Monstruos al servicio de la patria: Martín Salmerón

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Por Daniel Castro Cuéllar

Según la definición clásica de Ambroise Paré, los monstruos son “cosas que aparecen fuera del curso de la Naturaleza (y que, en la mayoría de los casos, constituyen signos de alguna desgracia que ha de ocurrir)” y los prodigios son “cosas que acontecen totalmente contra la Naturaleza”. Tal vez para nosotros, al referirnos a Martín Salmerón debamos hablar de él como un monstruo, aunque, en el sentido actual de ambas palabras, sería mejor dirigirse a él como un prodigio.

Martin Salmerón y Ojeda nació en el actual estado de Guerrero en 1774 y fue el séptimo hijo de dieciocho hermanos. En sus primeros años se dedicó a labores sencillas como la ganadería y el trabajo del campo. Pero, con el tiempo, empezó a llamar la atención debido a sus enormes proporciones, así llegó a ser conocido como “el Gigante”. Su estatura era tan prodigiosa que quedó registrada en el Diccionario Universal de Historia y Geografía de 1855, así como en textos de Alexander von Humboldt, Ignacio Manuel Altamirano y representada en un cuadro de José María Guerrero, mismo que por mucho tiempo fue la primera pieza de la colección de teratología del Museo Nacional de México.

Humboldt afirmaba que su estatura excedía “una pulgada al gigante de Torneo que fue visto en Paris en 1735”; y a su vez, José María Guerrero en su cuadro agregó una descripción donde indicaba que sus medidas eran de “2 varas 2-3 menos una pulgada, y proporcionado en sus demás tamaños, pues del Codo al Hombro tiene media vara dos pulgadas; del Codo a la punta de los dedos 27 pulgadas 2 líneas; de Codo a Muñeca 15 1-2 pulgadas; de Hombro a Hombro 21 pulgadas 10 líneas”.

En 1796 llegó a la Ciudad de México donde fue conocido por el virrey Miguel de la Grúa Talamanca y Branciforte. Dicho encuentro quedó registrado por el alabardero José Gómez en su Diario curioso y cuaderno de las cosas memorables en México durante el gobierno de Revillagigedo:

En 1 de este mes (noviembre de 1796) presentaron al señor virrey un gigante del pueblo de Chilapa, de edad de veintidós años, sin pelo de barba, llamado Martín Salmerón, cuya estatura es de dos varas y tres cuartas y dos pulgadas, bien formado de cuerpo, el cual pesa diez arrobas veinte libras, tiene dieciocho hermanos todos de estatura regular, su oficio es labrador y está tratando de casar con María Rodríguez mujer de buena estatura que le llega al hombro.

Dícese que cuando nació tenía vara y cuatro dedos. El señor virrey le ha permitido que cobre algún dinero de los que quieran verlo, y cuando se presenta en algunas casas se conduce en coche con soldados que lo escoltan.

De este modo, gracias a las ganancias obtenidas por sus andanzas en la Nueva España, se retiró a su poblado natal, Chilapa. Sin embargo, durante la revolución de Independencia fue reclutado por el bando realista y mandado al fortín de Tixtla. Según el texto de Altamirano, durante el ataque del general José María Morelos y Pavón al fortín se encontró con que “Martín el Gigante” había sido traído para asustarlos. Al verlo, en lugar de ordenar que le matasen, el general Morelos decidió que fuera capturado y llevado ante él. Una vez sometido, el General le dijo: “Le perdono la vida, por ser usted un fenómeno extraordinario de la naturaleza y porque sé que es usted un hombre pacífico, a quien han obligado los gachupines a pelear contra nosotros. Quedará usted libre luego de que hayamos tomado la plaza; pero le prevengo, que si vuelvo a encontrarlo en las filas enemigas, no he de ser tan benigno”.

Otra versión afirma que, cuando el general Morelos capturó la plaza en junio de 1812, Martín de Acalco, como se le conocía en el sur, cayó prisionero y fue enviado tres meses al presidio de Zacatula. No obstante, al terminar su condena, abandonó el bando realista y se unió a la insurgencia. En los años siguientes se le llego a ver como protagonista en los desfiles luciendo sus enormes proporciones; además, el aprecio que le tenía Morelos fue tal, que llegó a formar parte de su escolta personal. Martín se retiró por causas de enfermedad y murió finalmente en 1813.

Para Ambroise Paré, los orígenes de los monstruos pueden ser tanto por la gloria como la cólera de Dios, por esta razón, la aparición de “Martin el Gigante” pudo haber supuesto un augurio de mala fortuna. No es de extrañar que el encuentro con Salmerón anunciara, irónicamente, la muerte del general Morelos.

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José María Guerrero, Retrato de Martín "El Gigante" Salmerón y Ojeda, óleo sobre tela, sin medidas, 1796, colección: Museo Nacional de Historia, "Castillo de Chapultepec", CONACULTA-INAH.