Concebida—y nunca mejor dicho—en el amor al cine de los años 70, la película de Víctor Dryere es evidencia de que el verdadero horror habita en lo cotidiano… y de que el found footage aún depara algunas sorpresas. Por Antonio Camarillo.

Dirigida por Víctor Dryere, La posesión de Altair es un found footage que da cuenta de la serie de eventos que precedieron a la desaparición en 1974 de Manuel y Altair, una pareja de recién casados, luego de que ella asegurara haber encontrado la manera de comunicarse con Dios—eventos que habrían sido registrados en cine por la cámara formato Súper 8 de Manuel—.

De la infame Cannibal Holocaust (1980) a The Blair Witch Project (1999), el recurso del pietaje dejado atrás—y después recuperado—habría de prestar al cine de horror un verismo casi documental, producto del uso de película de 16 mm y de la crudeza de esas imágenes capturadas en Corea y Vietnam… y que hoy se encuentra en la inmediatez de YouTube y cintas como Paranormal Activity (2007).

Y sin embargo, si algo distingue a la cinta antes conocida sólo como 1974 es esa estética particular del grano reventado y la baja resolución que su director y guionista define como un viaje en el tiempo. “De principio a fin se hizo como si se hubiera filmado en los setentas,” revela Víctor. “Como si se hubiera guardado ese material fílmico, y cuarenta años después lo sacamos.”

Como en los viejos tiempos

Por supuesto, celulares y cámaras digitales son responsables de la popularidad del found footage en nuestros días. Y sin embargo, ya desde la década de los 30—cuando se presentó como una alternativa económica al 16 mm—y hasta bien entrados los años ochenta, la película de 8 mm sería la preferida de los aficionados al cine, sobre todo tras la introducción del Súper 8 en 1965.

“Un día me encontré el proyector de 8 mm que me habían regalado mis abuelos,” recuerda Víctor, quien sabía que la boda de sus padres se había filmado en Súper 8, la versión mejorada del formato. “Ver a mis padres casarse, y la imagen granulada… me movió fuertemente,” revela. “Sentí como mucha nostalgia, porque también es el inicio de mí mismo, ¿no?”

Y sin embargo, pronto la nostalgia por la música y la moda de la época daría lugar a un sentimiento mucho más siniestro. “Ya para la fiesta en la noche de la boda veo que sólo hay como un foco que está arriba de la cámara, e ilumina las mesas, pero alrededor de esa luz hay como un negro, negro por completo, donde te hace imaginarte cosas,” agrega. “También sentí algo de terror.”

Fanático del cine—y del horror en particular—, Víctor se preguntó entonces qué pasaría si esos cartuchos los hubiera encontrado en una casa abandonada, y no se tratara de la boda de sus padres sino de algo sobrenatural. “Como que el horror lo conozco por alguna razón, de haberlo visto tanto, y porque a mí me gusta como ponerme también al borde en mi vida diaria, para vivir experiencias únicas y diferentes, extraordinarias.” Y vaya que lo ha logrado.

La ignorancia es una bendición

Y es que, nacido en 1983 en Monterrey, México—pero criado por el cine de los años 70, el de Steven Spielberg y películas como Halloween y Friday the 13th—, Víctor Dryere en realidad quería ser caricaturista. “Obviamente desde niño me gustaron las películas,” confiesa el director y guionista. “Me acuerdo que existía durante los 80 la antena parabólica, en donde podías ver muchas películas nuevas, sobre todo si eras niño y no estaban tus papás.”

“Yo ahí aproveché para ver muchas películas, y las que más me llamaban la atención eran las de horror porque como niño no me dejaban verlas. Creo que todo lo prohibido es muy atractivo siempre,” continúa. “Me llamaba mucho la atención que de repente mis padres estuvieran viendo una película, cuando lo común era verla todos juntos, y que me dijeran no, esta no la puedes ver.”

Pero Víctor sabía que el cine era lo suyo. Luego de terminar Mercadotecnia en el TEC de Monterrey, decidió estudiar dirección de actores en la famosa escuela de San Antonio de los Baños, en Cuba, así como cursos de guión con Robert McKee en Nueva York. Un encuentro fortuito con Fernando Kalife, director de 7 días (2005), le daría entonces la  oportunidad de iniciarse en el cine como asistente—y luego productor ejecutivo—en 180º (2010).

Y sin embargo, “nunca me había pasado por la mente dirigir o escribir cine—dice—, porque suena muy lejano, eso sucede en Hollywood, o no sé dónde.”

Sería esa misma falta de experiencia la que haría de su ópera prima una suerte de “cápsula del tiempo”, de acuerdo con Víctor. “A mí lo que me sirvió mucho era mi ignorancia,” confiesa el también productor, quien se decidió así por ese look a pesar de no haber hecho nada en ese formato. “Mucha gente me intentó convencer, con muy justificada razón, de no hacerlo—reconoce—. Pero nada me gustaba tanto, ninguna prueba me hizo sentir lo que el Súper 8.”

De la sala de la casa a la del cine

Así—y a pesar de las complicaciones derivadas de filmar en 8 mm, que harían de la postproducción de la cinta una pesadilla—, la película promete revelarse como un verdadero hallazgo: un vestigio de una era perdida y casi olvidada por el cine que, sin embargo, terminaría por echar mano de la misma tecnología digital que hubiera resultado inimaginable hace cuatro décadas.

“Lo que me entusiasma mucho es que es una película de terror mexicana, que sí tú la vas a ver te entretiene, y sobre todo te da miedo,” concluye. “Vas a una película de miedo, vas a aterrarte, y esta película cumple con ese objetivo.”

Y el viaje ha valido la pena hasta ahora: La posesión de Altair se ha hecho ya de reconocimientos como el premio a la Mejor Película Latinoamericana—y de otro al director promesa—en el pasado SITGES, Festival Internacional de Cinema Fantàstic de Catalunya y en el propio Mórbido, Festival Internacional de Cine Fantástico y de Terror, donde se haría merecedora del premio del público. “Ahora quiero ver el público ya en los cines, ver cómo reaccionan.”

Y es que, en efecto, el verdadero horror está en donde menos te lo esperas.