Por Dr Beltrán

Un par de guantes, de preferencia de látex, son un artículo que no puede faltar en la maleta de cualquier asesino serial. Por supuesto uno que no quiera ser atrapado rápidamente. Quizás suene obvio, pero estas personas lo usan para evitar dejar impresas sus huellas sobre cualquier objeto o cuerpo que aparezca durante su acto violento. En la serie de televisión Dexter, por ejemplo, el protagonista debe emplear un par para proteger sus manos y perseguir a los criminales y asesinarlos. Aunque no lo parezca estos guantes son parte importante, pues protegen la premisa de que, a partir de un código de acciones, nuestro antihéroe debe mantenerse a salvo y evitar que lo atrapen.

Empecemos. Las huellas dactilares son la impresión de los surcos que producen las yemas de los dedos, también les llamamos crestas papilares. Cada persona tiene una marca irrepetible, por lo que la usamos como instrumento de identificación. Su estudio es muy interesante y será motivo de otra columna, pues hoy quiero hablarles de la historia de los guantes quirúrgicos.

En ediciones pasadas de Desde el quirófano, cuando hablé de bacterias y otros microbios, mencioné la importancia de estos seres microscópicos. Complementando esa y otras columnas como la de la generación espontánea, hablaré de cuando supimos que los gérmenes, específicamente las bacterias, generaban infecciones que se trataron de diagnosticar y prevenir.

En tiempos de guerra, cuando la amputación de un miembro era necesaria, el paciente prácticamente estaba condenado a muerte. No tanto por la cirugía, pero sí por la infección posterior al procedimiento. Un ejemplo de esto es en Francia, en donde se practicaron alrededor de 13, 175 amputaciones a finales de 1870, de las cuales 10,000 resultaron en muerte por infección. Eso sólo en Francia, pues del lado alemán y Prusia, no hubo casi sobrevivientes en casos de amputación. Podían saber que un hospital estaba cerca por el olor que despedían.

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Por aquella época un cirujano británico, el Dr Joseph Listes, se había dado cuenta de que las amputaciones y otras cirugías se infectaban como en los experimentos de Pasteur, así que empezó a desarrollar técnicas de asepsia y la antisepsia. Esto mejoró notablemente la situación postoperatoria de los pacientes. Su descubrimiento se publicó en una de las revistas más prestigiosas de medicina, The Lancet. Su texto exponía cómo las bacterias generaban infecciones durante y después de las operaciones, también propuso algo extremadamente novedoso para la época: que el instrumental quirúrgico fuera lavado, al igual que la mano de los cirujanos antes de operar. Esto nos podría parecer muy natural hoy, pero a finales del siglo XIX el común en términos médicos era que los serruchos y bisturís estuvieran llenos de sangre de pacientes pasados. Incluso era motivo de orgullo y señal de experiencia, mostrar de esa forma su material. La mente perspicaz de Lister lo llevó a usar el fenol como agente antiséptico para lavar el instrumental, las manos de los cirujanos y las heridas abiertas de los pacientes. El resultado fue sorprendente, muchas vidas se salvaron, pero algunos pacientes seguían muriendo. ¿Por qué? Pues por que los principios de limpieza e higiene no eran bien recibidos por la comunidad médica.

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Aquí viene otra aportación importante a la cirugía moderna. Antes, las suturas de las heridas se realizaban con hilos normales, incluso desechos de telas viejas, pero Lister fue el primero en proponer "la tripa de gato" como sutura. El catgut es un filamento hecho con pequeñas láminas de membrana de una parte del intestino del gato, la capa serosa. Este tenía la gran ventaja de que, al ser un producto orgánico, el organismo lo absorbía después de unas semanas, o simplemente se caía sin la necesidad de retirar los puntos. La primer cirugía donde se usó ese material fue en una extirpación de seno, operación de la propia hermana de Lister.

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Los cirujanos de todo el mundo empezaron a utilizar cada vez más el fenol en las heridas, instrumentos y en las manos de todo aquel que tocara una herida. Y aquí viene una historia de amor: un cirujano norteamericano, el Dr William Halsted tenía una guapa enfermera instrumentista, aquella que asiste al cirujano y pasa los instrumentos. Pues esta enfermera, Carolina Hampton, era una de tantas personas a las que el fenol le causaba una dermatitis. El Dr Halsted la nombró jefa de enfermeras en quirófano para tenerla cerca, pero ella sufría terribles ampollas producto de la irritación con el Fenol. Así que el enamorado doctor ideó una solución para apartar las manos de su amada del tan necesario elemento. Por aquella época el caucho empezaba a ser cada vez más popular, Goodyear abriría sus primeras instalaciones en Akron, Ohio, en 1898 y se dedicaba a hacer neumáticos, almohadillas de goma para las herradura y fichas de póquer. La empresa creció con la llegada del automóvil, por lo que el Dr Halsted, le pidió que fabricara unos guantes de goma para la protección de la piel de su ayudante, con una goma lo suficientemente fina para permitir un trabajo manual preciso, pero que fuera impermeable. Fue todo un éxito, la Enfermera Hampton siguió trabajando en el quirófano del Dr Halsted y años más tarde terminaron casándose. Después de 5 años de usar continuamente los guantes de caucho en el quirófano Halsted se dio cuenta que eran muy eficientes para prevenir infecciones. Entonces fue cuando los sugirió como método de asepsia en cirugía.