Por Roberto Coria

Preguntar cuál es su asesino slasher favorito a un diletante del cine de horror, es entrar en un terreno peligroso. Cada miembro del gremio tiene su particular encanto y temperamento. Todos se han ganado a pulso –a puñaladas- un lugar especial en nuestra memoria y corazones.

Regresemos al inicio de los coloridos años 80, época en la que seguramente muchos de ustedes sólo eran información genética. Pese a haber demostrado cabalmente su rentabilidad económica a través de la añeja popularidad de los seriales producidos por los Estudios Universal, las poderosas productoras cinematográficas no pensaban que las cintas de horror slasher arrastraran a los grandes públicos a las salas de cine. Pero todo cambió de manera abrupta, como si se tratara de un machetazo, cuando se estrenó Viernes 13. La película aglutinaba los elementos ya presentados por Tobe Hooper y John Carpenter en un sanguinolento y redituable paquete que definirá las reglas del subgénero:

  1. Un cruel asesino motivado por la venganza. Es aparente –o completamente- indestructible y no se puede razonar con él. Ya lo dice muy bien un promocional televisivo: “No todo se resuelve hablando”. Él será el gran centro de atención del metraje y debe reunir el carisma para sustentar cuantas secuelas sea posible.
  2. Un arma característica que será su “marca registrada”, sea una sierra de cadena, un cuchillo de carnicero o un machete.
  3. El uso de cámara subjetiva para que podamos asumir el punto de vista del carnicero.
  4. El asesino es territorial, con un coto de caza muy bien establecido y casi siempre ficticio (Haddonfield, Illinois; Springwood, California y el campamento de Crystal Lake –del que ahora que lo pienso, nunca se precisa su locación-).
  5. Sus presas generalmente son insensatos jóvenes calenturientos. La popularidad del slasher está enmarcada por el auge del VIH y las enfermedades de transmisión sexual. Durante los mandatos de Ronald Reagan o Margaret Tatcher, estos asesinos se convirtieron en guardianes del sexo responsable y las buenas costumbres.
  6. Sangre y todas las partes anatómicas que se pueda.

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En Sangre, sudor y vísceras. Historia del Cine Gore (Editorial La Máscara, España, 1996), Manuel Valencia y Eduardo Guillot recalcan: “La cosa era bien sencilla. Se trataba de explotar descaradamente el éxito que había obtenido La noche de Halloween de John Carpenter sólo un par de años antes, trasladando la acción a un campamento de verano, Crystal Lake, y enfrentando a un puñado de teenagers con pocas luces a un asesino psicópata. Una exploitation monda y lironda que ofrecía algo que hasta entonces se echaba en falta en el planetario gore: sangre gratuita, descuartizamientos constantes, sustos repentinos y un descaro que hiciese buenos sus propios defectos. La película, gracias a una estratagema comercial envidiable por parte de un estudio potente (estrenar de golpe y masivamente por todas las salas estadounidenses) y al boca a boca de los aficionados más entregados, fue aupada a los primeros puestos del box-office, demostrando a todos los incrédulos que el gore era un filón económicamente muy apetecible que no había de dejar pasar por alto. Así las imitaciones llegarían en oleadas masivas a lo largo de toda la década, al igual que las insufribles secuelas del hit, alcanzando casi la docena, y todas tan soporíferas como regocijantes para los degustadores del splatter más canalla”.

Su éxito en taquilla –sin precedente para una cinta de su tipo- sólo propició una kilométrica –y desigual- saga que se extendió a 10 películas, un cross over, un remake, novelas, juguetes, videojuegos e innumerables imitaciones. Todo propiciado por una de las aportaciones más interesantes de las últimas décadas del milenio pasado, uno de los grandes monstruos de mi generación: el enorme matón Jason Voorhees.

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Pero la emblemática máscara de hockey de Jason, rasgo por el que lo reconocemos y a diferencia de lo que muchos creen, no figuraba en el libreto que Victor Miller escribió para aquella afortunada película veraniega de 1980. Hablaremos más sobre ello la siguiente semana.

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Roberto Coria es investigador en literatura y cine fantástico. Imparte desde 1998 cursos, talleres, ciclos de cine y conferencias sobre estos mundos en diversas casas académicas. Es asesor en materia literaria de Mórbido. Escribió las obras de teatro “La noche que murió Poe” y “Renfield, el apóstol de Drácula”. Condujo el podcast Testigos del Crimen y escribe el blog Horroris causa. En sus horas diurnas es Perito en Arte Forense de la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal.