Por Roberto Coria

Según el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, un accidente –de la voz latina accĭdens- es una cualidad o estado que aparece repentinamente en algo, sin que sea parte de su esencia o naturaleza. También es un suceso eventual que altera el orden regular de las cosas o una acción que involuntariamente resulta en daño para las personas. Lo radical es que el desvío de los acontecimientos en la vida de alguien puede causar consecuencias desastrosas: hacer surgir todo tipo de reacciones, desde vergüenza, aislamiento –voluntario o provocado-, depresión, frustración, resentimiento, insatisfacción o los más genuinos deseos de venganza. Más cuando este “accidente” lo provoca otra persona, pues se convierte entonces en algo doloso, en un atentado. Sobra decir que la aparente impunidad hace que la víctima busque retribución por propia mano.

Así sucedió al trágico Erik en casi todas las versiones cinematográficas de la novela de Gaston Leroux –de la que hablé abundantemente hace unas semanas- o a su desafortunado símil Winslow Leach (William Finley), horriblemente desfigurado al caer en una prensa de discos en la delirante El Fantasma del Paraíso (Brian de Palma, 1974). Más allá, la deformidad por accidente –fortuita o provocada- es un excelente resorte para que un personaje de ficción se convierta al “lado oscuro”.

imagesEscribo lo anterior pues retomo la clasificación de la monstruosidad del español Juan Antonio Molina Foix, como nos la presentó en su libro Horrorscope. Mitos básicos del cine de terror (Nostromo, 1974). Y en esta posición –la de la monstruosidad humana en su variante de monstruosidad física causada por accidentes- encontramos estupendos ejemplos que provienen de todos los ámbitos, como el científico André Delambre, convertido en un insecto monstruoso en el cuento La mosca de la cabeza blanca (1957) del británico-francés George Langelaan –dos veces llevado al cine, en 1958 por Kurt Neumann y el 1986 por David Cronenberg, ambos con sus respectivas secuelas-. Esto lo acerca a los Mitos de Frankenstein, al uso irresponsable de la ciencia o al creador destruido por su creación. O en otro tenor, piensen en el Profesor Henry Jarrod (Vincent Price) en la joya llamada Los crímenes del museo de cera (House of wax, André de Toth, 1953), presa de un incendio incitado. Por favor, olviden su aberrante e indigna reelaboración de 2005.

images (16)En las historietas un accidente define a muchos héroes –pregunten al adolescente mordido por una araña radioactiva, al cuarteto bombardeado por rayos cósmicos o al abogado ciego convertido en superhéroe- y a sus más notorios enemigos, del noble –pues es gobernante de un país ficticio- científico Victor von Doom –el malvado Dr. Doom- ideado en 1962 por Stan Lee y Jack Kirby, el físico nuclear Otto Octavius –el villano Dr. Pulpo- ideado por Lee y Steve Ditko en 1963 o –más atrás en el tiempo- el bondadoso Fiscal de Distrito Harvey Dent creado en 1942 por Bob Kane y Bill Finger, horriblemente deformado cuando el mafioso Sal Maroni le arrojó ácido en el rostro. O qué decir de mi favorito: el criminal que al enfrentar a un justiciero enmascarado cayó en químicos, lo que hizo que su piel se tornara banca como la leche, tiñó de verde sus cabellos y le imprimió una sonrisa permanente. Bueno, ese es uno de sus orígenes en sus inagotables vidas. Pero ya llegaré a él.

Escribiré más sobre ellos en las siguientes semanas.

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Roberto Coria es investigador en literatura y cine fantástico. Imparte desde 1998 cursos, talleres, ciclos de cine y conferencias sobre estos mundos en diversas casas académicas. Es asesor en materia literaria de Mórbido. Escribió las obras de teatro “El hombre que fue Drácula”, “La noche que murió Poe” y “Renfield, el apóstol de Drácula”. Escribe el blog Horroris causa. En sus horas diurnas es Perito en Arte Forense de la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal.