Por Roberto Coria

La desaparecida joya noventera Sumario del Crimen, publicación española editada en entregas semanales, dedicó su séptimo número a John George Haigh, titulando el hecho “Los asesinatos del baño de ácido”. Como acostumbraba, introducía la historia escabrosamente, despertando la curiosidad y morbo del lector: “Estaba convencido de que podía cometer el asesinato perfecto y quería demostrarlo. Gracias a su encanto y cuidada cortesía fue capaz de atraer a sus víctimas hacia la muerte y después descomponer sus cuerpos en ácido. Pero el trajeado hombre de la eterna sonrisa cometió un error fatal”.

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Y el caso continuó, con una gran profusión de reproducciones de notas periodísticas y fotografías. Entre ellas, una llamó particularmente mi atención. Luego del allanamiento policial a uno de sus refugios –el de Leopold Road, en Londres-, los investigadores recuperaron evidencias físicas que lo relacionaban con sus crímenes. La más estremecedora fue el barril metálico que utilizaba para zambullir a sus víctimas en ácido sulfúrico. La otra imagen, la que propicia estas líneas, fue la que se tomó a uno de los policías vistiendo su indumentaria de trabajo: un delantal de cuero, guantes de goma y una máscara antigases.

El conjunto, teniendo en cuenta nuestra amplia cultura en los territorios del horror, parecería poco impactante. Pero lo es si tenemos en cuenta lo común de estos elementos. Son familiares para casi todos. Leatherface, el gigantón homicida ideado por Tobe Hooper en 1974, usaba un mandil similar y una máscara confeccionada con la piel de sus víctimas. Michael Myers, creado por John Carpenter en la inolvidable Halloween (1978), portaba  una máscara blanca –que disimula el rostro del actor William Shatner- y un overol azul. Ambos cubrían deformidades mentales con ellas. Físicas y mentales según Marcus Niespel en la reelaboración de la primera película de 2004. ¿Por qué habría de impactarnos el atuendo de Haigh? Él no perseguía a sus presas con ese aspecto. Sus sacrificados ni siquiera alcanzaban a observarlo. En su origen común, doméstico, radica su efecto. Imaginar al hombre, en ese sótano poco iluminado, rodeado de vapores químicos y olores nauseabundos, mientras revuelve los restos humanos con una pala de madera, es demencial. Juzguen ustedes.