Por Roberto Coria

Una licencia, propiciada por eventos recientes.

Dentro de los métodos de fijación que emplea la Criminalística moderna en la investigación de los delitos, la Planimetría es uno de los más importantes. Si nos referimos al diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, es “la representación y medida sobre un plano de una porción de la superficie terrestre”, pero sus aplicaciones en las ciencias forenses son más detalladas. Si tratamos de rastrear sus orígenes descubriremos que datan del momento en que el hombre, como lo hizo Ichabod Crane (Johnny Depp) en La leyenda del jinete sin cabeza (Tim Burton, 1999) y en la realidad lo enunció Hans Gross en su Manual del Juez de Instrucción, Agentes de Policía y Policías Militares (1894), advirtió la necesidad de incorporar el razonamiento lógico y la precisión del método científico en la resolución de los delitos. Los dibujos se instauraron como una necesidad previa a que la Fotografía proporcionara la posibilidad de establecer un registro permanente de las condiciones en las que se encontraba un lugar relacionado con un delito. Recuerdo lo enunciado por Harry Soderman y John O´Cornnell en su libro Métodos modernos de Identificación Policíaca, “mientras la Fotografía Forense constituye la carne y la sangre de la investigación, la Planimetría son los huesos”. Uno de los primeros ejemplos de que puedo dar cuenta se relaciona con los brutales homicidios que cometió un asesino sin nombre, presumiblemente auto denominado Jack el destripador, cometió en el barrio londinense de Whitechapel en el otoño de 1888. En el cuarto caso, el de la desafortunada prostituta Catherine Eddowes, el primer policía del Scotland Yard –cuyo nombre pervive en el anonimato- que tomó conocimiento del hecho realizó un dibujo simple de las condiciones en que se encontraba la occisa en los primeros minuto del 30 de septiembre de 1888, que incluía la posición de la mujer, las lesiones en rostro y región abdominal, el lago hemático en que se generó a su alrededor y algunas acotaciones del lugar. Este caso ha inspirado las más diversas manifestaciones artísticas. Incluso fue investigado por el mismo Depp en Desde el infierno (Albert y Allen Hughes, 2001). Pero esa es otra historia.

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Ya que la semana anterior hablé de la nueva vida televisiva de Hannibal Lecter, regreso a la novela que nos lo presentó, Dragón Rojo (1981) de Thomas Harris. La historia es detonada por el grotesco oficio de un asesino serial, conocido por las autoridades y la prensa como El Hada de los dientes y posteriormente auto bautizado como el título de la obra. Esto lleva al Director de la Unidad de Ciencias del Comportamiento del FBI, Jack Crawford, a sacar del retiro a su más talentoso perfilador, Will Graham, para cazar y detener al monstruo. Una de las primeras acciones, necesaria en cualquier investigación de la ficción y la realidad, es visitar el llamado lugar de los hechos. Con ayuda de los reportes policiales tomados en el momento, Graham reconstruye las acciones del criminal. Dice Harris:

“Graham encendió la luz y las manchas de sangre parecieron insultarlo desde las paredes, el colchón y el piso. El mismo aire parecía salpicado de alaridos. Se sintió acobardado por el ruido de ese silencioso cuarto repleto de manchas oscuras […] La cantidad y variedad de manchas de sangre desconcertaba a los detectives de Atlanta que trataban de reconstruir el crimen. Todas las víctimas habían sido encontradas muertas en sus camas. Eso no concordaba con la ubicación de las manchas […] Repasó minuciosamente todos los dormitorios del primer piso, tratando de hacer coincidir las heridas con las manchas, tratando de trabajar marcha atrás. Dibujó cada mancha en un plano en escala del dormitorio principal, valiéndose del muestrario para comparar y poder así estimar la dirección y velocidad del goteo. En esta forma esperaba poder descubrir la posición de los cuerpos en diferentes momentos”.

Con mi experticia en la materia, utilizando las notas del investigador, recreo lo que la Policía debió haber hecho:

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Continúa Harris:

“El intruso degolló a Charles Leeds mientras dormía junto a su esposa, regresó al interruptor de la luz en la pared y encendió las luces (pelos y fijador de la cabeza del señor Leeds fueron dejados en la placa del interruptor por un guante suave). Le disparó a la señora Leeds cuando se incorporó y luego se dirigió a los cuartos de los chicos.

Leeds se levantó con la garganta seccionada y trató de proteger a sus hijos, dejando a su paso grandes gotas de sangre y el inconfundible rastro de una arteria cortada mientras trataba de luchar. Fue empujado hacia un lado, cayó y murió con su hija en el dormitorio de ella.

Uno de los dos niños fue muerto en la cama de un disparo. El otro fue encontrado también en la cama, pero tenía en el pelo pequeñas bolitas de tierra. La policía creía que había sido sacado primero de debajo de la cama y luego muerto de un balazo.

Cuando estaban todos muertos, a excepción posiblemente de la señora Leeds, comenzó el destrozo de espejos, la selección de trozos y la ulterior dedicación a la señora Leeds”.

A pesar de que esto es algo cotidiano, uno nunca termina de acostumbrarse. Por fortuna.