En el 35 aniversario del lobo mayor

tinta-negra-hombre-loboLa gran mayoría de los miembros de mi generación conocieron Un hombre lobo americano en Londres de manera furtiva. Yo lo hice gracias a una monstruosa videocasetera Betamax, allá en mi lejana pre adolescencia. En ese momento desconocía que su artífice John David Landis, hombre oriundo de Chicago, poseía una discreta filmografía que incluía títulos irreverentes como Animal House (1978) o Los Hermanos Caradura (The Blues Brothers, 1980). De hecho todo fue anunciado desde su debut Schlock (1973), película que revelaba su pasión por las películas de Serie B y significó su primera colaboración con el prodigioso Rick Baker, figura esencial para el caso que nos compete. Hace sólo unos días, en la fiesta de inauguración de la edición de este año de Mórbido, pude estrechar su mano. Y sólo un poco después verlo disfrutar en un auto cinema del justo reconocimiento por su obra mayor. Soy un cinéfilo increíblemente feliz por ello.

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Muchos aseguran erróneamente que el quinto largometraje de Landis, escrito y dirigido por él mismo, es una comedia. Él mismo lo refuta. Se trata de una cinta de horror clásica y tradicional situada en un ambiente moderno. El estudioso Leonard Wolf asegura que se trata de “un filme sofisticado muy claramente por encima de las películas de hombres lobo que la precedieron”. Su inteligente guión es el mejor matrimonio entre dos géneros que a simple vista parecerían completamente alejados. Todos conocemos su trama. Y los que no, los envidio: Los jóvenes estadounidenses David Kessler (David McNaughton) y su amigo Jack Goodman (Griffin Dunne), mochila al hombro, viajan por los bellos y desolados páramos ingleses –hermosamente fotografiados por David Paynter- y se refugian la taberna El cordero masacrado –su puro nombre es una advertencia-, donde luego de convivir amenamente con los parroquianos preguntan por un curioso altar con velas y un pentagrama. Esto termina súbitamente con el bullicio y los devuelve al despoblado, donde descubren que el mundo no es como creen. Aquí comienza un espectáculo por momentos onírico, con una profunda influencia de El discreto encanto de la burguesía de Luis Buñuel –como Landis mismo admite-, con situaciones verdaderamente hilarantes –como el intento de David de cubrir su desnudez con globos en el zoológico-  o secuencias realmente aterradoras, como esa persecución en los pasillos desiertos del metro londinense –con esa toma en picada desde lo alto de sus escaleras eléctricas que nos deja atisbar a la Bestia- o su estruendoso desenlace en Piccadilly Circus.

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Aquí entra la gran aportación de la película: la irrepetible e inolvidable secuencia de la transformación. Landis retó a Baker a mostrarla de forma ininterrumpida, con la contundencia y claridad de una iluminación constate, de manera agónica –con un doloroso crujir de huesos- como la pubertad misma. Es la primera vez en que el monstruo es cuadrúpedo, a diferencia de sus predecesores bípedos. La proeza de Baker y su equipo continúa asombrándome y hace fácil comprender que motivara la creación de la categoría de Mejores Efectos de Maquillaje en los prestigiados premios Óscar. Ellos permitieron a Landis entregarnos momentos de un refinado humor negro, como el espectro del cada vez más putrefacto cadáver de Jack persuadiendo a David, en compañía de otras de sus destrozadas víctimas, de suicidarse para terminar con la maldición en un cine pornográfico donde se proyecta la ficticia “See you next Wednesday”, broma personal en las cintas de Landis subtitulada “A non-stop orgy”. Incluso se permite socarronamente, al finalizar sus créditos, felicitar a Diana Spencer y al Príncipe de Gales por su boda y advertir “cualquier parecido con personas vivas, muertas o no-muertas, es pura coincidencia”.

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El legado y dimensiones de la película de Landis son inmensos. Lo ensucia su penosa y tardía secuela Un hombre lobo americano en Paris (Anthony Waller, 1997), pero es palpable en el brillante y laureado videoclip Thriller (1983) del finado Michael Jackson, dirigido por el mismo Landis y escrito por esa genial dupla. Al iniciar esta semana, se ha confirmado lo que muchos temíamos: su inevitable remake. Tengo opiniones y sentimientos encontrados al respecto. Por una parte me conforta que estará a cargo de Max Landis, hijo del Maestro, y creo que su mirada vigilante estará muy cerca del proyecto. Dudo que la subjetividad y el amor de padre nublen su criterio sobre la obra por la que será recordado. Al menos así lo espero. Si iba a suceder, prefiero que sea de este modo. Finalmente, es casi imposible que se encuentre al nivel de su original. Mucho menos que la supere. Porque no me arriesgo al afirmar que Un hombre lobo americano en Londres es una obra maestra.