Una efeméride que nunca debemos olvidar.

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La noche del 16 de agosto de 1956, en la agencia mortuoria Utter-McKinley, ubicada en el número 6420 de Hollywood Boulevard, el cuerpo embalsamado de Béla Ferenc Dezső Blaskó, a quien todos conocemos como Bela Lugosi, era dispuesto para realizar su viaje más largo. Según su certificado de defunción, una oclusión coronaria al miocardio, cual inmisericorde estaca clavada en su corazón, le había privado de la vida. Para esa importante ocasión, y a pesar de la precaria situación económica que padeció durante sus últimos días, el actor húngaro se encontraba elegantemente amortajado por el frac y la capa que le convirtieron en un icono de la cultura occidental. Entre los dolientes destacaban dos personas, amos también del horror y el humor negro, llamados Vincent Price y Peter Lorre. Ellos se preguntaban con ironía si sería conveniente clavar una estaca en su corazón, sólo para asegurarse que no se levantaría de su tumba.

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Es innegable que, a 60 años de su desaparición física, Lugosi se mantiene como un maestro indiscutible del arte dramático. ¿Por qué recordarlo y rendirle tributo? Bela es, para muchos, una de las primeras figuras que conocimos gracias al cine. Sus películas son parte de nuestra primera educación sentimental. Gracias a él aprendimos a convivir y disfrutar esa emoción que muchos insisten en censurar y que llamamos miedo. El día de hoy, Bela continúa vivo. Podemos sentir su presencia inquietante en las 107 películas que realizó en su prolífica carrera de 39 años. Estelarizó por igual adaptaciones de relatos clásicos de Edgar Allan Poe, como Los crímenes de la calle Morgue (Robert Florey, 1932), El gato negro (Edgar G. Ulmer, 1934) o El cuervo (Lew Landers, 1935), o ese estupendo filme que recupera las tradiciones afroantillanas llamado Zombi blanco (Victor Halperin, 1932) y La isla de las almas perdidas (Erle C. Kenton, 1932), basado en la inolvidable novela La isla del Dr. Moreau de Herbert George Wells. Brilla su interpretación como el malicioso y torcido Ygor en El hijo de Frankenstein (Rowland V. Lee, 1939), tercera y última encarnación de su supuesto rival Boris Karloff como la Criatura ideada por Mary Shelley.

 

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Resulta irónico que renunciara a su vanidad y asumiera ese mismo papel –que despreciara en el pasado- en Frankenstein contra el Hombre lobo (Roy William Neill, 1943). Poco conocida es su participación en El ladrón de cadáveres (Robert Wise, 1945), nueva reunión con Karloff inspirada en el cuento homónimo de Robert Louis Stevenson. No abundo en títulos menos afortunados que realizó por necesidad monetaria y para luchar contra el olvido en la recta final de su trayectoria, como Abott y Costello contra Frankenstein (Charles Barton, 1948), La abuela Riley contra el vampiro (John Gilling, 1952) o Bela Lugosi contra un gorila de Brooklyn (William Beaudine, 1952). Prefiero recordarlo en plenitud, como la imagen de un mito fundamental del imaginario colectivo de la humanidad. Su Drácula, al que dio vida –o no vida- tanto en la obra teatral de Hamilton Deane –trasladada a los escenarios estadounidenses por John Balderston- y en la maravillosa cinta que Tod Browning dirigió en 1931, no sólo es el personaje que lo catapultó a la fama y le valió la inmortalidad, sino el estandarte de un movimiento cultural que encuentra en la noche y sus misterios otra forma de iluminación.

 

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Sobre su importancia como figura del cine de horror, Bela tiene sobre Karloff y sus ilustres colegas una superioridad emotiva que emana su capacidad para reflejar el horror –que conoció en carne propia cuando peleó por su Patria y su vida durante la Primera Guerra Mundial-, la incomprensión y el rechazo de lo ajeno en nuestro mundo. En muchos sentidos, Bela fue un ser sin hogar, maldito y despreciado, como declara su Dr. Eric Vornoff en La novia del monstruo (1955) de Ed Wood.

Cuando el actor estadounidense Martin Landau, quien ganó la noche del 27 de marzo de 1995 el prestigiado premio Óscar de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de su país por interpretarlo en Ed Wod (Tim Burton, 1994), agradeció a su director por darle el papel de su vida. Pero el mejor homenaje es el dignísimo epitafio que le dedicó la gitana Maleva (María Ouspenskaya) en la joya El hombre lobo, dirigida por George Waggner en 1941:

El camino que recorriste fue espinoso, por razones ajenas a ti, pero así como la lluvia penetra en el suelo y el río desemboca hasta el mar, las lágrimas corren a un final predestinado. Tu sufrimiento ha terminado, Bela, hijo mío. Ahora encontrarás la paz.

 

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Descansa, Bela. Nosotros te recordamos.

Puedes leer una biografía más extensa de Bela en mi blog Horroris causa

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Roberto Coria es investigador en literatura y cine fantástico. Imparte desde 1998 cursos, talleres, ciclos de cine y conferencias sobre estos mundos en diversas casas académicas del país. Escribió la puesta en escena “El hombre que fue Drácula”. Es asesor literario de Mórbido. Condujo el podcast Testigos del Crimen y escribe el blog Horroris causa, convertido ahora en un programa radiofónico. En sus horas diurnas es Perito en Arte Forense de la Procuraduría General de Justicia del que anteriormente era conocido como Distrito Federal.