Por Roberto Coria

Mañana parto a Guadalajara donde, como les platiqué la semana pasada, hablaré sobre asesinos en serie en el VII Foro de Novela Negra. Ello me lleva a interrumpir mi recuento de las deformidades físicas por accidentes y disertar sobre el punto donde comenzó a hablarse de horrores de la vida real que superaban los que las personas enfrentaban en sus pesadillas. En la Escocia de 1660 se documenta el caso de Alexander Sawney Beane y su esposa Hellen, quienes al emigrar de su natal Edimburgo se resguardaron en una caverna en los bosques cercanos a Glasgow, e hicieron de ella su hogar. Para subsistir Beane decidió dedicarse al bandidaje, asaltando a viajeros que por lo general viajaban solos. Eventualmente, y debido a que muchos llevaban consigo muy pocas cosas de valor, e impulsado por el hambre, comenzó a asesinarlos para alimentarse con ellos. A lo largo de 26 años Beane y su esposa procrearon hijos, quienes mantuvieron relaciones incestuosas entre ellos, llegando a conformar un clan de antropófagos que vivían en el más puro estado salvaje. Las noticias de viajeros desaparecidos en el bosque sin dejar rastro comenzaron a circular, y cuando los cadáveres eran descubiertos mutilados y con huellas de mordidas se atribuyó la causa a licántropos y vampiros.

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En 1686 una joven pareja de esposos transitaban por los bosques y fueron atacados por el clan Beane. La mujer fue devorada por los antropófagos, pero su esposo pudo escapar milagrosamente e informar al magistrado de Glasgow, quien de inmediato informó de los hechos a Jacobo VI, rey de Inglaterra. Pocos días más tarde 400 soldados armados, encabezados por el Rey en persona, recorrieron los bosques con sabuesos entrenados y descubrieron la cueva de los Beane con los restos de las atrocidades que cometieron: había una infinidad de huesos humanos, e incluso carne humana que salaban para conservarla cuando había exceso de alimento.

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Los Beane fueron apresados, juzgados, torturados y ejecutados, y sus restos fueron arrojados a la hoguera. Antes de morir, Sawney Beane afirmó que la carne humana sabía mejor que la de cualquier animal, cosa que sólo podrían respondernos satisfactoriamente el Dr. Hannibal Lecter, la familia de deformes antropófagos de Las colinas tienen ojos (escrita y dirigida por Wes Craven en 1972) y sus ilustres colegas de la realidad, como el alemán Armin Meiwes o nuestro paisano (recientemente fallecido) Gumaro de Dios Arias, apodado por los medios como El caníbal de Playa del Carmen.

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Roberto Coria es investigador en literatura y cine fantástico. Imparte desde 1998 cursos, talleres, ciclos de cine y conferencias sobre estos mundos en diversas casas académicas. Es asesor en materia literaria de Mórbido. Escribió las obras de teatro “El hombre que fue Drácula”, “La noche que murió Poe” y “Renfield, el apóstol de Drácula”. Escribe el blog Horroris causa. En sus horas diurnas es Perito en Arte Forense de la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal.