Por Roberto Coria

A estas alturas del partido, cuando han transcurrido casi 35 años desde su estreno, puedo hablar con libertad y sin riesgo de estropear ninguna sorpresa. El aficionado promedio del cine de horror conoce bien la identidad del autor de la matanza indiscriminada de Viernes 13 (Sean S. Cunningham, 1980): la desquiciada señora Pamela Voorhees (Betsy Palmer), madre del inocente Jason, quien se ahogó por el descuido y calentura de dos jóvenes consejeros estudiantiles en el campamento de Crystal Lake en el verano de 1957. Con claras reminiscencias de Psicosis (Alfred Hitchcock, 1960), sólo que a la inversa (el niño habla a través de ella), la torturada mujer mata a los involucrados en la reapertura del lugar y a los que le recuerdan el lamentable acontecimiento. Incluso la emblemática banda sonora de Harry Manfredini homenajea en muchos momentos a la que compuso Bernard Herrmann para la obra maestra del Mago del Suspenso.

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Su éxito sin precedentes (costó poco más de medio millón de dólares y recaudó más de 55), propició la kilométrica saga que casi todos hemos visto. Su segunda entrega, Viernes 13, parte 2, fue estrenada un año después. La dirigió Steve Miner a partir de un guión de Ron Kurz y Phil Scuderi, con la mirada vigilante del mismo Cunningham (se encargó de algunas escenas adicionales). Pero como ustedes recordarán, la Sra. Voorhees fue asesinada. Así que entró al quite su vástago, quien nos enteramos ha sobrevivido, creció como una suerte de ermitaño e inicia una cruenta venganza por la muerte de su progenitora. Su primer blanco es su victimaria –y gran sobreviviente de la película anterior- Alice Hardy (nuevamente interpretada por Adrienne King). Bastante desarrollado (era un gigantón de casi dos metros de estatura), cubría su rostro con un saco de yute con un orificio para ver bien (recordemos su deformidad física y lo que podemos interpretar como ligero retraso mental) y usaba una variedad de herramientas entre las que se encontraba un machete, objeto corto contundente con el que fue aniquilada su mamá y se convirtió en su arma preferida (vale la pena revisar una entrada previa de esta Tinta negra). La producción de la cinta requirió esta vez poco más de un millón de dólares e ingresó en taquilla más de 21, cifra proporcionalmente inferior a la de la original. Aun así, no era una cantidad despreciable. Como era de esperarse, llegó un año después (en 1982) otra secuela, Viernes 13, parte 3, dirigida de nuevo por Milner, ahora en tercera dimensión para dar mayor vistosidad al festín de sangre.

Lo más significativo es que Jason (y sus productores holywoodenses) tomaron la decisión más sabia posible: se quitó esa bolsa de yute sin personalidad y se puso la máscara de hockey de una de sus víctimas. Por ella es mundialmente reconocido y seguramente será recordado por generaciones posteriores a la nuestra. A pesar que podemos ver su ojo útil en algunos momentos de sus subsecuentes aventuras, el aspecto general que evoca es el de dos cuencas vacías, como los ojos negros e inertes de un gran tiburón blanco. Porque Jason, como esos escualos, es una máquina de matar perfecta, imponente e imparable. A diferencia de uno de sus colegas más distinguidos (de uno de ellos hablaré pronto), no es como el ratón que juega con sus presas. Las mata y va tras la siguiente. No puede apelarse a su misericordia o su sentido común, pues no los posee. Eso lo hace tan atractivo.

Como dije, esa no fue la última aparición de Jason. Se volvió un monstruo flexible respecto a su territorialidad. Viajó a la “Ciudad que nunca duerme” en Viernes 13, parte VIII, Jason toma Manhattan (Rob Hedden, 1989), fue al espacio (como Homero Simpson o los cerditos de los Muppets) en Jason X (James Isaac, 2001) o enfrentó a uno de sus mejores sucesores, fiel a la tradición de las películas clásicas de Universal, en Freddy contra Jason (Ronny Yu, 2003), un placer tan gozoso como una pelea entre Bugs Bunny y el Pato Lucas. Pero de él –y su famoso guante con navajas- hablaremos la siguiente semana.

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Roberto Coria es investigador en literatura y cine fantástico. Imparte desde 1998 cursos, talleres, ciclos de cine y conferencias sobre estos mundos en diversas casas académicas. Es asesor en materia literaria de Mórbido. Escribió las obras de teatro “El hombre que fue Drácula”, “La noche que murió Poe” y “Renfield, el apóstol de Drácula”. Condujo el podcast Testigos del Crimen y escribe el blog Horroris causa. En sus horas diurnas es Perito en Arte Forense de la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal.