por Roberto Coria

Una noche de julio de 1985 crucé el umbral, en compañía de mis padres, del desaparecido cine Dorado 70. Me llevaban a ver Volver al futuro, entusiasmado porque Steven Spielberg –mi ídolo entonces por Tiburón (1975), E.T. el extraterrestre (1982) y Poltergeist (Tobe Hooper, 1982)- endosaba su nombre a la producción. Durante casi dos horas me reí, angustié, emocioné y comprobé –como el cinéfilo de 12 años que era- que el cine era una experiencia mágica. Hace 5 años los actores Michael J. Fox y Christopher Lloyd recibieron, a nombre del equipo que hizo posible la cinta, un Scream award –galardón otorgado por los seguidores del horror y la fantasía- por su trascendencia en la cultura popular. Y no puedo evitar confesar que ver a la dupla –el primero presa del terrible Mal de Parkinson-, la mezcla de la fabulosa partitura de Alan Silvestri y la música de Huey Lewis and the news acompañando segmentos notables de la película y el automóvil diseñado por Giorgetto Giugiaro para la extinta De Lorean Motor Company, me conmovió profundamente, casi hasta las lágrimas.

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Con el paso de los años pude descubrir la influencia de Julio Verne y H. G. Wells en el guión de Robert Zemeckis y Bob Gale, de la memorable imagen donde el actor de cine mudo Harold Lloyd cuelga de un reloj en la cinta ¡Por fin a salvo! (1923) y del cine de ciencia ficción y de serie B de los años cincuenta –parte importante de la trama es el más popular personaje de La Guerra de las Galaxias-.

Volver al futuro tuvo dos secuelas que, si bien son divertidas e increíblemente disfrutables, no hacen justicia a su hermana mayor. Hoy 21 de octubre de 2015, según su secuela Volver al futuro parte II (Robert Zemeckis, 1989), nuestros héroes deben llegar desde el distante 1985 para enmendar el destino de sus vástagos. La fecha ha sido objeto de todo tipo de conmemoraciones a nivel mundial, desde el reestreno de la trilogía, la edición especial de la Pepsi futurista que aparecía en la película y mesas de discusión como en la que tuve el honor de participar la semana pasada al lado de los escritores Joserra Ortiz y Ronnie Medellín en la Feria del Libro Infantil y Juvenil de San Luis Potosí. Fuimos un trío de fanáticos. Hablamos de muchos aspectos de una de las sagas que definió a nuestra generación. Entre ellos de la influencia que generó en series de televisión contemporáneas como Héroes o Fringe. La última hace referencia a un mundo paralelo al nuestro, donde la cinta es protagonizada por Eric Stoltz, el actor que originalmente iba a encarnar a Marty McFly.

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La trama de Volver al futuro es conocida por todos. La programan continuamente en la televisión abierta y de paga. Forma parte de la colección de películas de casi todas las personas que conozco y comparten mis obsesiones. Por eso reproduciré la opinión autorizada de Ernesto Diezmartínez, justa y emotiva, aparecida hace unos años en la sección Primera fila del periódico Reforma:

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Recuerdos del porvenir

Ernesto Diezmartínez

El recuerdo es imborrable. Y apenas hoy, a 25 años, le hago justicia.

Me refiero a que la última imagen de Volver al futuro (Back to the future, EU, 1985) –el DeLorean volando en el aire- se grabó en mi memoria desde su estreno.

Pero, curiosamente, nunca había escrito al respecto, por más que sea una de mis películas favoritas de los 80. Ahora, ante el reestreno por los 25 años del filme, pago mi deuda.

El cuarto largometraje de Robert Zemeckis puede no ser el más influyente de su carrera –yo apostaría por la fusión de acción viva y animación de ¿Quién engañó a Roger Rabbit? (1988)- ni ha sido la más premiada –ese honor es de Forrest Gump (1994)-, pero sí es la más cercana a la perfección. Y, de lejos, la más divertida.

Parte inicial de una trilogía que se volvería farragosa en su segunda parte y encantadoramente autoparódica en su tercer episodio ubicado en el lejano oeste, Volver al futuro representa no sólo el mejor momento para Zemeckis, sino que terminó convertida en una película definitoria de todo su reparto, especialmente del protagonista Michael J. Fox.

Marty McFly, el adolecente encarnado por Fox, viaja accidentalmente al pasado, mediante una máquina del tiempo muy particular –el emblemático DeLorean- construida por su profesor de prepa, el científico-loco Doc Brown (Christopher Lloyd).

Así viaja a 1955, conoce a su destrampada mamá (Lea Thompson), a su perdedor papá George (Crispin Glover) y, sin quererlo, pone en peligro su propia existencia.

La cinta funciona como preciso mecanismo de relojería: cada diálogo o hecho que McFly escucha/dice/vive en 1985 tendrá relación con algo que sucederá en 1955 y viceversa.

Pero estamos lejos de una ciencia-ficción-rompe-cocos: las paradojas temporales de la cinta se resuelven con una liviandad y una gracia envidiables, a través de una mecánica perfecta del gag verbal y visual, y un emocionante desenlace anacrónicamente griffithiano, con autosalvación de último minuto y con el reloj, implacable, avanzando. Una obra maestra.

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Hoy, 30 años después, Volver al futuro se mantiene vigente y demuestra que el viaje en el tiempo sí es posible. Sólo se necesita de una bolsa de palomitas y la voluntad para presionar la tecla de un control remoto. La infancia recuperada a voluntad.

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Ahora, vámonos a Puebla. Nos leemos en un par de semanas.

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Roberto Coria es investigador en literatura y cine fantástico. Imparte desde 1998 cursos, talleres, ciclos de cine y conferencias sobre estos mundos en diversas casas académicas. Es asesor literario de Mórbido. Escribió las obras de teatro “El hombre que fue Drácula”, “La noche que murió Poe” y “Renfield, el apóstol de Drácula”. Condujo el podcast Testigos del Crimen y escribe el blog Horroris causa, convertido ahora en un programa radiofónico que recién concluyó su primera temporada de vida. En sus horas diurnas es Perito en Arte Forense de la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal.