de sus progresivos paisanos de The Alan Parsons Project, o en la nostálgica canción Annabel Lee (1986), interpretada por el grupo español Radio Futura y que formó parte de mis delirios juveniles.

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Está presente desde el inicio de la anual emisión televisiva La casita del árbol del terror de la amarillenta familia Simpson, con el cuervo torturador encarnado por el malicioso primogénito del clan, en el episodio de su sexta temporada La rival de Lisa, o en su cortinilla de entrada, conocida como “the couch gag”, brillantemente dirigida en su vigésimo cuarta edición por nuestro compatriota Guillermo del Toro, donde no sólo rinde un merecido tributo a él y sus obsesiones, sino lo coloca con dignidad al lado de Howard Phillip Lovecraft, Ray Bradbury y Richard Matheson.

Vive en los trabajos del cineasta checo Jan Švankmajer, concretamente en su cortometraje La caída de la Casa Usher (1980) o en Lunacy (2005), reunión de los cuentos El sistema del Dr. Tarr y el profesor Fether y El entierro prematuro. En los escenarios de nuestro país, es una presencia constante en la labor del director Eduardo Ruiz Saviñón y los actores Guillermo Henry y Waldo Facco, trío de sospechosos comunes Mórbidos.

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Es protagonista de El gato negro, onceavo episodio de la segunda temporada de la injustamente breve antología televisiva Masters of horror (2005-2007), creada por Mick Garris, dirigido por el experimentado Stuart Gordon y estupendamente personificado por Jeffery Combs. Su caracterización merece todos los elogios posibles, y de hecho el actor ha capitalizado su éxito al representar al poeta continuamente en el teatro. El guión del mismo Gordon y Dennis Paoli nos ofrece, irónicamente, la historia con el desenlace más esperanzador del programa, uno que Poe merecía al menos un momento de su trágica vida.

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Todos sabemos que el artista trasciende a través de su obra, sin importar la manera en que vivió o abandonó el mundo físico. Con mayor justicia que nadie, Edgar Allan Poe se volvió inmortal la madrugada del 7 de octubre de 1849. Su vida terrenal fue sólo una vasta cárcel que recorrió con la agitación febril de un ser creado para respirar en un mundo más elevado. Como aseguró Jorge Luis Borges, sin la neurosis, el alcohol, la pobreza y la soledad irreparable, no existiría su legado. Creó mundos para eludir un mundo real. Pero los mundos que soñó perdurarán. El otro es apenas un sueño.

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Roberto Coria es investigador en y cine fantástico. Imparte desde 1998 cursos, talleres, ciclos de cine y conferencias sobre estos mundos en diversas casas académicas del país. Escribió la puesta en escena “El hombre que fue Drácula”. Es asesor literario de Mórbido. Condujo el podcast Testigos del Crimen y escribe el blog Horroris causa, convertido ahora en un programa radiofónico. En sus horas diurnas es Perito en Arte Forense de la Procuraduría General de Justicia del que anteriormente era conocido como Distrito Federal.