Lovecraft, el cine y Guillermo del Toro

Sigo rumbo a las Jornadas de Literatura de Horror en la Feria del Libro de Palacio de Minería.

Como muchas personas en estos rumbos, amo el cine de Guillermo del Toro. En su momento me hizo muy feliz que abandonara la dirección de El Hobbit, presuntamente por falta de solvencia económica –sabemos muy bien que Peter Jackson tomó las riendas del proyecto-. También se habló de que se iba a abocar a la realización de un proyecto largamente acariciado: la adaptación cinematográfica de En las montañas de la locura, cuento largo o novela corta del estadounidense Howard Phillips Lovecraft. Lamentablemente esto no ha sucedido. Y es más doloroso porque si hay una persona indicada para ello es nuestro compatriota, un hombre que cimentó su imaginería –entre otras fuentes- en el trabajo del creador del llamado horror cósmico.

La sola idea es algo muy prometedor para todos los devotos de Lovecraft y de Del Toro. Siendo completamente objetivos, Lovecraft –como su maestro Edgar Allan Poe- nunca ha sido suficientemente llevado a la pantalla grande. Antes de continuar debo confesar que hay casos honrosos que capturan la naturaleza lovecraftiana. El norteamericano Stuart Gordon, a quien debemos haber iniciado la serie Re-animator (basada en el cuento Herbert West, reanimador, del que ya he hablado), reunió inmediatamente a sus estrellas Jeffrey Combs y Barbara Crampton –nuevamente con una partitura de Richard Band- en Desde el más allá (From beyond), un divertido, excesivo y sanguinolento espectáculo de bajo presupuesto. Años después realizó en España, con un magro presupuesto, Dagón (2001), fusión del cuento homónimo y de La sombra sobre Innsmouth que se permite guiños a los seguidores –como esa sudadera de la Universidad de Miskatonic-. Para el anecdotario, ésta fue la última aparición ante las cámaras del actor Francisco Rabal, quien murió poco después de concluido el rodaje.

John Carpenter escribió y dirigió en 1995 En la boca del terror. Protagonizada estupendamente por Sam Neill, la película incluye la aparición (disfrazado del malvado novelista Sutter Crane) del mismo Lovecraft –aunque muchos piensan que hace referencia a su aventajado alumno Stephen King-. Deliberadamente omito un trabajo previo de Carpenter: su grandioso remake de La cosa del otro mundo (1982), que emana de la cinta clásica que Howard Hawks nos legó en 1951, ambas basadas en la historia Who Goes There? de John W. Campbell, Jr. Lo hago porque es más correcto ubicar el texto original dentro de los terrenos de la ciencia ficción pero, en mi humilde opinión, la obra que nos ofreció Carpenter tiene todo el sabor de lo planteado muy bien por el hijo pródigo de Providence, Rhode Island, en el relato que abre esta columna. Incluso su cuestionada –y desastrosamente financiera- precuela –que insólitamente se titula igual- de 2011, dirigida por el holandés Matthijs van Heijningen, trata de emular lo que conocimos hace casi cuatro décadas.

 

En un pequeño desvío al mundo de la televisión, memorables fueron las adaptaciones de Aire frío o El modelo de Pickman que Rod Serling usó en su indispensable serial setentero Galería nocturna, pero en ambos se toma la libertad de incluir personajes femeninos, el auténtico horror para el autor. Stuart Gordon nos trajo con fortuna Sueños en la Casa de la Bruja (2005) para la extinta serie Masters of horror, creada por nuestro querido amigo Mick Garris.

Pero sin duda el mejor esfuerzo es La llamada de Cthulhu (2005), estupendo cortometraje estadounidense de Andrew Leman. Su trabajo es un triunfo desde múltiples aristas: está realizado en glorioso blanco y negro con un presupuesto irrisorio, trata de emular la técnica del cine de principios de siglo XX, con ausencia total de diálogos, intertítulos, musicalización dramática de un piano y una rudimentaria animación stop-motion que nos recuerda a la de King Kong (Merian C. Cooper, 1933), respeta la estructura narrativa que utilizó el escritor, conformada por cuatro capítulos, está actuado por actores completamente desconocidos y cuenta con el aval académico y seriedad de la H. P. Lovecraft Historical Society. Con buenas intenciones, la asociación produjo en 2011 una versión de El susurrador de la oscuridad (Sean Branney), reproduciendo ahora la estética y atmósferas de los mejores especímenes de la época de oro de los Estudios Universal. El éxito de las dos cintas –especialmente de la primera- se debe a que respetó la brevedad de la obra primordial. Como Poe, Lovecraft funciona mejor en relato corto. Extenderlo, como necesitaría el largometraje, perjudicaría el resultado. Además sus ficciones están salpicadas por monstruos innombrables y amorfos que exigen de la complicidad de nuestra imaginación para tratar vagamente de darles sustancia.

Esa es la base de la imaginería lovecraftiana y algo que comprendió muy bien Ridley Scott en su Alien, el octavo pasajero (1979): salvo breves pinceladas, el monstruo nunca es mostrado del todo sino hasta el desenlace. Ese es otro de los aciertos de la ya mencionada cinta de Carpenter (En la boca del terror). Sólo hasta la escena climática, con febriles movimientos de cámara, las aberraciones sin nombre surgen desde el abismo de las letras y persiguen al aterrado héroe.

Pero regresemos al eje central de esta semana, Lovecraft, el cine, Guillermo del Toro y En las montañas de la locura. Creo que al tapatío no le sucedería lo que a Peter Jackson y a Bryan Singer –en King Kong y Supermán regresa, respectivamente-, pues ha mostrado cuán respetuoso puede ser con un material que le obsesiona. Cuando hizo Hellboy (2004), además de dejar escapar efusivas lágrimas al ver por vez primera caracterizado a Ron Perlman, se ciñó casi rigurosamente a lo creado por Mike Mignola. Es cierto que convirtió al nazi Karl Rupert Kroenen en un artemarcialista mortífero obsesionado con los relojes, pero esa es una prerrogativa del creador. En su secuela (Hellboy 2, el Ejército Dorado, 2008) se tomó la libertad de llevar al hijo del demonio a su mundo, uno que nos recuerda al del Laberinto del Fauno (2006) o al de su novela Nocturna (2009), con la bendición y tutela de Mignola. Es decir, no lo cegó su amor por el personaje. Espero que pronto le suceda algo parecido con Lovecraft. Y que se concrete por fin una tercera entrega –y conclusión- de las aventuras de su niño infernal. El de ellos es un matrimonio forjado en el infierno.

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Roberto Coria es investigador en literatura y cine fantástico. Imparte desde 1998 cursos, talleres, ciclos de cine y conferencias sobre estos mundos en diversas casas académicas del país. Escribió la puesta en escena “El hombre que fue Drácula”. Es asesor literario de Mórbido. Condujo el podcast Testigos del Crimen y escribe el blog Horroris causa, convertido ahora en un programa radiofónico. En sus horas diurnas es Perito en Arte Forense de la Procuraduría General de Justicia del que anteriormente era conocido como Distrito Federal.