Una de las virtudes del zombi contemporáneo, tal cual nos lo presentó George Romero en 1968, es que no hay una cabal certeza del inicio de su reinado. También es uno de sus mayores aciertos. Los espacios en blanco propician la incertidumbre y, por tanto, el juego de la imaginación. En la película canónica se especula sobre experimentos militares o la radiación de un satélite fuera de órbita. Esta es una tendencia que se magnifica en la actualidad, donde los recursos tecnológicos que tenemos a nuestro alcance –lejos de propiciar el correcto flujo de la información- sólo contribuyen a que una multiplicidad de voces ofrezca visiones contradictorias sobre el mismo fenómeno. Así nos lo mostró en 2007 el mismo Romero en El diario de los muertos. En ese sentido, grupos religiosos podrían atribuir la resurrección de los muertos a la ira de Dios por los matrimonios homosexuales, grupos supremacistas arios dirían que es la respuesta divina a que un hombre de raza negra ocupe la Presidencia de los Estados Unidos, mientras científicos podrían afirmar que se trata de una común y ordinaria pandemia. Todos los excesos son malos. Y estas opiniones, ante la ausencia de convicción, son completamente posibles.

En la poco conocida película canadiense Pontypool (2008), dirigida por Bruce McDonald y escrita por Tony Burgess –a partir de su novela Pontypool changes everything-, la infección se propaga por las ondas radiales de una pequeña estación de la localidad que da nombre a la historia. Y aunque el mismo McDonald se rehúsa a usar la palabra con “z” para referirse a sus monstruos –les dice “conversacionistas”, o algo así-, su estructura los acerca a la figura que todos conocemos y se ha explotado casi hasta el hartazgo en tiempos recientes.

Pero debo a la película Cooties (Cary Murnion y Jonathan Milott, 2014) una de las explicaciones al apocalipsis zombi que más me ha satisfecho en tiempos recientes. Ello es porque siempre he pensado –como muchos de mis allegados- que los niños serán la causa del Fin del Mundo. Y no delato ninguna aversión ni discrimino a nadie. Simplemente lo razono –de la forma más lógica y objetiva- porque su convivencia en las escuelas propicia cualquier tipo de contagio. Los padres de familia podrán entenderlo bien. Un niño enfermo –o infestado con piojos, cosa de moda- está en contacto directo con otros 30 de sus pares –por lo menos- en el mismo día. Al regresar a casa, lo estarán con sus padres y hermanos, quienes a su vez convivirán la mañana siguiente con sus compañeros de actividades. Y así en lo sucesivo. Epidemiología básica.

Recordemos su trama: el profesor sustituto (aspirante a escritor de horror) Clint Hadson (Elijah Wood) en la Escuela Primaria de la ficticia localidad de Fort Chicken, Illinois, debe dirigir a un grupo de académicos para sobrevivir a un brote zombi originado en la comunidad de dóciles estudiantes, quienes comieron nuggets de pollo infectados con una sustancia misteriosa. En perspectiva, la igualmente hilarante Tierra de zombis (Zombieland, Ruben Fleischer, 2009) también insinúa que una hamburguesa contaminada fue el inicio de todo.

¿Por qué hablar nuevamente de zombis? Porque hoy se estrena una nueva cinta que –de manera casi unánime- alaba la crítica y muchas personas –dignas de mi entera confianza- me advierten que debo ver. Como ya dije, nos guste o no, los zombis están más vigentes que nunca.

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Roberto Coria es investigador en y cine fantástico. Imparte desde 1998 cursos, talleres, ciclos de cine y conferencias sobre estos mundos en diversas casas académicas del país. Escribió la puesta en escena “El hombre que fue Drácula”. Es asesor literario de Mórbido. Condujo el podcast Testigos del Crimen y escribe el blog Horroris causa, convertido ahora en un programa radiofónico. En sus horas diurnas es Perito en Arte Forense de la Procuraduría General de Justicia del que anteriormente era conocido como Distrito Federal.