Ayer cumplió 154 años Arthur Ignatius Conan Doyle, prolífico escritor escocés nombrado Caballero del Imperio Británico en 1902 por el Rey Eduardo VII. Y hablo con consciencia en el presente más contundente. Aunque la muerte física lo sorprendió el 7 de julio de 1930, su legado lo mantiene con vida. Su creación más popular, Sherlock Holmes, es considerado con sobrada razón como el Príncipe de los Detectives. Se convirtió en un fenómeno mundial –que el propio autor comprobó- visitado en incontables ocasiones por todas las manifestaciones culturales. Por sólo citar algunos ejemplos literarios, el novelista Fred Saberhagen hizo que se uniera al Conde Drácula para impedir un complot que ponía en peligro a la Inglaterra victoriana en Sherlock Holmes Drácula, el encuentro (1978), luchó contra su adicción a las drogas ayudado por Sigmund Freud en La solución al 7 por ciento (1974) de Nicholas Meyer, o se convirtió en un cándido ratón en el libro infantil Basil de Baker Sreet (1958) de Eve Titus y el ilustrador Paul Galdone, transformado por los estudios Disney en una cinta en 1986. En el cine enfrentó a Jack el destripador en Estudio en terror (James Hill, 1956) y Asesinato por decreto (Bob Clark, 1979). No olvidemos las muy recientes y vigorosas revisiones del cineasta Guy Ritchie, Sherlock Holmes (2009) y Sherlock Holmes: Juego de sombras (2011). Casi paralelamente, la teleserie británica Sherlock, protagonizada por Benedict Cumberbatch, lo trae con gran fortuna a la época del Internet y los teléfonos inteligentes. De su muy menor versión estadounidense, Elementary, ni me molestaré en escribir. Todo esto demuestra la enorme aportación que hizo a la cultura occidental.

Las otras creaciones de Conan Doyle, como el Profesor George Edward Challenger de la serie de novelas que inició con El mundo perdido (1922), sus narraciones históricas, sus trabajos poéticos, sus ensayos, sus cuentos de horror y su única obra de teatro –Una historia de Waterloo- palidecen ante su fascinante hermano mayor, el célebre inquilino de Baker Street.

Hombre de muchas pasiones –es poco conocido que jugara como portero en el Club de Fútbol de Portsmouth o cricket en el Club de Cricket de Marylebone-, Conan Doyle –en su última época- hizo realidad la justicia que perseguía su personaje. En 1906 defendió al abogado hindú-británico George Edalji, acusado injustamente de mutilar animales.

Sir Arthur Conan Doyle Crowborough statue

Tras las muertes de su primera esposa Louise Hawkins, de su hijo Kingsley y de su hermano Innes, Conan Doyle se sumió en una profunda depresión. El espiritismo se convirtió en el consuelo que buscaba. Parecería difícil de creer que el hombre que creó al mejor representante del pensamiento lógico se sintiera atraído por el mundo inmaterial, por lo que para muchos eran supersticiones y charlatanerías. Esto causó la enemistad con su otrora aliado Harry Houdini, con quien luchaba incansablemente para exponer fraudes de este tipo. También encontró lugar para adentrarse en los territorios féericos. Dio un gran seguimiento al controversial caso de las Hadas de Cottingley, que conocimos en julio de 1917 por las primas Frances Griffiths y Elsie Wrigh, quienes presentaron al mundo fotografías donde aparecían al lado de estos seres fantásticos. Sir Arthur –a quien para este momento ya podía llamársele así- regaló a las niñas una cámara, pagó minuciosos estudios para verificar su autenticidad y escribió una serie de artículos sobre el hecho. Esto derivó en su libro La llegada de las Hadas (1922). Todo fue llevado dos veces al cine en 1997, en Encuentro fantástico de Charles Sturridge –con Peter O´Toole como Conan Doyle y Harvey Keitel como Houdini- y Fotografiando hadas de Nick Willing. Aunque a principios de los ochenta Frances y Elsie revelaron que todo fue un engaño, Frances mantuvo hasta su muerte en 1986 la autenticidad de la última fotografía.

Y este podría ser el punto donde la historia se une a los intereses de Mórbido.

Sea a través de detectives, dinosaurios, espíritus o hadas, Arthur Conan Doyle siempre fue un explorador incansable de la imaginación y la fantasía. Su inmortalidad está bien ganada.