Por Roberto Coria

Un error común es pensar que el malvado protagonista de Nosferatu, Sinfonía de Horror, la joya que Friedrich Wilhelm Murnau dirigió en 1922, es el primero de los vampiros cinematográficos. Ese honor pertenece a otra adaptación anterior de la novela inmortal de Bram Stoker, que todos ustedes conocen a la perfección. Diversas fuentes afirman que antes de la cinta de Murnau se encuentra una producción rusa de 1920, perdida en los anales del tiempo o, en cualquier caso, otra húngara de 1921, escrita y dirigida por Károly Lajthay. Sólo perviven algunas fotografías del rodaje, testimonio de su existencia. Lo que nos remite nuevamente a Nosferatu.

PrimerVampiroNosferato00La palabra, de origen eslavo, está ligada indeleblemente a las creencias en vampiros. Procede de la voz griega nesufur-atu, que significa “portador de plaga”. Esto cobra sentido debido a que el florecimiento del monstruo está ligado a las grandes epidemias de cólera y tuberculosis que aniquilaron a miles de personas en la Europa del medioevo. Curiosamente, no aparece en los diccionarios rumanos. Fue la literatura la responsable de su fama. Lo reconoce, al igual que otros estudiosos, John Gordon Melton en su indispensable The Vampire Book: Encyclopedia of the Undead (Visible Ink Press, 1999). Su uso quedó establecido desde los trabajos de la folclorista escocesa Emily Gerard. Su libro The Land Beyond the Forest: Facts, Figures, and Fancies from Transylvania (1885) es mencionado como una referencia que Stoker utilizó mientras reunía información en el Salón Oval del Museo Británico para escribir su creación más perdurable. Pone lo que aprendió en labios del erudito holandés Abraham Van Helsing: “El Nosferatu no muere como la avispa cuando pica una vez. Por el contrario, se hace más fuerte y tiene más poder para hacer el mal”.

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La filmación de Nosferatu implica algunos problemas de derechos autorales. Sus productores, Prana films, buscaban llevar la historia a la pantalla de un modo económico, sin pagar nada a Florence Balcombe, viuda de Stoker, poseedora de todos los Derechos del libro. Así que encargaron a Henrik Galeen un libreto que evitara cualquier controversia. El creativo sustituyó Drácula por Orlock, Harker por Utter, Mina por Ellen, Renfield por Knock y trasladó la acción de Londres al ficticio Wisborg. Pero las cosas no eran tan simples. Florence, en cuanto se enteró del proyecto, emprendió una batalla legal que derivó en la bancarrota del estudio y en la destrucción de todas las copias de la cinta en 1925. Por fortuna para nosotros, algunas escaparon del veredicto de la corte. La señora Stoker vendió los derechos de la historia de su difunto esposo a Universal pictures en 1928, cosa que mitigó su celo, y su muerte en 1937 permitió que Nosferatu comenzara a salir de la clandestinidad.

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Del filme podría hablar largamente. Aunque pertenece a la corriente expresionista, que se caracterizaba por sus decorados con perspectivas y formas imposibles, emplea locaciones naturales. Pero su aportación más valiosa es la imagen repelente del vampiro. Asemeja a un roedor de ojos furtivos, como los portadores de la peste negra, calvo, con orejas puntiagudas, con largos dedos de enormes uñas, de postura rígida y, sobre todo, con incisivos afilados que sobresalen de su labio superior, lejanos de los colmillos que conocemos hasta la saciedad. Todo fue facilitado por la gran presencia del actor alemán Max Schreck (1879-1936), miembro de la compañía teatral de Max Reinhardt. Su apariencia amenazante se ha cubierto de un aura de misterio. Su apellido significa “terror” o “susto”, pero a diferencia de lo que muchos creen, no es un mote, un nombre artístico o una invención que buscaba favorecer la película.

Esto forma parte de la leyenda. Seguiré hablando de ello las siguientes semanas.

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Roberto Coria es investigador en literatura y cine fantástico. Imparte desde 1998 cursos, talleres, ciclos de cine y conferencias sobre estos mundos en diversas casas académicas. Es asesor literario de Mórbido. Escribió las obras de teatro “El hombre que fue Drácula”, “La noche que murió Poe” y “Renfield, el apóstol de Drácula”. Condujo el podcast Testigos del Crimen y escribe el blog Horroris causa, convertido ahora en un programa radiofónico. En sus horas diurnas es Perito en Arte Forense de la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal.