Por Roberto Coria

Una pequeña reflexión en los estertores del idílico y efímero periodo vacacional propiciado por los llamados “Días Santos”. Y sobra decir, nuevamente, que no intento insultar las creencias de nadie. Pocas figuras son tan diametralmente opuestas, en el imaginario colectivo, como el vampiro y Jesús, Hijo del Dios de la tradición judeo-cristiana. Representan la maldad y la bondad, la Oscuridad y a Luz, el conflicto elemental en todas las culturas. Ya la religión se encargó de dar, desde tiempos inmemoriales, un significado malévolo a todo lo que se opone a sus dogmas. Los primeros vampiros, según algunas leyendas hebreas, son producto de la relación impía entre Lilith –la original consorte de Adán- y demonios que habitaban cerca del Mar Rojo. Por ello se les asocia a la perversidad desde entonces. Pero esa es otra historia. La literatura se ha encargado de robustecer la idea, coronada por el Drácula de Bram Stoker en 1897. El autor irlandés dice, en el capítulo XVIII de su novela, que:

A pesar de no ser un ente de la Naturaleza, debe obedecer ciertas leyes pese a ignorar el motivo. [...] Hay cosas que detesta porque le restan todo poder, así [...] las cosas sagradas, como éste símbolo, mi crucifijo, ante el cual retrocede y huye.

Casi 100 años después,  la escritora estadounidense Susie McKee Charnas recuerda la relación en su novela El tapiz del vampiro (1980). Su Weyland, un bebedor de sangre biológicamente explicable, reconoce en una conferencia magistral –ante el mundo es un respetado académico- que:

Los hombres primitivos que encontraran por primera vez al vampiro no serían conscientes de que ellos eran productos de la evolución, y mucho menos de que también él lo era. Crearían historias para explicar su existencia e intentar controlarlo. En los primeros tiempos es posible que él mismo creyera en algunas de esas leyendas: la bala de plata, la estaca de roble, el ajo, la cruz…

Aunque ambos no se mezclan, no podemos obviar sus similitudes: Tanto los vampiros como Cristo regresaron de la tumba –por razones diferentes- y la sangre está íntimamente relacionada con su esencia. Lo curioso es que el segundo, desde su muerte, inspiró un culto milenario y millonario. El vampiro hizo lo propio, con el paso del tiempo, de una manera más discreta. Y colmo de las ironías, el Salvador fue interpretado en el teatro, en los albores de sus carreras, por dos actores indeleblemente ligados al mito: el fabuloso Germán Robles y el nunca suficientemente adorado Béla Ferenc Dezső Blaskó, a quien recordamos como Bela Lugosi.

La rivalidad entre estos dos seres queda de nuevo patente en la rareza canadiense de bajísimo presupuesto –elevada a la categoría de culto- Jesucristo, cazador de vampiros (Lee Demarbre, 2001), divertimento inofensivo de poco más de 80 minutos donde el Redentor lucha a golpe limpio contra chupasangres ayudado por el mismísimo Santo, el Enmascarado de Plata. Mejor aliado de cruzada, no pudo escoger.

Ahora, regresemos al infierno cotidiano.

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Roberto Coria es investigador en literatura y cine fantástico. Imparte desde 1998 cursos, talleres, ciclos de cine y conferencias sobre estos mundos en diversas casas académicas. Es asesor literario de Mórbido. Es autor de las obras de teatro “El hombre que fue Drácula” y “Renfield, el apóstol de Drácula”. Escribe el blog Horroris causa. En sus horas diurnas es Perito en Arte Forense de la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal.